martes, 14 de febrero de 2017

John Miller, el hombre que fue al mar





Hermano sol, hermana luna y las estrellas, hermano viento y agua y fuego, hermana y madre tierra. Sí, es la voz de Giovanni di Pietro Bernardone, Francisco de Asís, aquel poverello de quien, como suelo decir, me atrae, más que la santidad, su desnudez. Tal vez sintió algo parecido John, porque es hombre de pocas y sencillas vestiduras: lo elemental para cubrir la carne del lienzo. Así, como quien pinta en voz baja y con una sonrisa en los labios, la plenitud del vacío inunda sus pinturas con serena, honda alegría. La de quien contempla el amanecer desde una playa. Tantos amaneceres, tantas playas. John fue al mar para quedarse junto a él y ser silencio y horizonte. Y allí entonó su cántico.


El Cántico de San Francisco

Amanecer

Venecia
Pero sus mares nacieron de otro mar. Fue en Sicilia donde John Miller comenzó a pintar playas. Aunque también anduvo recogiendo la atmósfera, los edificios y las aguas de Venecia con un pincel inevitablemente próximo a Turner. De ahí las transparencias, los desvanecimientos, las construcciones que parecen hechas de aire y agua, pero también los apuntes de un pintor que, antes de serlo, fue arquitecto. Como también lo fue Joseph Mallord William Turner.


Ca' Foscari

Cinammon, Goa
Grecia y Goa, en la India, dejaron su huella en el espíritu y el arte de este pintor inglés que recorrió tantos kilómetros para recoger horizontes, arena, cielo, la espuma de las olas: unos elementos que hallaremos una y otra vez en sus cuadros. ¿Es siempre la misma playa? No, no lo es, aunque nos lo pueda parecer. O tal vez sí sea la misma. El mismo mar, aunque reciba nombres diferentes y sus características difieran; los mismos horizontes, sea cual sea la latitud donde nos situemos; la misma luz (¿es esto posible?); el mismo cielo. 


Playa de Asven, Goa

Playa de Goa

Playa de Porthkidney, Cornualles

Banco de arena en Lelant
No, me diréis, no es la misma la luz, el mismo cielo, el mismo mar. Bueno. No lo discutiré. Probablemente, tampoco John habría discutido. Ignoro cómo era. Por lo que he leído acerca de su vida, le interesaba la espiritualidad. Era, de hecho, un hombre de fuertes sentimientos religiosos. Los paisajes que pinta son, a un tiempo, aquellos que le rodean y él contempla, pero son también paisajes interiores. Esos mares y esos cielos están dentro de él. Como le sucedía a Caspar David Friedrich. 


Figura en la playa

Caspar David Friedrich, Monje junto al mar

Playa de Porthkidney
En 1958, John dejó Londres y se instaló en Cornualles junto a su compañero, Michael Truscott, “para celebrar una tierra que ya había llegado a amar”, según nos cuenta. Allí se quedó, y las playas de Lelant, Porthkidney, Tresco y otras, así como el estuario de Hayle, pasaron a habitar sus lienzos. Un grano de arena, otro grano. Hora a hora, día a día, gota a gota, luz a luz. Instantes idénticos, distintos. Como todo lo importante. 


Tresco

Hayle

El estuario acoge a las aves durante todo el año. Gaviotas, zancudas, golondrinas de mar, cisnes mudos, águilas pescadoras… Los pinceles de John recogieron el aspecto del estuario a lo largo de los distintos meses del año, de los años.

Estuario

Estuario

La tierra. Y, más allá, el horizonte del que Vicente Huidobro dijo: “El horizonte me hizo horizonte preparado a todo”.

