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martes, 25 de julio de 2017

De la curva a la imagen, por Emerencia Alabarce y José Baena





Cerilla

Hoy me he propuesto destilar imágenes. Voy a mezclar las esencias más luminosas para que te huelan a colores; quiero descubrirte la magia de las formas y las texturas que he fijado con mis ojos para dejarlas impresas en este espacio. Y además, procuraré que sean mágicas. Podrás sentir su olor, sí, porque las fotos huelen ¿no lo sabías? Huelen como las flores de las calas recién abiertas, uhm…como las varitas de incienso abrazadas a la cerilla, y ese fósforo crispando, chisporroteando… Ese humo que sale y que se mezcla en segundos, minutos; tiempos que son formas, tiempos que son imágenes... “Abradacadabra”, “Hocus Pocus” (Hoc est corpus meum) En ellas se encierran mis emociones que pasarán a ser las tuyas cuando quieras y así lo desees.Cuando prenda esa magia en la imagen, dejará ver lo que fue y no es ahora. La magia del ojo que todo lo ve y lo sabe, el que te engaña con la sonrisa puesta, el ojo que selecciona y te deja solo, sola, para que hables y escuches por las esquinas de los poetas.


Chimenea

La imagen tiene una historia que contar. Comienza en una onda que se percibe y se encuadra. Es chimenea. Es como la semilla de nuez; está en un interior vacío y arrugado para luego sacar esa voluminosa forma, la del tallo, la de raíz y la de la hoja. Cada fotograma de humo es como capullo de amapola cerrado, verde y peloso que se va transformando en una suave y sedosa textura roja. Nada es lo que fue y lo que ahora parece, pero es su germen, es el esbozo que da un principio, es el capricho del ojo que todo lo ve. Porque las formas no permanecen, cambian; son realidades innegables aristotélicas y no son apreciaciones vagas.




Los sonidos en la imagen también se pueden escuchar, su oír es hueco al principio pero siempre pasa; no es vacío, porque las fotos que se oyen también se pueden leer. Hay textos, párrafos y palabras que resuenan en la imagen y se difunden en contenidos y causas.

Las fotografías son la expresión familiar de las cosas. Hay en ellas emociones, sensaciones que solo el ojo del artista impulsa a dilucidar. Los encuadres no se aprenden, son innatos al artista. Luego viene la sensibilidad observada, intuida, aprendida, para variar la imagen según velocidad y luz; son momentos de apertura como pétalos de amapola. También tendrá un tiempo y se le ofrecerá un espacio propio en la eterna profundidad de campo. Técnica que se aprende; parámetros que se ajustan para recrearlos en la imagen.

Con la fotografía los presentimientos ocurren, los sentidos se armonizan y los colores llenan los espacios. La fotografía es indomable, en un intento de congelarla ella traspasa el tiempo.

Las imágenes capturadas son anhelos de instantes con rigor de márgenes. Las imágenes te arrebatan los sentidos y te ambicionan las palabras.

Quijote


Y ahora el experimento de lo que el habla me permite decir, que por decir no basta. Es el momento para crear la magia. Encendamos el alambique y añadamos el agua; agua para la vida de ese alma robada. Por momentos aparecerá humo, pero no es un humo forzado, tampoco cortina de humo que oculta verdad, ni una señal o mensaje. El humo no mata, no es prisión, es un halo invisible, que no se disipa, que quedará primero disperso y luego se irá definiendo en figuras. El humo es origen.


Atalaya
Ese quijote que sale goloso y dormido, que sigue soñando con gigantes; pero no son ellos, es torre y no molinos. Ahora desaparece enfadado. Son huellas que deja, como diminutas pisadas en la dorada arena, tal vez un rastro insinuado para que le sigamos.



Torre incienso


Amarillo polvo que se espesa de nuevo en bruma; y lo que ves no es humo en los tejados, es nube. Una nube prisionera en la noche que se va deslizando entre la chimenea para pasarle adentro, para transformarse de nuevo en humo.



Chimeneas



Pero subamos por esta escalera que se despliega, tal vez para volver de nuevo a la torre y salir a su almena corrida. Esta vez subiremos aún más alto: a las estrellas.


Escalera de agua


Cogeremos esta vía láctea que nos enmarca la vista. Se ve perderse en el infinito hacia Orión, el cazador, tal vez para liberar a Andrómeda… pero no nos perdamos con él ahora, volvamos de nuevo.


