miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿Hablamos, desde cuándo? Vanessa Bell




Era una noche de primavera y ellas estaban sentadas en el salón. Apareció Lytton Strachey, señaló con el dedo una mancha en el vestido blanco de Vanessa y preguntó: “¿semen?”. Después del primer momento de perplejidad, todos estallaron en carcajadas. ¡Ay, estas niñas Stephen! ¿Qué habría dicho de sus hijas el pobre sir Leslie, si hubiese levantado la cabeza?


Vanessa Bell, Virginia Woolf

Vanessa y Virginia Stephen

Adrian, Thoby, Vanessa y Virginia Stephen
La escritora, la pintora… Y sus hermanos, Thoby y Adrian, todos ellos juntos en la casa de Bloomsbury a la que se mudaron tras la muerte del padre, en 1904. La madre, Julia Jackson, había muerto nueve años antes. Conoceréis, sin duda, a la abuela materna de los niños Stephen: la fotógrafa Julia Margaret Cameron. ¿Ya os situáis en el ambiente familiar de Virginia y Vanessa, de quienes la propia Vanessa dice: “no consigo recordar un solo momento de nuestra vida en el que Virginia no quisiese ser escritora y yo pintora”?


Julia Margaret Cameron, Retrato de su hija, Julia Jackson

Vanessa Bell, Bloomsbury
En Bloomsbury también están los amigos: el irónico Lytton Strachey; Clive Bell, con quien se casó Vanessa; Leonard Woolf, quien sería esposo de Virginia; Bertrand Russell, Arthur Waley, Roger Fry; Duncan Grant; David Garnett, amante de Duncan; Dora Carrington… Nombres, muchos nombres que varían según los momentos. Y muchísimas conversaciones en las que humor y cultura se trenzaban a menudo.


Vanessa Bell, Conversación

Vanessa Bell, Roger Fry
Antes de estudiar en la Escuela de Arte de Sir Arthur Cope y en la Royal Academy School, Vanessa tomó lecciones de dibujo en la casa familiar. Durante todo ese tiempo recibió  una formación sólida, aunque encuadrada en los marcos convencionales. Fue, después, el deslumbramiento: Van Gogh, Gauguin, Matisse y, sobre todo, Paul Cézanne. Bueno, que levante la mano quien no se sienta deslumbrado ante las obras de estos pintores. En 1910, Roger Fry organiza una exposición en Londres que va a suscitar burlas, escándalo… y ese asombro luminoso y creador que en ese momento inunda a Vanessa como a otros jóvenes artistas. “Ha sido como si por fin se pudiese expresar lo que buscas en vez de repetir lo que otros te dicen que debes hacer. Era la libertad de ser uno mismo”, nos cuenta Vanessa. Ella refleja de este modo la segunda exposición dedicada al postimpresionismo, celebrada dos años más tarde: 


Vanessa Bell, Sala Matisse en la segunda exposición de los postimpresionistas, Londres, 1912

Vanessa Bell, Desnudo con amapolas
Como sucede en el caso de muchos otros artistas y señalo a menudo, son muy diversas las voces que escuchamos en la pintura de Vanessa Bell: a través de sus distintos acentos se puede “expresar lo que buscas”, y del mismo modo que Virginia lo hace con la escritura, ella lo hace por medio de la pintura. Como cada uno de nosotros, cada cual a su manera, cada cual con sus medios, sus limitaciones, sus balbuceos, los grandes fracasos, los ocasionales aciertos, nuestra fuerza y nuestra debilidad, intentamos expresar lo que buscamos, entender el mundo y, tal vez, cambiarlo un poco. ¡Aunque solo sea un poco!


Vanessa Bell, Bañistas (playa de Strudland)

Vanessa Bell, Dormitorio en Gordon Square

Vanessa Bell, Angelica
Muchos familiares y amigos asoman a los lienzos de Vanessa. Retrata en diversas ocasiones, por supuesto, a su hermana Virginia y a su cuñado, Leonard Woolf; también a Julian y Quentin Bell, sus hijos, y a Angelica, la hija que tuvo con Duncan Grant. Los amigos, Lytton Strachey, Saxon Sydney-Turner, Roger Fry, Aldous Huxley y muchos otros, son retratados por Vanessa.


