A veces, nos indica John Berger, columbramos “otro orden visible que se cruza con el nuestro y no tiene nada que ver con él”. El orden visible “al que estamos acostumbrados no es el único: coexiste con otros”. Los niños y los animales son expertos en percibir esas fronteras. A los niños “les gusta esconderse detrás de las cosas, y desde allí descubren los intersticios existentes entre las diferentes gamas de lo visible”. Los animales los reconocen a través de la vista, del oído, del olfato, del propio movimiento de su cuerpo.
En
ocasiones, es como si fuéramos “capaces de ver entre dos fotogramas y
nos topáramos con algo que no estaba destinado a nosotros.Puede que estuviera destinado a las aves nocturnas, a los renos, a
los hurones, a las anguilas, a las ballenas…”.
En
esos momentos, “el orden humano”, que siempre está a la vista, “ha dejado de
ocupar un lugar central y se aleja sigilosamente. Los intersticios están
abiertos”.
Por
un instante.
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“De repente percibe que hay diferentes maneras de mirar. Con una solo se ven objetos, cosas útiles para la persona, concretas e inofensivas, y enseguida se sabe para qué sirven y cómo utilizarlas. Pero también existe una manera de mirar panorámica, generalizadora, gracias a la cual se descubren vínculos entre los objetos, su red de reflejos. Las cosas dejan de ser cosas, el hecho de que sirvan para algo es irrelevante, mera apariencia. Se convierten en señales, indican algo que no aparece en la fotografía, remiten más allá del marco de la instantánea. Hay que concentrarse mucho para mantener esa mirada, que en esencia es un don, un estado de gracia”.
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“Hay tierra y agua, luz del sol, paisaje y vegetación, y hay
objetos creados por el hombre –como
máquinas, utensilios o instrumentos musicales- que son lo que son, que
no son portadores de ningún mensaje artificial y cuya presencia es obvia”, nos
cuenta Peter Zumthor. El objeto “simplemente
está ahí” y lo podemos percibir de una manera “tranquila, sin prejuicios, sin
afán de posesión”. Vemos y algo aflora: un atisbo del “mundo en su totalidad,
pues allí no hay nada que no pueda entenderse”.
“En las cosas corrientes de la vida cotidiana reside una
fuerza especial, nos parecen decir los cuadros de Edward Hopper –concluye
Zumthor-. Solo hay que mirarlas el tiempo suficiente para verlas”.
Pienso entonces en Pallasmaa cuando contrapone la visión enfocada con la visión periférica desenfocada: “la visión enfocada nos enfrenta con el mundo
mientras que la periférica nos envuelve en la carne del mundo”. Imagino que combinamos ambas formas de ver y,
sobre todo, que vemos con todos nuestros sentidos: si solo la vista viese, qué
ceguera. En cualquier caso, sigo sin tener claro si entrevemos con más facilidad ese “otro orden visible que se cruza con el nuestro" cuando nuestra mirada se distrae o cuando está atenta. Es posible que suceda de ambos modos. El caso es que sucede, aunque no sepamos muy bien cómo.
Meconmueve la belleza de este planeta y sus criaturas.
George Shiras III (1859-1942).
En la fotografía le vemos con su asistente, John Hammer, en el lago Whitefish, en 1893:
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Esta fotografía de Christophe Jacrot me recuerda la atmósfera de las imágenes de George Shiras III:
Christophe Jacrot, Islas Faroe
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"Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine. Hay una belleza tan simbólica como real en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de la yema preparada para la primavera”.
Otto Pettersson le dijo a su hijo: «lo que me sostendrá en mis últimos momentos es una infinita curiosidad por lo que sigue» (Rachel Carson).