Vía Láctea





Ahí viene el dragón verde envuelto en su propia lengua, viene encogido de brazos; tal vez porque el pobre ha cambiado el fuego por agua. Es un dragón acuático, un basilisco, que resopla gotas desde abajo ¿o es desde arriba?


Viento agua

Agua gota

Si seguimos arriba, volemos entonces agarrados a las aspas del molino que levanta el viento, que levanta niebla. Atrae también al humo ya ese pájaro que acopla su pico en el ala, que parece dormir. So pena que pueda estar herido, o ¿es que padece vergüenza de ave?


Cisne azul

Cisne

Pato feo azul procedente de la isla de los maoríes, el que se convertirá en un precioso cisne blanco que se mece en un azul de lago, o se transformará en una gaviota blanca en azul de cielo, o de océano…



Raíles mar


Escaleras también bajan al mar, al arrecife de las Sirenas, adentrándose en las profundidades, una invitación, ¡espera que bajo!


Abraza gato araña
 
Pero alguien me agarra por la espalda, tal vez para que no me caiga; parecen manos y me zarandean casi me arañan, y ahora me dicen que estoy soñando, no, ¡pero si es mi gato Simba! con sus ojos verdes, ahí está tumbado sobre las redes azules. Marino que es él que no hay malla que se le resista, ni pez en la orilla. 



Gato

Y ahora, para terminar, te invito a un helado por si algún humo se me ha subido a la cabeza.


Pincel 


Te ofrezco un cucurucho de nata o zarzamora para pasar estas noches calurosas de verano que hasta la luna se sonroja por el sopor. Esencia de Verbena para esas noches mágicas que producen espejismos en el aire y se dejan sentir en estas vibraciones que son ondas; ilusiones que se desesperezan, que evolucionan del humo a la imagen con sinfonías de colores y formas.


Luna tejados

Para darle fin a este encuentro y agradecerte mi paso por aquí (que ya ves qué a gusto me he quedado) Carmen, te dejo este humo que no es otro que “Sfumato”, aura gris que empieza a vibrar y no precisamente en rostro de Gioconda; y como imaginación no te falta, dime compañera, ¿en qué imagen se convertirá ahora este humo, esta curva? Y tú que le sigues ¿a buscarla le ayudas?


Sfumato

 
   

martes, 30 de mayo de 2017

Casas de árbol, por Luis Díaz Feria





Adoro (soy fan de) las casas de árbol casi tanto como las casas con patas. Ambas sugieren una dosis de retorno, de distancia, de paz, que me atrae sin remedio. Hay árboles que nos acogen bajo sus ramas y son una casa por sí solos, hay también casas plantadas entre los árboles en lugares bellísimos. Todas emocionantes, pero la casa de árbol, la que se hace con toda intención en lo alto del árbol, forma una categoría aparte.


Luis Díaz Feria, Casa de árbol

Trepar a un árbol es un acto instintivo. No hay que echarle mucha imaginación para aceptar que la pulsión de subirse a los árboles es una necesidad atávica. Echamos de menos el árbol porque nacimos en él. Algo profundo y muy viejo nos conduce hipnotizados de vuelta a esas mismas ramas de las que nos expulsó la serpiente condenándonos a colonizar el terruño a golpe de sudor y muerte. En el árbol nos había sido dado vivir sin matar, creemos recordar.

Luis Díaz Feria, Casa de árbol
De niños nos subíamos al árbol –quién no— para sentirnos libres. Inalcanzables para los mayores, que constituían la representación explícita de un mundo lleno de obligaciones, ridículas y absurdas en general, cuya razón de ser no entendíamos. Ahora, de menos niños, seguimos trepando al árbol por las mismas razones, por una necesidad íntima de despegar, de sentirnos elevados sobre la oscuridad pegajosa con la que se tejen las normas de lo correcto y de lo confortable. Y quizá también lo hagamos para que no nos pasen al grupo de los mayores. 

En aquellos tiempos, no se bajaba uno del árbol ni aunque avisasen para merendar. Allí arriba no había necesidad de golosinas ni de ninguna otra cosa, sabedores nosotros de que por las ramas por las que nos andábamos abundaban los frutos y las bayas, si bien las más de las veces en su forma imaginaria.

Luis Díaz Feria, Casa de árbol


De todos los árboles del huerto los que crecían junto a las tapias vecinas eran los más deseados. En virtud de una ley irrevocable se tenía derecho sobre la fruta que crecía sobrepasando el muro, que, dicho sea de paso, solía estar más rica que la de este lado. Así aprendimos, sin llegar jamás a verlo ni conocerlo, que el vecino del fondo era un ser taimado y egoísta. A partir del segundo verano de nuestra etapa arborícola, todos los años sin excepción, al llegar las vacaciones las ramas de sus árboles habían sido recortadas exactamente a plomo con la vertical de la linde. Un trabajo minucioso y concienzudo que no dejaba ni una mísera ramita colgando de nuestro lado.