Vanessa Bell, Virginia Woolf

Vanessa Bell, Duncan Grant

Vanessa Bell, Lytton Strachey

En estas obras afloran también esos personajes sin rostro que tanto nos fascinan y que encontramos en muchos artistas de la época. Lo hemos visto en el retrato de Virginia y lo vemos, asimismo, en obras como estas:


Vanessa Bell, Frederick y Jessie Etchells

Vanessa Bell, Cola en Lewes

Vanessa pintó paisajes, interiores domésticos, jardines, playas… Hay en su obra una serie de vistas tomadas a lo largo de sus diversos viajes a Italia, ese país que nunca nos cansamos de visitar, aunque sea a través de la pintura:


Vanessa Bell, Almiares en Italia

Vanessa Bell, Duomo de Lucca

Vanessa Bell, Monte Oliveto

Y el mar, por supuesto. La playa de Strudland, por ejemplo, con estos personajes que nos ocultan sus rostros, o el faro de Newhaven, que visitamos no hace mucho tiempo,  no sé si lo recordáis. 


Vanessa Bell, Playa de Strudland

Vanessa Bell, Figura en la playa de Strudland

Vanessa Bell, Faro de Newhaven

Vanessa también pintó obras abstractas como estas Composiciones que vemos. Se advierte en ellas un cierto acento decorativo que no puede extrañar, dado su trabajo en los Talleres Omega, fundados por Roger Fry. En ellos, Vanessa diseña textiles, decorados y figurines teatrales, muebles, cerámica… 


Vanessa Bell, Composición

Vanessa Bell, Composición

Vanessa Bell, Diseño para tapete

Vanessa Bell, La conversación, detalle
Hay algo que me ronda la cabeza durante todo el tiempo, y son las conversaciones en las que participaron Vanessa y Virginia: esas largas conversaciones en las que, después de la inesperada pregunta de Lytton Strachey ante la mancha en el vestido de Vanessa, cayeron los muros propios de la sociedad victoriana que todos ellos abandonaban en alegre tropel. Conversar: esas charlas con amigos que a veces se prolongan durante horas, incluso durante toda la noche, hasta que nos sorprende una luz en la ventana y descubrimos, con asombro, que es el amanecer el que toca en el cristal. Conversaciones de hoy, de ayer. Conversar.


Vanessa Bell, La conversación
¿Hablamos?
¿Hablamos, desde cuándo?
¿Quién empezó? No sé.
Los días, mis preguntas;
oscuras, anchas, vagas
tus respuestas: las noches.
Juntándose una a la otra
forman el mundo, el tiempo
para ti para mí.
Mi preguntar hundiéndose
con la luz en la nada,
callado,
para que tú respondas
con estrellas equívocas;
luego, recién naciéndose
con el alba, asombroso
de novedad, de ansia
de preguntar lo mismo
que preguntaba ayer,
qué respondió la noche
a medias, estrellada.

(Pedro Salinas) 


Vanessa Bell, La conversación


  

martes, 13 de septiembre de 2016

Cantar como un pájaro: Marc Chagall y el teatro




¿Os acordáis de Dafnis y Cloe, aquella pareja de despistados que aún no había descubierto “el nombre de Amor”? Hace tiempo recordamos su historia a través de la serie de cuarenta y dos litografías que Marc Chagall publicó en París en 1961. Poco antes, había trabajado ya “a lo grande” sobre el tema. Fue en 1958, cuando pintó cuatro telones y diseñó el vestuario para la representación en la Ópera de París, al año siguiente, de Dafnis y Cloe, el ballet de Maurice Ravel sobre el texto de Longo adaptado por Michel Fokine.


Marc Chagall, Dafnis y Cloe

Marc Chagall, Dafnis y Cloe

En esta fotografía podemos ver cómo el artista pinta el telón para el tercer acto del ballet en el taller Berthier:


 
Un año más tarde, André Malraux, ministro de Cultura en aquel momento, encargó a Chagall la decoración de la cúpula de la Ópera de París para que sustituyera la anterior, obra de Jules Eugène Lenepveu. Aquí vemos las dos obras, separadas por noventa y tres años. Qué cambio, ¿verdad? Un cambio que no a todos agradó.


Jules Eugène Lenepveu, Cúpula de la Ópera de París

Marc Chagall, Cúpula de la Ópera de París

Marc Chagall, Romeo y Julieta, Cúpula de la Ópera de París, detalle
“He querido en lo alto, como en un espejo, reflejar en un ramillete los sueños, las creaciones de los actores, de los músicos: recordar que abajo se agitan los colores de las ropas de los espectadores. Cantar como un pájaro, sin teoría ni método. Rendir homenaje a los grandes compositores de óperas y ballets”, nos cuenta el artista. Arriba, abajo, siempre el color, la canción del ave, los vuelos de Chagall. ¿Os habéis fijado en la distribución del color en las distintas secciones? ¡Esos colores que cantan! 