Hoy me he propuesto destilar imágenes. Voy a mezclar las esencias más luminosas para que te huelan a colores; quiero descubrirte la magia de las formas y las texturas que he fijado con mis ojos para dejarlas impresas en este espacio. Y además, procuraré que sean mágicas. Podrás sentir su olor, sí, porque las fotos huelen ¿no lo sabías? Huelen como las flores de las calas recién abiertas, uhm…como las varitas de incienso abrazadas a la cerilla, y ese fósforo crispando, chisporroteando… Ese humo que sale y que se mezcla en segundos, minutos; tiempos que son formas, tiempos que son imágenes... “Abradacadabra”, “Hocus Pocus” (Hoc est corpus meum) En ellas se encierran mis emociones que pasarán a ser las tuyas cuando quieras y así lo desees.Cuando prenda esa magia en la imagen, dejará ver lo que fue y no es ahora. La magia del ojo que todo lo ve y lo sabe, el que te engaña con la sonrisa puesta, el ojo que selecciona y te deja solo, sola, para que hables y escuches por las esquinas de los poetas.
Chimenea
La imagen tiene una historia que contar. Comienza en una onda que se percibe y se encuadra. Es chimenea. Es como la semilla de nuez; está en un interior vacío y arrugado para luego sacar esa voluminosa forma, la del tallo, la de raíz y la de la hoja. Cada fotograma de humo es como capullo de amapola cerrado, verde y peloso que se va transformando en una suave y sedosa textura roja. Nada es lo que fue y lo que ahora parece, pero es su germen, es el esbozo que da un principio, es el capricho del ojo que todo lo ve. Porque las formas no permanecen, cambian; son realidades innegables aristotélicas y no son apreciaciones vagas.
Los sonidos en la imagen también se pueden escuchar, su oír es hueco al principio pero siempre pasa; no es vacío, porque las fotos que se oyen también se pueden leer. Hay textos, párrafos y palabras que resuenan en la imagen y se difunden en contenidos y causas.
Las fotografías son la expresión familiar de las cosas. Hay en ellas emociones, sensaciones que solo el ojo del artista impulsa a dilucidar. Los encuadres no se aprenden, son innatos al artista. Luego viene la sensibilidad observada, intuida, aprendida, para variar la imagen según velocidad y luz; son momentos de apertura como pétalos de amapola. También tendrá un tiempo y se le ofrecerá un espacio propio en la eterna profundidad de campo. Técnica que se aprende; parámetros que se ajustan para recrearlos en la imagen.
Con la fotografía los presentimientos ocurren, los sentidos se armonizan y los colores llenan los espacios. La fotografía es indomable, en un intento de congelarla ella traspasa el tiempo.
Las imágenes capturadas son anhelos de instantes con rigor de márgenes. Las imágenes te arrebatan los sentidos y te ambicionan las palabras.
Quijote
Y ahora el experimento de lo que el habla me permite decir, que por decir no basta. Es el momento para crear la magia. Encendamos el alambique y añadamos el agua; agua para la vida de ese alma robada. Por momentos aparecerá humo, pero no es un humo forzado, tampoco cortina de humo que oculta verdad, ni una señal o mensaje. El humo no mata, no es prisión, es un halo invisible, que no se disipa, que quedará primero disperso y luego se irá definiendo en figuras. El humo es origen.
Atalaya
Ese quijote que sale goloso y dormido, que sigue soñando con gigantes; pero no son ellos, es torre y no molinos. Ahora desaparece enfadado. Son huellas que deja, como diminutas pisadas en la dorada arena, tal vez un rastro insinuado para que le sigamos.
Torre incienso
Amarillo polvo que se espesa de nuevo en bruma; y lo que ves no es humo en los tejados, es nube. Una nube prisionera en la noche que se va deslizando entre la chimenea para pasarle adentro, para transformarse de nuevo en humo.
Chimeneas
Pero subamos por esta escalera que se despliega, tal vez para volver de nuevo a la torre y salir a su almena corrida. Esta vez subiremos aún más alto: a las estrellas.
Escalera de agua
Cogeremos esta vía láctea que nos enmarca la vista. Se ve perderse en el infinito hacia Orión, el cazador, tal vez para liberar a Andrómeda… pero no nos perdamos con él ahora, volvamos de nuevo.
