Por ejemplo,
asustarse. No me refiero al público de las películas de terror, esos
espectadores que se cubren los ojos con las manos y atisban entre los dedos,
como quien no quiere ver, sino a los espectadores del panorama,
de los cuadros vivos o de los gabinetes de figuras de cera.
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Stanley Kubrick, El resplandor, 1980 |
Autores tan
diversos como Henri-Frédéric Amiel, E.T.A. Hoffmann, Pío Baroja, José
Ortega y Gasset y Mario Praz coinciden al señalar la inquietud que suscitan las
figuras de cera, al margen de cuál sea su tema. La inmovilidad de las figuras,
su palidez, su realismo, logran desasosegar a quien las contempla. “Cuando
vemos una figura de cera -escribe Amiel-, sentimos una especie de espanto; esa
vida que no se mueve nos da una impresión de muerte, y nos dice: ‘He aquí un
fantasma’”.
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Luigi Dardani, Francesco
Zambeccari, Museo Fortuny, Bolonia, 1750 c. |
¿También asustan
los cuadros vivos? Según Goethe, sí. Sobre uno de los cuadros vivos
representados en la novela Las afinidades
electivas escribe lo siguiente: “Las
figuras eran tan apropiadas, los colores estaban distribuidos con tal fortuna,
la iluminación era tan artística, que realmente parecía aquello otro mundo;
salvo que la presencia de lo real, en lugar de la apariencia, producía una
especie de sensación de miedo”.
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Oscar Gustav Rejlander, Los dos caminos de la vida, 1857 |
Tal vez no esté de más recordar la inquietud que provocó la Pequeña
bailarina de catorce años de
Edgar Degas. La escultura, modelada en bronce, estaba recubierta por una capa
de cera, para conferirle una apariencia más realista. “El terrible realismo de esta pequeña estatua
hace sin duda que la gente se sienta incómoda”, explicó J.K. Huysmans.
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Edgar Degas, Pequeña bailarina de catorce años, Tate Liverpool, 1879–1881 |
Idénticas sensaciones de
incomodidad y temor eran suscitadas por espectáculos visuales como el panorama.
Ya hemos visto en anteriores entradas cómo esta enorme pintura envuelve
al observador. Lo envuelve y absorbe hasta tal punto que, gracias a la amplitud
del paisaje mostrado, a su detallada ejecución y al completo ilusionismo de lo
representado, puede sumir en el ensimismamiento a quien lo contempla.
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Marquard Wocher, Panorama de Thun, 1809-1814 |
Algo más inesperado nos resulta
el vértigo y mareos que sentían algunas personas ante estas grandes pinturas
inmóviles. Johann August Eberhard afirmaba, en 1807, que algunos espectadores
llegaban a sentir “un cierto miedo, que al fin se transformaba en vértigo y
náusea”.
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Eduard Gaertner, Panorama de Berlín, 1833-1838 |
Parece ser que, precisamente,
esa inmovilidad y esa perfecta y minuciosa representación de la naturaleza era lo
que, sumado al impresionante silencio, asustaba a algunos espectadores. ¿Por
qué no se mueven los personajes que aparecen en los panoramas? ¿Por qué no
hacen el menor ruido? No calla la naturaleza, no callan las ciudades ni, por
supuesto, la guerra: a pesar de su realismo, el silencio revela que lo que ven
y admiran no está vivo.
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Eduard Gaertner, Panorama de Berlín, 1833-1838 |
Es curioso recordar, en lo
relativo a la lectura de las panorámicas urbanas, cómo la capacidad de
sugestión ejercida por los panoramas -espectáculo que, en su época, fue
enormemente popular, y tan complejo y articulado que resulta comparable con el
cine- llegó a hacer creer a algunos espectadores que las personas que aparecían
en las calles y parques de las ciudades representadas realmente se movían. Algo
semejante se puede afirmar respecto a las vistas que ofrecía el diorama.
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Louis-Jacques-Mandé Daguerre, diorama en la iglesia de
Bry-sur-Marne, 1842 |
Esta capacidad alucinatoria,
producida por la fuerza de los efectos de realidad puestos en juego, se
reprodujo al presentarse por primera vez ante el público el cinematógrafo. Se
hablaba, en este caso, de cómo se podía ver el enrojecimiento de una barra de
hierro puesta al fuego, lo cual resulta muy significativo, si tenemos en cuenta
que esta afirmación se refería a imágenes proyectadas en blanco y negro.
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Auguste y Louis Lumière, Los herreros, 1895 |
Los espectadores de la época
ansiaban la realidad y, sin embargo, cuando se enfrentaban a algo demasiado real, o bien se asustaban o bien se dejaban
llevar por la imaginación: la loca de la casa.