Horizonte

Horizonte

Asombro del amanecer
Asombro: en el horizonte, milagro del día que despunta. “Al amanecer, / el mundo me besa / en tu boca, mujer”, escribe Juan Ramón Jiménez. Hombre, mujer, qué importa: el mundo me besa. Milagro, asombro, maravilla: así titula John Miller una de sus series dedicadas al amanecer. No es para menos: revivid todos vuestros amaneceres en la playa o, si queréis, el prodigio contrario del ocaso en el mar. Me quedo, ahora, con esas amanecidas en las que exclamamos, con Borges: “Pero de nuevo el mundo se ha salvado”. 

Asombro del amanecer

Asombro del amanecer

Amanecer en otoño

¿Monotonía? No: quietud apenas rota por el movimiento de las olas o por el deslizarse de una barca en el azul o en cualquier otro color que revistan las aguas y los cielos.

Mi barca es tan pequeña…

Barca a la luz matinal en Mandori

Barco en la niebla

Paisaje

Así pues, ¿eso es todo? ¿Azules, blancos, violetas, arenas y cielos y mares? No. A lo mejor podría hablar de los escritos de Miller o de la presencia de sus obras en algún programa televisivo o en la película de John Boorman El sastre de Panamá. También puedo mostraros cómo estalla el rojo, el verde, el naranja, el morado; cómo también tierras, campos, prados y colinas hallan acomodo en la pintura de John.

Paisaje otoñal

Paisaje

Podría hablar, he escrito. Podría, sí. ¿Quiero? No, la verdad es que hoy, sumergida en las pinturas de John Miller, solo quiero caminar calladamente sobre la arena de sus playas y ser también, como él lo fue, un poco mar, un poco cielo y horizonte. Solo silencio. 

Playa

 

lunes, 6 de febrero de 2017

Glenn Brady: corazón y tripas





“Eran graciosos, fuertes, groseros, locos, violentos y, en muchos casos, ahora están muertos”, cuenta Glenn, y añade: “se quemaron muy brillantemente”. Tenía quince años cuando se adentró en ese mundo. Alcohol, drogas, ya sabéis: ¿quién, entre nosotros, no ha dejado atrás a amigos que se extraviaron en esos laberintos? Tampoco la infancia del chico fue fácil, pero vamos a dejarlo aquí, si os parece, para aproximarnos a la obra de este pintor y músico australiano que nunca estudió arte. Vagaba –aún lo hace- por los suburbios, por los polígonos industriales, por los astilleros y los centros comerciales; recorría –y recorre- las vías de tren, las playas, las carreteras, los sueños y las pesadillas. Él ve, junto a la basura, el juego de la sombra y la luz; ve los colores del cielo y el vuelo de los pájaros; ve la belleza de un árbol. Ve todo esto y lo pinta para que nosotros también lo veamos. Y lo vemos. Junto a la basura, la belleza.




Nos asalta una sensación de inestabilidad al contemplar muchas de las obras de Glenn Brady. Las casas se inclinan, tiemblan; los postes telefónicos se retuercen, el suelo ondula: todo lo que nos rodea muestra una extraña e inquietante vitalidad. Tal vez tierra, postes, casas y árboles bailen al ritmo de la música que Glenn y sus compañeros tocan en su banda. Aunque a lo mejor se estremecen porque todo palpita y ese latido en el corazón de las cosas hace que el mundo fluya, tan vivo que a veces parece que se vaya a caer.



Caer como algunos de los personajes que pinta Brady, o como un gigantesco ángel –“hombre o mujer, no lo sé”- cayó, en el sueño de Gérard de Nerval, en un estrecho y oscuro patio de París. El ángel quedó atrapado, con sus alas plegadas y arrugadas “a lo largo de los tejados y las balaustradas”. Si desplegaba las alas para volar, derrumbaría los edificios; si no las abría, moriría. El poeta despertó de su sueño con un grito de espanto. No sabemos qué hizo el ángel. Muchos piensan que murió. 





Todo fluye en estas obras excepto el agua de un río, atrapada –como un ángel- en la fijeza del rojo. El cielo, en cambio, se incendia y tintinea, hecho y deshecho en garabatos, líneas serpenteantes y remolinos en los que espejea la tierra. Esta naturaleza viva, estos cielos y árboles que parecen tender sus brazos en un grito mudo, traen a nuestra memoria el nombre de un grandísimo artista que, como Glenn, también estuvo ingresado en instituciones psiquiátricas. No hace falta escribir el nombre que aflora a los labios de todos nosotros. 