Vía Láctea
Ahí viene el dragón verde envuelto en su propia lengua, viene encogido de brazos; tal vez porque el pobre ha cambiado el fuego por agua. Es un dragón acuático, un basilisco, que resopla gotas desde abajo ¿o es desde arriba?
Viento agua
Agua gota
Si seguimos arriba, volemos entonces agarrados a las aspas del molino que levanta el viento, que levanta niebla. Atrae también al humo ya ese pájaro que acopla su pico en el ala, que parece dormir. So pena que pueda estar herido, o ¿es que padece vergüenza de ave?
Cisne azul
Cisne
Pato feo azul procedente de la isla de los maoríes, el que se convertirá en un precioso cisne blanco que se mece en un azul de lago, o se transformará en una gaviota blanca en azul de cielo, o de océano…
Raíles mar
Escaleras también bajan al mar, al arrecife de las Sirenas, adentrándose en las profundidades, una invitación, ¡espera que bajo!
Abraza gato araña
Pero alguien me agarra por la espalda, tal vez para que no me caiga; parecen manos y me zarandean casi me arañan, y ahora me dicen que estoy soñando, no, ¡pero si es mi gato Simba! con sus ojos verdes, ahí está tumbado sobre las redes azules. Marino que es él que no hay malla que se le resista, ni pez en la orilla.
Gato
Y ahora, para terminar, te invito a un helado por si algún humo se me ha subido a la cabeza.
Pincel
Te ofrezco un cucurucho de nata o zarzamora para pasar estas noches calurosas de verano que hasta la luna se sonroja por el sopor. Esencia de Verbena para esas noches mágicas que producen espejismos en el aire y se dejan sentir en estas vibraciones que son ondas; ilusiones que se desesperezan, que evolucionan del humo a la imagen con sinfonías de colores y formas.
Luna tejados
Para darle fin a este encuentro y agradecerte mi paso por aquí (que ya ves qué a gusto me he quedado) Carmen, te dejo este humo que no es otro que “Sfumato”, aura gris que empieza a vibrar y no precisamente en rostro de Gioconda; y como imaginación no te falta, dime compañera, ¿en qué imagen se convertirá ahora este humo, esta curva? Y tú que le sigues ¿a buscarla le ayudas?
África eres preciosa. Y tocaste
mi alma, y por ti moriría de placer. África eres desierta. Y el retrato de la
pobreza. África eres bonita. Y me continúa latiendo el corazón como si de un
bongó se tratase. África eres cercana. Y mi continente vecino y no te olvidaré
nunca. África eres mágica. Y mi amiga viajera y compañera de mis arriesgadas
aventuras.
(Gabriela Mistral)
Amarula
caminaba cadenciosamente por una serpenteante senda arenosa. Estaba
acostumbrada a recorrer una gran distancia a diario desde la aislada choza
donde vivía con su numerosa familia hasta el poblado en el que una conocida ONG
había construido el rudimentario edificio de hormigón que hacía las veces de
escuela u hospital. Desde muy niña había adquirido el hábito de tomar las cosas
con alegría y por ello rara vez era consciente de vivir bajo circunstancias
difíciles. En África las mujeres poseen esa virtud.
Amaba
tanto o más ir a la escuela y aprender que a sus gentes y su propia tierra. En ella, se sentía segura
pisando un suelo de incertidumbre que variaba a merced de las lluvias, el
viento o la sequía.
Arena entre mis dedos bajo mis
pies de plomo arena voladora arena buena
(Mario Benedetti)
Sabía que al llegar a la
escuela, casi por arte de magia, su horizonte se ampliaba y su espíritu volaba
de árbol en árbol como los calaos de pico amarillo en busca de alimento. Antes
de tomar asiento en el primer banco de madera frente al encerado, depositaba
tímidamente en la mesa de la profesora el collar perfumado de un nenúfar rosa
que había confeccionado durante su larga y solitaria caminata. En África no hay
manzanas que regalar.
