sábado, 28 de noviembre de 2015

Mamá, ¿qué es lo que comen las brujas?





¿Os han contado alguna vez cómo os saludaron nada más nacer? A mí sí. Bruja, me llamaron bruja. Eso es lo que se dice empezar con buen pie. Fue cosa de la comadrona, una buena mujer que, mientras yo curioseaba todo lo que me quedaba cerquita –parece ser que nací con los ojos abiertos-, me revisó a conciencia antes de exclamar, jubilosa: “¡bruja! ¡Ha nacido una bruja! Tiene todas las señales: ¡miradla, si hasta parece que esté a punto de romper a reír!”. Don Mauro, el médico que le practicó la cesárea a mi madre, sí que se rio: “María, qué fantasiosa eres”. Y tanto que lo era, porque no tengo nada de bruja. Ni un pelo, y a quien se le ocurra llamármelo le convierto en gato, os aviso. Pero tranquilos, porque mimo mucho a los gatos.

Paul Ranson, Bruja con gato negro, colección particular, 1893

Está el asunto de los gatos, claro, pero más allá de las supersticiones medievales, coincidiréis conmigo en que hay gatos sin bruja e incluso brujas sin gato. Ya sabéis que en la Edad Media, que no fue en general tan oscura como se piensa, aunque sí que lo fue en algunos aspectos, en diversos países europeos les dio por identificar a los gatos, en especial los negros, con el mal y con las brujas. Parece ser que el exterminio de gatos provocó gran alborozo en las ratas y, en particular, en la pulga de la rata, transmisora de la peste negra. Mala cosa: insisto en que a los gatos hay que mimarlos.

Paul Ranson, Brujas alrededor del fuego, Musée Départemental Maurice Denis, Saint-Germain-en-Laye, 1891

Paul Ranson, Bruja con gato negro, colección particular, 1899 c.

Ahora os explicaré por qué no soy bruja. Para empezar, sería incapaz de recordar un conjuro, así que tendría que ir siempre con el grimorio a cuestas, para poder consultarlo. Una lata, sobre todo porque estos libros suelen ser, además de voluminosos y pesados, tan antiguos que se desencuadernan cada dos por tres, de modo que no es cuestión de andar paseándolos por ahí, como si fuesen libros de bolsillo.
 
Salvator Rosa, Bruja, Pinacoteca Capitolina, Roma, 1646

John William Waterhouse, La hechicera, colección particular, 1913

Si hablamos de pócimas, de calderos y demás, la cosa se complica. Metida en faena para hacer una de esas pociones, no me extrañaría que me saliese en su lugar un guiso riquísimo, ya que cuando intento lucirme en la cocina el resultado suele ser un mejunje infernal.

Daniel Gardner, Las tres brujas de Macbeth, National Portrait Gallery, Londres, 1775

William Edward Frost, Brujas con el caldero, 1877

John Downman,  Las brujas de Macbeth, Galerie Bassenge, Berlín, antes de 1824

Las brujas suelen ir de tres en tres, imagino que a raíz de las tres brujas de Macbeth.¿Y por qué Shakespeare pensó en tres brujas y no en cinco o en dieciocho? Por las Moiras o Parcas, que eran tres. Antes de que preguntéis que por qué eran tres las Moiras, os diré que ese número no se fijó hasta fecha tan tardía como el siglo II d.C., así que, a lo mejor, no vale la pena ahondar en el simbolismo del tres, el triángulo y esas cosas.


Henry Fuseli, Las tres brujas, Kunsthaus, Zurich, 1783

Henry Fuseli, Macbeth, Banquo y las brujas, Petworth House, Petworth, 1793-94

John Barnes, Macbeth, 1964

John Bauer, Brujas
William Rimmer, Las tres brujas de Macbeth
A veces, ya veis, no son tres, sino cuatro. Sea cual sea su número, la evocación de las Gracias (tres) o la representación de las distintas edades de las mujeres es frecuente:



Alberto Durero, Las cuatro brujas, Kupferstichkabinett Germanisches Nationalmuseum, Nuremberg,  1497


Hans Baldung Grien, Brujas, Albertina, Viena, 1514
La imagen de la bruja en su cabaña del bosque y sus actividades como herbolaria me resultan muy simpáticas. Lo de la cabaña y el bosque me parece muy bien, porque ya os conté que fueron mi territorio como niña salvaje, pero lo de las plantas es otra prueba de que la comadrona se equivocó conmigo: sería incapaz de distinguir entre la belladona y un geranio, por ejemplo. Así que, si en algún momento os ofrezco una infusión, no la aceptéis, por si acaso.