Se hizo necesario, en consecuencia, recurrir a una segunda norma irrevocable que sólo aplicábamos a la finca del norte: también se tenía derecho sobre la fruta vecina a la que se pudiese llegar con una escoba y el recogedor. La verdad es tampoco duró mucho este nuevo estatus fronterizo. A instancias enfurecidas del vecino horticultor, el abuelo abolió la ley de la escoba, y en cierto modo y sin querer abolió también nuestra desinhibida niñez solidaria. No fue sólo el episodio de la escoba, claro, aquello coincidió sobre todo con que nuestras piernas crecían y un nuevo mundo de hormonas se estaba implantando a ras de tierra.


Luis Díaz Feria, Casa de árbol
 
Los enormes árboles en los que sucedían aventuras cada tarde de verano de pronto se volvían diminutos en proporción a nuestros cuerpos. Por un lado resultaban más fáciles de trepar, pero en cambio no había mucho espacio donde acomodarse un rato. Aunque entonces no lo sabía, esta última constatación de carácter funcional condujo mis pasos hacia la carrera de arquitectura, en la que esperaba armarme con la técnica y la inspiración para llegar a ser un maestro en la construcción de aquellas formidables mansiones arbóreas que salían en las películas de Tarzán.

Como ya habrán imaginado, el currículo universitario se orientaba en otras direcciones, con lo que después de una pila de años ejerciendo, este es el día en que aún no me he estrenado como autor de una sola casa de árbol.



[Inciso: si están pensando en hacerse una casita en el árbol del jardín –o del jardín vecino, ya ven que no es cosa de escrúpulos tontos— por favor no duden en contactar con un servidor].

Luis Díaz Feria, Director de orquesta


Llegados a este punto en el que me ha enredado Carmen, habitual autora de estas páginas, le devuelvo la pelota con un reto relacionado con las casas de árbol. Pregunto desde la ignorancia, ¿quién ha pintado o quién pinta desde lo alto de un árbol, desde ese preciso y precioso punto de vista? 

 

 

miércoles, 25 de enero de 2017

Vanidades, por Daniel Ferrando Colom





Carmen se ha dejado la puerta entreabierta. Me cuelo como un gato curiosón y envanecido.



Marc Chagall, El gato y los dos gorriones

Dice Fernando Lázaro que el canónigo Artero, que así se apellidaba, acudió a un convento de Alba. Indagaba las causas de unos estigmas sangrantes que presentaba una monja. Llegado allí, reunió a la comunidad y, con párvula inocencia, preguntó: “Veamos, hermanas, ¿quién es la santita?”. Una voz sumisa brotó del grupo: “Una servidora”.


Fernando Botero, Santa Rosa de Lima


Viene esto a que una niña, también quiso ser santa, a su estilo y condición. “Eso no puede ser bueno, mujer”, comentaban en casa. Sentó cabeza y se dejó llevar por la molicie. Aun así, de mayorcita, cuando amisté con ella, ambicionó evocar milagros ajenos. Viajando por geografías italianas y francesas, se expresaba siempre en valenciano. Y la entendían. Era un prodigio, una emulación del mismísimo san Vicente. Tal cual. Filólogos hay que hablarían de un continuo dialectal. Pero eso es prosaísmo: desarreglo de legos.



Piero della Francesca, Reverso del díptico del duque de Urbino
  
Yo nunca he sabido hacer milagros. Así me va. De niño participé en un desfile procesional de uno de los santos Vicentes. No sé muy bien de cuál. Ahí puse mis méritos y mi empeño. Me encantó llevar una banderita. La meneaba con garbo. Eso no era milagroso. No pongo la foto porque se me suben los colores. Os sirve otra de unos niños a los que no conozco de nada.


Niños vestidos para una procesión. Fecha indeterminada. Comunidad valenciana, arte y memoria

Me fascinan las transformaciones. Eso sí: sobre el papel. Caen unos mundos y se levantan otros. Cuando Roma hizo agua se resintieron hasta los acueductos. “Esto ya no es lo que era”, se decían ante la mirada sagaz de los invasores. ¿Quién no ha sentido el vértigo en la resquebrajadura? Hemos vivido otros cambios, algunos esperados: se hizo humo la dictadura, cayó el Muro… Sin embargo, nada hacía pensar en la desaparición de la Ruta del bakalao: hasta los bailongos se desvanecieron. Tras eso, la nada. 