Hay muchas casas en las pinturas de Brady. Altos edificios o casas bajas y pequeñas, como cabañas. Hay también palafitos que se aúpan sobre el agua y casas que crecen de la tierra, casas que se estremecen como los árboles que se hermanan con ellas y otras que inclinan sus cabezas para asomarse al río y quizás, comprobar si llevan las tejas bien peinadas. Casas, muchas casas, y las personas que habitan en ellas: gente buena y mala, como nos recuerda Glenn, “normal y extraña, feliz, enamorada, enojada y triste, no amada. Olvidados que habitan entre la red interminable de las carreteras principales”.



También hay plazas y descampados donde juegan los niños del mismo modo que hacía Glenn con sus amigos. “No olvides que tus manos y pies también son rojos”, recuerdan al que se va: rojos de tierra, de la tierra roja o de los balones rojos de la risa infantil.





Risa o grito. Pesadilla. Las pinturas de Brady incitan a narrar historias. "Tengo miedo. Intento no decir nada, pero tengo miedo. Hay seres oscuros que se ocultan en las sombras y acechan desde ellas, vigilantes. Criaturas tristes provistas de picos, alas, garras". Tal vez se asemejan, para Brady, a esa gente vestida con enormes batas –¿o  alas?- negras que flota lentamente: así es como Glenn imagina las nubes tormentosas que se ciernen sobre la playa donde vive. Una playa en la que, a veces, la vegetación tiende brazos y manos hacia la figura solitaria que se halla en la orilla.



Inquietud. Hay mucha soledad en las noches de este artista, en sus figuras, en las líneas férreas que atraviesan los suburbios y los campos. Hay mucha tristeza en sus azules. Las sombras hablan en su silencio: fijaos en los brazos abiertos de un hombre y en la sombra, en forma de cruz, que proyecta uno de los postes telefónicos. Son esos signos que Brady atisba, en ocasiones, y que le hacen exclamar “no estoy perdido”, aunque de inmediato se pregunte acerca de “la broma interminable que los humanos juegan con nuestros semejantes”.  




Escuchad: hay algo más. Glenn Brady sabe que las cosas a veces no son fáciles, que la vida escuece, que uno se equivoca, que hay violencia e injusticia, que arrastramos penas y miedos como ese animal de compañía con el que Vicente Gallego equipara a la tristeza:
Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía
con el que yo he jugado algunas tardes.
Sin apretar los dientes me estiraba del brazo,
paseaba conmigo, se sentaba a mis pies
en los fríos inviernos.
En los días aciagos, por probar su obediencia,
le lanzaba mi alma, y ella me la traía
dulcemente empapada en su aliento doméstico.
Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía,
que hace tiempo ha adoptado
esta fea costumbre de morder a su amo.


Pero escuchad, os digo, porque hay más. Brady, pintor y músico, nos cuenta que, si quieres hacer algo, tienes que hacerlo tú: sin lugar, sin dinero, a cuerpo descubierto. ¿Y cómo se consigue? Con ayuda de otros, está claro, esos otros que, aunque diferentes, son tan uno mismo. Los de verdad, los que muestran su rostro, los que están y seguirán estando. Sí, los tan uno mismo. Nos dice Glenn: “todo se hizo con la ayuda de otros y con corazón y tripas”. Todo se hizo, todo se hará. Hay un camino que debemos recorrer. Nadie dice que sea fácil, pero hay caminos para aquellos que, como Glenn Brady, tienen corazón y tripas. 


Ya me voy, ya callo, pero decidme: ¿el ángel de Nerval murió en el estrecho patio parisino en el que había caído o consiguió desplegar las alas sin derruir, por ello, las construcciones que le apresaban?