Franz Von Stuck, Circe, Alte Nationalgalerie Berlín, 1913

Paul Ranson, Bruja en el pantano, colección particular, 1897 c.
El hecho de que sea un auténtico desastre aparcando la escoba o que mi conducción aérea sea un poco temeraria tampoco tiene relación alguna con la brujería. 


Champion des dames, manuscrito del siglo XV

Leonor Fini, Bruja roja

Francisco de Goya, ¡Linda maestra!, Capricho 68, 1797-98

Carl Spitzweg, Vuelo de brujas, 1875 c.
Las escobas, en cualquier caso, no son requisito imprescindible para volar.

Jaroslav Panuška, Bruja

Leonor Fini, Las brujas, 1959
¿Aquelarres? No, por favor, qué bullicio. Además, desde que cumplí trescientos años ya no estoy para trasnochar de ese modo, porque a la mañana siguiente no hay quien me levante de la cama.


Salvator Rosa, Las brujas y sus ensalmos, National Gallery, Londres, 1646 c.


Eugenio Lucas Velázquez, Aquelarre, Museo del Prado, Madrid, 1850-55


Luis Ricardo Falero, Visión de Fausto, 1878


Paul Ranson, Aquelarre, colección particular, 1891 c.

Leonor Fini, La ceremonia
Los sábados, algunas amigas, como Caterine, se hacen unos peinados bastante elaborados. Yo me limito a recogerme las greñas de cualquier modo, para que puedan decirme: "hija, qué pelos de bruja llevas". ¡Ya estoy acostumbrada!



Anónimo, Caterine Guldenman, colección particular, siglo XVII

Marianne Stokes, La bruja de Capri, colección particular, 1884-85
Aunque los aquelarres de ahora ya no son como los de antes, así que quizás sea mejor quedarse, tranquilamente, dentro del círculo mágico o pasar una agradable velada con amigos.


Paul Ranson, La bruja, colección particular, 1892 c. 

John William Waterhouse, El círculo mágico, 1886


Nguyễn Phan Chánh, La bruja, 1925
Creedme: no somos brujas. Ni hadas. Somos mujeres. Ni siquiera aceptamos ese plural, porque esa entelequia de “las mujeres” o “los hombres” no nos sirve. Cada hombre, cada mujer. Mujer, no bruja. Si lo fuésemos –ojalá lo fuésemos- ninguna sabandija revestida de forma humana nos haría daño.


Ilustración de las Crónicas de Francia, siglos XIII-XIV


Albert von Keller, Bruja en la hoguera, 1912


Quiero despedirme hoy con estos inquietantes versos del cantante Nacho Vegas que conocí gracias a Poeta Borracho:

La niña pregunta: Mamá,
¿qué es lo que comen las brujas?
Ella le responderá, seria pero con dulzura,
leche, galletas y a ti,
leche, galletas y a ti corazón mío,
a ti, a ti, anoche vi
que una hambrienta se aproxima aquí,
creo que viene a por ti,
que lo que comen son
leche, galletas y a ti corazón.



Eugenio Lucas Velázquez, Grupo de brujas, Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona, 1850-60 c.


Así que eso es lo que comen las brujas. Y a ti, corazón.

 

 

martes, 24 de noviembre de 2015

Volver a casa





“El drama contemporáneo yo lo resumiría así. No podemos volver a casa”, afirma Nicholas Ray en una conversación con Wim Wenders. We can't go home again es, precisamente, el título de la película experimental que Ray rodó, a mediados de los setenta, con sus alumnos del Harpur College de Binghampton.

Monica Dixon,  Paisaje

Todos recordamos películas de Ray como Johnny Guitar, con su inolvidable “miénteme”, o Rebelde sin causa. En la Autobiografía de Nicholas Ray, escrita por su última esposa, Susan, se incluye un diálogo en el que se plantea cómo muchos de los personajes de este cineasta son vencidos, ya sea por circunstancias externas o por ellos mismos, porque, de un modo u otro, siempre se colocan en situaciones imposibles, en las que la derrota es la única salida. ¿Por qué?, se le pregunta a Ray. “Así es nuestra sociedad”, responde, lacónico. Y así son sus personajes, añado.

Andrew Wyeth, Manta militar, 1957

¿Tiene razón Nicholas Ray? ¿Es este el drama contemporáneo, que ya no podemos volver a casa? Tal vez fue destruida o tal vez nunca existió y el único lugar al que nos es dado regresar es a un reflejo.