Moebius, El garaje hermético

En otras músicas pensaba Vicente Ferrer, el santo, cuando percibía que su cosmos medieval se iba al garete. Es la voz de la crisis de ese espíritu. Algo así como un Sinatra bajomedieval. My way canturreaba, pero en valenciano. Y lo entendían por doquier. Quizá por eso milagreó tanto, que no se recordaba nada igual, oye. De frare Vicent como taumaturgo hay mucho escrito. En su ciudad natal, los niños representan sus milagros. Teatro infantil, en suma, tan seriecitos ellos: deliciosamente mejorable. Ahí está el quid, en la representación. Frare Vicent era muy teatrero. Domina los recursos de un buen predicador: trabaja la gestualidad y la voz, se dirige con sencillez a su auditorio, tutea, usa onomatopeyas y explica lo complejo. Acabamos ahítos de esto en cada campaña electoral. Nos sofríen la testa con sus sermones laicos. Imitan las prédicas y se las dan de innovadores... e innovadoras.


Miracles de sant Vicent Ferrer. El Pilar

Ferrer representa en sus sermones la llegada del Anticristo, la inminencia del fin del mundo, la relajación de la sociedad. Tal como ahora: o yo o el caos. La gente se entusiasma, vibra con sus predicaciones. Reincide en el tema de san Jorge y el dragón. Varía la leyenda a su antojo: en unos casos lo alancea a caballo, en otros, a pie, como si presintiera la evolución taurómaca del XVIII. Dramatiza Ferrer: Via a Infern!: Xof, en les calderes. A ese reclamo vehemente responde el auditorio con fervor y contagio. Huelen el guisopo. De esas exaltaciones dan fe los asistentes. Ferrer no escribe los sermones. Se lanza al ruedo y se las compone. Caben interpretaciones varias. ¿Qué ha dicho? No lo sé. Yo he entendido esto…   


Sandro Botticelli, Mapa del infierno

Fascina en frare Vicent cómo domina la comunicación. Sus prédicas arrebatan. Ahí es sublime. Pero lo que encandila a los más es su milagrería. Por el número de prodigios se encarama en el podio. Dicen que queda subcampeón. Se comunica en su idioma incluso en regiones de hablas no románicas: sua valentina ac materna lingua fuerit semper locutus. Hay conversiones sonadas, como la de  un alfaquí. Causa asombro. En tierras aragonesas, judíos y moros están obligados a asistir al sermón. Una amiga turolense me asegura que en su tierra apedrearon al dominico. Los maños tienen su aquel. Y si son de Teruel, su este. Frare Vicent se marchó mosqueado.


Alfaquí. Miniatura abasí

Lo representan con frecuencia con el índice alzado, como una deixis celestial, ostensiva. No diu Virgilium, ne Ovidium, sed Evangelium, car les doctrines poeticals no salven les ànimes. Tampoco el Dante ni Aristóteles se salvan de la quema.


Pompeya. Fresco. Caída de Ícaro

Henri Matisse, Ícaro

William-Adolphe Bouguereau, Dante y Virgilio en el infierno


Convence a la gente. De eso se trata. Imaginaos la escena: diez mil personas siguen a un predicador, de una ciudad a otra. No es moco de pavo. Incluso actualmente ese gentío que lo acompañaba sería un espectáculo. Las televisiones harían cola.


Ambrogio Lorenzetti, Los efectos del buen gobierno en la ciudad
Pero frare Vicent es de otra época. Mientras él predica, en Europa se va restaurando el culto hacia los clásicos. El Renacimiento ajirona el suelo medieval. Debajo está la piedra labrada.


Sandro Botticelli, Retrato póstumo de Simoneta Vespucci

Si Ferrer representa el anochecer del pensamiento medieval, Eiximenis es su culminación. Atrás queda el inalcanzable genio de Llull. Es punto y aparte. Aun así, la prosa del gerundense es excelente, cuidadísima. La mejor de la época.


Miniatura del Terç de Lo crestià, de Francesc Eiximenis

Cresques Abraham, Mapamundi

El valenciano, en cambio, no es literato, sino orador, predicador. A cada cual lo suyo.

Admiramos la prosa de Francesc Eiximenis,  su pericia narrativa y la claridad de sus diálogos. El franciscano retrata la sociedad que ve, con la pasión de un crédulo, con la ingenuidad de quien acepta lo inverosímil, con la ironía de quien observa y desmigaja comportamientos.