Aquel día, de regreso a casa,
Amarula se entretuvo con las acacias. Quería llevar un sonajero para su nuevo
hermano. Con el recién llegado, ya eran ocho miembros y sabía que a su madre
aún le restaban muchos años para seguir pariendo. Ojalá fueran todos niños. En
África, los varones son bien recibidos en las familias, no así las hembras.
Antes de cenar, había que
recoger el reducido rebaño de vacas y cabras, sostén de la familia. Amarula y su hermano
Birogo eran los encargados de reunir los animales y conducirlos al cercado.
Dentro, en la casa, frente al
fuego, esperaba su madre que, con el más pequeño sentado en su regazo, llamó la
atención de Amarula con un ligero movimiento de cabeza. - Tu padre ha concertado hoy tu
matrimonio. Deberás prepararte para ser una buena esposa. A partir de mañana,
ya no irás más a la escuela.
En África, los estudios de las
niñas es asunto prescindible.
Amarula lloró esa noche y
muchas otras hasta que sus ojos perdieron el brillo inocente y la sonrisa se le
desdibujó del rostro. Por primera vez supo reconocer que estaba viviendo una
circunstancia difícil para la que no estaba preparada. Sabía que aquel momento
trascendental para toda mujer africana habría de llegar algún día, pero deseaba
con todas sus fuerzas que fuera muy tarde, después de haber ampliado tanto su
horizonte en la escuela que incluso su imaginación, por sí sola, fuera incapaz
de mostrárselo. Esa era la magia y la
dicha que saboreaba entre las páginas de los libros que leía. En África, las
niñas sueñan con ser esposa y madre.
Mi corazón está dichoso,
mi
corazón echa a volar, cantando,
bajo los árboles de la selva,
la selva nuestro
hogar y nuestra madre.
En mi red he atrapado
un pequeño pájaro.
Mi corazón está
atrapado en esa misma red,
en la red con el pájaro.
(Canción popular pigmea cuando una mujer da a
luz)
Meses después, Amarula se
convirtió en la primera esposa de Juma y tardó poco tiempo en amamantar y mecer
un retoño entre sus brazos.
Ahora, de camino al poblado desde su nuevo hogar, suele confeccionar un collar con un perfumado nenúfar rosa que luego se cuelga sobre el pecho. Ya no tiene a quién regalárselo, pero sabe con certeza que dentro de unos años, enseñará a sus hijos cómo confeccionarlos para que, al llegar a la escuela, lo depositen en la mesa de la profesora. En África, las madres no ofrecen regalos a los maestros. Ellas ya no van a la escuela.
Te dejo con tu vida tu trabajo tu
gente con tus puestas de sol y tus amaneceres sembrando tu confianza te dejo
junto al mundo derrotando imposibles segura sin seguro
(Mario Benedetti)
Cuando muera, no me entierren
bajo los árboles del bosque, le temo a sus espinas. Cuando muera, no me
entierren bajo los árboles del bosque, le temo al agua que gotea. Entiérrenme
bajo los grandes árboles umbrosos del mercado quiero escuchar los tambores
tocando quiero sentir los pies de los que bailan.
(Anónimo)
***
Decir “África” desencadena, de inmediato, la pregunta de “¿qué África?”. ¡Son tantos y tan diferentes sus paisajes, sus gentes, sus lenguas, sus tradiciones! Sea como sea, qué potente es la voz de África, su llamada. Es nuestra madre, la madre de todos: de allí venimos.
Yo nunca he estado en África, pero Carmela sí, y de allí llegó enamorada, con ese entusiasmo suyo, con su mirada inteligente y limpia, con su despierta sensibilidad, para compartir con nosotros el deslumbramiento de su pasión. Ella nos regala este bello texto que ha escrito para nosotros, Amarula, y todas estas fotografías de las que es autora.