Andrew Wyeth, Brown Swiss, colección particular, 1957


Ralston Crawford, Marina en Sanford

Charles Sheeler, Catástrofe. Wichita Museum of Art

No hace falta ningún desastre como el del cuadro de Sheeler que acabamos de ver: el tiempo y el abandono, sobre todo el abandono, tienen fuerza suficiente para arruinarlo todo. ¿No os habéis encontrado a menudo, durante vuestros paseos por el campo, con alguno de estos tristísimos edificios semiderruidos? Es inevitable pensar en las vidas que transcurrieron entre sus muros, en las personas que se reunieron en torno a la mesa, en sus conversaciones, en todas las ilusiones y los desencantos que albergó la vivienda.

Casa abandonada, fotografía de Daniel Ferrando Colom

No cabe duda. Ésta es mi casa
aquí sucedo, aquí
me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.
...

Pero a mi casa la azotan los rayos
y un día se va a partir en dos.
Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas dan afuera del mundo.


(Mario Benedetti)

Casa abandonada, fotografía de Daniel Ferrando Colom

No es mi intención ponerme elegíaca, sino ver unos cuantos ejemplos de la importante presencia de las casas en la pintura contemporánea. Este motivo no se halla presente tan solo en ella, por supuesto. Podemos ver numerosas muestras a lo largo de los siglos. Por cierto, observad el aire de familia entre estas imágenes:

Fresco de Villa Fannius Synistor, Boscoreale, Metropolitan Museum of Art, Nueva York, siglo I d.C.  

Fresco de Villa Fannius Synistor, Boscoreale, Metropolitan Museum of Art, Nueva York, siglo I d.C.

Giotto, Expulsión de los demonios de Arezzo, detalle, Asís, 1297-99

Piero della Francesca, Reconocimiento de la verdadera cruz y regreso a Jerusalén, detalle, basílica de San Francisco, Arezzo, 1452-1466


Ron Lawson, Haunn, Eriskay III

No faltan ciudades ni casas, por lo tanto, pero lo que diferencia estas representaciones de las que hoy vemos aquí es el protagonismo que asume la casa en la pintura contemporánea. Ya no se configura como fondo escenográfico, sino como un personaje que goza de personalidad propia y de una expresividad que nada tiene que envidiar a la de los actores de carne y hueso.  

Ralston Crawford, Orange no. 2, 1936-39 c.

George Ault, January Full Moon, 1941

En algunos casos, las construcciones se alzan, solitarias, en parajes desiertos. Casa, horizonte, vacío. El edificio podría ser un grito que nadie escuchará en ese lugar deshabitado.

Monica Dixon, Paisaje

Monica Dixon, Paisaje

Ron Lawson, Cottage

Los árboles atenúan la soledad de la vivienda, la arropan: de algún modo, ayudan a que se enraíce en el suelo.

George Ault, Casa vieja, luna nueva, Smithsonian American Art Museum, Washington D. C., 1943

John Aldridge, Greyfriars, Dunwich, 1946

Ron Lawson, Invierno en las Hébridas, II


La presencia de animales o de ropa tendida son, también, señales de vida. Incluso la insólita presencia de una cabina telefónica permite albergar la esperanza de una comunicación posible, aunque… ¿funcionará el teléfono? Y, si funciona, ¿no habrá al otro lado de la línea tan solo un contestador automático que repita, incesante, su cantinela? 


Charles Sheeler,  Bucks County Barn, 1932
 
Ron Lawson, Paisaje

Ron Lawson, Paisaje

Ron Lawson, La vieja cabina

¿Están menos solas las casas cuando se ven otras en la distancia, o cada una de ellas se encierra en su propio mutismo?

Edward Hopper, Cobb’Barn y casas distantes, 1931

Ron Lawson, Casas

Concebimos la casa como hogar, como refugio. Sin embargo, no conviene confiarse demasiado, como nos recuerda Roland Topor en El quimérico inquilino, la novela llevada al cine por Roman Polanski en 1976: “La casa era una trampa, y la trampa funcionaba”.

Andrew Wyeth, El mundo de Cristina, Museum of Modern Art, Nueva York, 1947

Monica Dixon, Springville, Visible silencio, nº2

La casa tiene un rostro, un cuerpo: el tuyo, el mío, el de cada uno de nosotros. Los niños lo saben cuando dibujan casas como personas: lo que son. ¿Cuál de todas las casas que vemos sois vosotros?

Charles Sheeler, Conference Nº 1, Kemper Museum of Contemporary Art, 1954

Ralston Crawford, Granja Blanca, Albright-Knox Art Gallery, Buffalo, 1936

Edward Hopper, Árbol seco y vista lateral de la casa Lombard, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, 1931

Ron Lawson, Casa

Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
(Federico García Lorca)

Ron Lawson, Traigh Mhor Cottage