Catedral de Teruel. Pintores

Giotto, San Francisco predicando a los pájaros

Huele a medieval en su crítica desmedida. Ahora bien, preconiza una sociedad burguesa y una economía de rasgos precapitalistas, valora a los mercaderes y defiende la vida urbana. Detesta al campesino. Lo tilda de bestia, loco, malicioso, egoísta, desagradecido, gritón, orgulloso, presuntuosos, avaro… No se queda corto. Si además se trata de un eclesiástico, el vituperio clama a los cielos.


Miniatura medieval: el arado

Tiene ideas chocantes. Censura que los cristianos se cambien de vestidos. Los sarracenos no lo hacen. Ni ellos ni ellas. Es una moda funesta de allende los Pirineos. Los cristianos se tornan pisaverdes, rellenan pecho y espalda con algodones, enseñan muslo y  “partes vergonzosas”.


Maestro de Miraflores, Decapitación de san Juan Bautista (detalle)

¿Y ellas? ¡El acabose! Balconean para que las miren, se perfuman, coquetean… Todo viene de fuera y acabará mal. Que yo os lo digo.


Dama y unicornio. Tapiz flamenco del XV


¿Cómo se diferencia el sexo de un recién nacido? Es fácil: por el primer sonido que emiten cuando lloran. Las niñas lloran con la E de Eva, mientras que los niños lo hacen con la A de Adán. En la próxima ocasión estaremos al loro.


Escena de parto. Herbario. Sur de Italia. Siglo XIII

En Las Baleares y al sur del Xúquer hay un reducto labiodental: pronuncian la uve como en francés o en gran parte de Italia. Son algo así como la mesnada de Asterix frente a la apisonadora del betacismo, de los que no diferencian entre bilabial y labiodental. Las mayorías, como suele ocurrir, hablan de artificio. Están locos estos romanos. Frare Francesc muestra que el betacismo no estaba tan extendido como ahora. Estamos en el siglo XIV, junto al Mediterráneo. Nos dice que quien haya bebido si quiere decir veure dirà beure. Ergo diferenciaba la labiodental. 


Sirena en el Hortus salutatis
   
Marc Chagall, Arcángel Gabriel
Lo Chrestià es una magna obra. Pero Eiximenis también escribió un tratado de angelología, muy llano, muy clarito, como le gustaba expresarse. Tuvo difusión: un best seller sobre ángeles. Casi nada. Ofrece etimologías curiosas. Por lo que se ve, woman procede de woe man. Esto es: en inglés la mujer es “dolor de hombre”. La idea no es suya, que la copió. Fue llamado a capítulo por el rey Juan I. No por ese tema, que al monarca se la traería sin cuidado, sino porque leyó en los astros que antes de finalizar el siglo habrían desaparecido todas las casas reales cristianas salvo la francesa. Eso, claro está, no le gustó al rey y tuvieron unas palabritas. Frare Francesc cambió de parecer. Se le fundieron las alas.


Marc Chagall, La caída del ángel


Corría el año 1387 cuando vio que una muchedumbre vociferante seguía a Vicente Ferrer. Frare Vicent, qué fa la bufa?, le espetó. Las lenguas dicen que el dominico contestó que la vanidad no se detenía, sino que iba y venía. La ciudad recibía con embeleso al predicador. A más de uno no le gustó. ¿Vanidades o envidias?


Moebius, Arzak


El hecho es que el Renacimiento llamaba a la puerta. El aporreador fue Bernat Metge, que admiraba a Ovidio. Más bajito tocó Antonio Canals: este era fraile, pero de otra mirada.


Apolo y Dafne
Joachim Patinir, Las tentaciones de san Antonio

Al pasar la meseta, allá por Finisterre, nos encontramos con Rodríguez del Padrón, un gallego que se hizo franciscano por despecho de amores. Al hábito se llega de distintas maneras. Era poeta, pero de formas viejas, de esas gallegoportuguesas. Escribió El triunfo de las donas, una respuesta contundente al antifeminismo literario del momento, y una novelilla inconexa: El siervo libre de amor. Aquí el paisaje adquiere valor: no hay quimera, sino memoria. Es real y reconocible. En nuestras literaturas últimas no se recordaba algo así. Al fondo de la tabla ya se ve el arbolado. Parece una descripción de un lienzo de Patinir. Las dimensiones están hechas a la medida del hombre when the times there are a changin. El Humanismo está ahí.


Joachim Patinir, Caronte atravesando la laguna Estigia