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domingo, 11 de enero de 2015

¿Cuánto miedo cabe en una casa de muñecas? (1)




Eso se lo tendríamos que preguntar a Montague Rhodes James, excelente autor de relatos de terror y erudito que pasó casi toda su vida en el King's College de Cambridge.


Montague Rhodes James (1862-1936)

King's College, Cambridge

Jacques Tourneur, Night of the Demon, 1957

En varios de sus relatos, James muestra interés por diversos espectáculos y entretenimientos de carácter óptico. En El maleficio de las runas (Casting the Runes, 1911), describe una poco edificante sesión de linterna mágica ofrecida a los niños de una escuela. El lobo que aparece en su versión de Caperucita Roja era “tan pavoroso que hubo que llevarse a varios de los niños más pequeños”. 

Poco a poco, el espectáculo se torna más horrible. Una de las escenas presenta una imagen del propio parque del linternista, por donde pasea un niño, al atardecer: el pequeño es acechado, perseguido y atrapado, “para destrozarlo o matarlo de algún modo”, por una “horrenda criatura vestida de blanco, que primero se escurría entre los árboles y gradualmente aparecía con mayor nitidez”, en un movimiento característico de las proyecciones de la linterna mágica. 

Obligado a concluir la exhibición, mostró una imagen muy próxima a las que ofrecía la fantasmagoría, en la que “bullía un amasijo de serpientes, ciempiés y repugnantes criaturas aladas” que parecían salir de la pantalla “para abatirse sobre la audiencia, mientras se oía un seco susurro que poco a poco enloquecía a los niños, quienes, por supuesto, salieron corriendo precipitadamente”. En 1957, Jacques Tourneur rodó la adaptación cinematográfica de este relato, con el título de Night of the Demon.


Jacques Tourneur, Night of the Demon, 1957

En Historia de una aparición y una desaparición (The Story of a Disappearance and an Appearance, 1913), James pone en escena a unos títeres especialmente sangrientos. El espectáculo deriva, en un determinado momento, hacia el teatro pintoresco-mecánico, heredero del eidophusikon de Philippe Jacques de Loutherbourg, con su movimiento y sus cambios de luz.



Philippe Jacques de Loutherbourg, Eidophusikon, 1781

En el teatrito de títeres del relato, “el decorado que había detrás de Punch se fue iluminando y apareció, no la fachada de siempre, sino algo más ambicioso; una pequeña arboleda, y la suave pendiente de una colina con una luna asombrosamente natural —yo diría incluso real—, brillando sobre el paisaje. Poco a poco, fue apareciendo algo que no tardó en definirse como una figura humana”.



En La residencia de Whitminster (The Residence at Whitminster, 1919) pueden verse distintas imágenes en movimiento sobre una pequeña placa de cristal. Panorama desde la colina (A View From a Hill, 1925) alude, directamente, al espectáculo del panorama, patentado por Robert Barker en 1787: en el relato de James juegan un papel fundamental unos prismáticos, del mismo modo que, para contemplar las enormes pinturas de los panoramas, los espectadores hacían uso de catalejos, algo que Eric Rohmer recogerá en su película La inglesa y el duque.

Johann Michael Sattler, Panorama de Salzburgo¸ 1829

Éric Rohmer, La inglesa y el duque, 2001

Os preguntaréis qué tiene que ver todo esto con las casas de muñecas. No os impacientéis, porque estamos a punto de entrar en una de ellas. El miércoles, la casa de muñecas nos abrirá sus puertas.


Casa de muñecas de la familia Bäumler, Germanisches Nationalmuseum, Nuremberg, 1650-1700 c.




sábado, 30 de agosto de 2014

No solo Frankenstein


La ciencia, la técnica y la industria suscitan, ya desde finales del siglo XVIII, una doble corriente de fascinación y horror. Todos recordamos a Frankenstein, nacido en una época en la que los llamados "resurrectores" roban cadáveres para abastecer los anfiteatros médicos y las mesas de los cirujanos. Pero no se trata solo de Frankenstein, ni tampoco tan solo de horror. Los avances científicos y técnicos cautivan: constantemente se habla de ellos en periódicos y revistas; acceden a los escenarios teatrales; nutren espectáculos y entretenimientos de todo tipo; se divulgan a través de ilustraciones y de vistas ópticas... Y, sin embargo, el horror está ahí, a la vuelta de la esquina.


Hablaremos de la ciencia en otras ocasiones. Veamos, ahora, qué sucede con la industria. ¿Recordáis el paisaje de Coalbrookdale que vimos al hablar de Louthenbourg y el eidophusikon?


Parece un incendio, ¿verdad? En realidad, representa una industria siderúrgica. Existen muchas otras imágenes similares. Aquí vemos, por ejemplo, una vista de los altos hornos de Lymington realizada por Thomas Allom, un artista relacionado, como tantos otros, con los espectáculos ópticos:


Ya comentamos que las representaciones de la minería, la industria, la técnica o la maquinaria suelen ir asociadas, en el teatro, con accidentes; del mismo modo, en la pintura se asocian las imágenes del infierno con las escenas industriales y mineras, como vemos en El gran día de su ira (Tate Gallery, 1851-53), de John Martin, otro artista vinculado con cosmoramas y dioramas.


La naciente industrialización devora hombres, paisajes, modos de vida. Los niños trabajan en fábricas, talleres, fundiciones, minas; las mujeres también realizan trabajos muy duros, en penosas condiciones. El infierno no está lejos. El arte y la literatura nos lo recuerdan.


sábado, 23 de agosto de 2014

Un pequeño mundo en el que cabía de todo



Cuando digo "todo", me refiero a tempestades, amaneceres, incendios y naufragios, encerrados en un escenario de, aproximadamente, dos metros y medio de profundidad por un metro ochenta de altura. Hablo del eidophusikon, un teatro mecánico inventado en 1781 por el escenógrafo Philippe Jacques de Loutherbourg.


A través de los cambios en la iluminación y de una serie de mecanismos, este pequeño teatro recreaba fenómenos naturales en movimiento. No faltaban los efectos sonoros, como en el teatro grande, reproducidos a través de máquinas que imitaban el sonido del trueno, de la lluvia, del viento.



El dinamismo de la naturaleza, característico del eidophusikon, se plasma también en los cuadros realizados por Loutherbourg, un artista que ejerció gran influencia sobre Turner, siempre atento a la representación del movimiento y de los cambiantes efectos atmosféricos. 

Philip Jacques de Loutherbourg, Coalbrookdale por la noche (1801). Museo de la Ciencia, Londres

Joseph Mallord William Turner, Incendio del Parlamento (1834-35). Museum of Art, Philadelphia


 
Turner adquirió gran número de dibujos de Loutherbourg, y se cuenta que la mujer de este se alarmaba, cada vez que el pintor inglés entraba en su casa, porque temía que se apropiase de técnicas, ideas y secretos artísticos de su esposo. Cosas de artistas. En este caso, de dos grandes artistas.