Marc Chagall, Boceto definitivo para la cúpula de la Ópera de París

Marc Chagall, Cúpula de la Ópera de París

Marc Chagall, Peleas y Melisande, Cúpula de la Ópera de París, detalle
Óperas, ballets y compositores protagonizan cada una de las secciones de esta cúpula: El lago de los cisnes, de Tchaikovsky; El pájaro de fuego, de Stravinsky; Dafnis y Cloe, de Ravel; Peleas y Melisande, de Debussy; Romeo y Julieta, de Berlioz; Tristan e Isolda, de Wagner; Boris Godunov, de Mussorgsky; Giselle, de Adam; Fidelio, de Beethoven; La Traviata, de Verdi; Carmen, de Bizet; Orfeo y Eurídice, de Gluck. Y también está Rameau y, cómo no, Mozart, el amado de Chagall, aquel cuya música acompañaba siempre su pintura. 


Marc Chagall, Orfeo y Eurídice, Carmen, cúpula de la Ópera de París, detalle

Marc Chagall, El pájaro de fuego, Dafnis y Cloe, cúpula de la Ópera de París, detalle

Marc Chagall, El lago de los cisnes, cúpula de la Ópera de París, detalle

Marc Chagall, El lago de los cisnes, cúpula de la Ópera de París, detalle

Marc Chagall, Tristán e Isolda, cúpula de la Ópera de París, detalle

Aquí podemos ver a Chagall mientras pinta la sección dedicada a Mussorgsky, así como el resultado final: 



Marc Chagall, Boris Godunov y La flauta mágica, cúpula de la Ópera de París, detalle

He dicho “la sección dedicada a Mussorgsky” y también, unas líneas más arriba, he mencionado a Mozart. Mirad, porque justo al lado de Godunov suena una flauta, pero no es una flauta cualquiera, sino la flauta mágica: 

Marc Chagall, La flauta mágica, cúpula de la Ópera de París, detalle

Marc Chagall, La flauta mágica, fotografía de David Rato
Una flauta cuyos colores sonarán en la Metropolitan Opera de Nueva York en 1967, cuando Chagall pinte los decorados y diseñe el vestuario de la ópera de Mozart: un trabajo al que dedicó tres años. Pintó trece telones, veintiséis piezas del decorado y diseñó más de ciento veinte trajes. ¡Valió la pena!


Marc Chagall, La flauta mágica

Marc Chagall, La flauta mágica
Mozart y Chagall: ¿podéis imaginarlo? ¡La Reina de la Noche, Papageno y Papagena, Tamino, Sarastro, Pamina! Vuelo sobre vuelo y vuelo, vuelo en los colores, en la música, en las voces, en los decorados, en los trajes, en los oídos, los ojos de los espectadores, en su piel, en la sonrisa inacabable que imagino y que sé que habría sido la mía, la nuestra, en aquella noche tan mágica como la flauta prodigiosa.


Marc Chagall, La flauta mágica, traje de Papagena

Lucia Popp como Reina de la Noche
A menudo digo que me gustaría saber cantar y, además, en alemán, para poder cantar el aria Der Hölle Rache cuando estuviese enfadada. ¡Oh, qué a gusto me enfadaría entonces! Aunque nunca tan bien como Lucia Popp y tantas otras espléndidas sopranos. ¿Me imagináis cantando cosas como “La venganza del infierno hierve en mi corazón!
¡La muerte y la desesperación arden alrededor de mí!”? No, incluso a mí me cuesta imaginármelo. Os pongo esta versión de Popp porque fue ella quien interpretó el papel de la reina en la obra decorada por Chagall.


Marc Chagall, La flauta mágica, traje de la Reina de la Noche
   

Haced que baje a tierra, por favor, porque aún debo terminar de escribir esta entrada. Pero, ¿cómo bajar a tierra si Chagall, en esos mismos años, pinta para la Ópera de Nueva York el díptico El triunfo de la música y Las fuentes de la música? ¡Los rojos, los amarillos!


Marc Chagall, El triunfo de la música, fotografía de Manuel Bidermanas

Marc Chagall, Las fuentes de la música

“Hay que hacer que el dibujo cante por el color, hay que hacer como Debussy”, nos dice Marc Chagall. Hay que volar por el color. Volemos, cantemos.