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sábado, 20 de febrero de 2016

La desnudez desnuda




Pensaba, estos días, en la dificultad del desnudo para estar desnudo. Pensaba en los ropajes tejidos con historias, excusas, mitos, seducciones, idealidad, lujuria, pedagogía, estructuras de dominio, estudios anatómicos, violencia: tantas máscaras que lo revisten, despojándole de su desnudez, de la pura verdad de ser desnudo.


Marc Chagall, Pareja desnuda

Venus de Willendorf, 20.000-22.000 a.C.

Se trata, al principio, de fertilidad: es decir, de la supervivencia. El cuerpo desnudo pertenece a la magia, a lo sagrado, al ceremonial, a la fiesta. Después, con esos dioses humanos, demasiado humanos, que habitan el Olimpo, el concepto de lo sagrado vira hacia las proporciones, la idealidad, la armonía, la belleza. Una mirada, la clásica, muy diferente a la que vemos –o, por el contrario, apenas vemos- en Mesopotamia o en el mundo mediterráneo oriental.


Tumba de Nebamun, 1400-1350 a.C.

Polícleto, Joven atleta, siglo V a.C.

Sepulcro de Jonás, siglo III

Se habla, a propósito de la actitud negativa hacia el desnudo y de tantas otras cosas, de la tradición judeocristiana. Se habla con desdén, con displicencia, con hostilidad. Pero yo quiero decir que esta herencia, en la que confluyen aportes de las religiones orientales y ecos paganos, y que es traducida por Grecia y por Roma, es decir, por la Antigüedad clásica, es nuestro legado. 

Desde él nos alcanzan también los ecos del bellísimo Cantar de los Cantares, nos llega esa identificación entre belleza física del cuerpo y pureza que plantea el arte paleocristiano -en el que, en contra de las afirmaciones comunes, no se halla ausente por completo la representación del desnudo-, nos llega también el propio concepto carnal del cristianismo, que fundamenta, a pesar de sus contradicciones, el culto a lo sensible: la Encarnación, Dios hecho carne. Nos alcanzan muchos conceptos que, criticados, refutados o transformados desde el interior de esa herencia que es la nuestra y que desde el principio incluye en sí la capacidad de discutirse y negarse a sí misma, conforman nuestro presente.


Adán y Eva, catacumba de San Pedro y Marcelino, Roma, siglo III

También se representan desnudos en el arte islámico. Las pinturas de Qusayr’Amra, por ejemplo, realizadas bajo el mandato del califa omeya Walid I, nos muestran desnudos masculinos, derivados de modelos griegos, y otros, femeninos, más arraigados en tradiciones y estéticas orientales:


Qusayr’Amra, 711-15 c.

Qusayr’Amra, 711-15 c.

Qusayr’Amra, 711-15 c.

No abunda el desnudo en el románico, aunque sigue presente, vinculado a temas religiosos como los de Adán y Eva o la Crucifixión, por ejemplo.


Escena del Génesis, procedente de la iglesia de Santa Cruz de Maderuelo, siglo XII

Capitel del Sátiro, Catedral de Jaca, siglo XII

Durante los siglos del gótico, el desnudo se abre paso no solo en los tradicionales temas religiosos, sino también en los profanos. 


Fernando Gallego, Martirio de Santa Catalina, 1470 c.

Escena en una casa de baños, miniatura del siglo XV

¿Hace falta mencionar la eclosión renacentista, con sus Venus que nacen, con sus Venus que yacen y que son contempladas, con sus Ledas, sus Gracias, sus Juicios de Paris, con sus alegorías, con sus estudios anatómicos de los cuerpos de hombres y de mujeres? Muchos de estos desnudos, famosísimos, acuden en tropel a nuestra memoria, la memoria de los ojos.


Giorgione, Venus dormida¸ 1508-10

Quiero destacar una frase que he escrito: que son contempladas. El desnudo y la perspectiva lineal estructuran las composiciones renacentistas: si la segunda nos remite escenográficamente al ojo del Príncipe, el desnudo contemplado también nos remite a una mirada privilegiada. Esta no es solo la de los personajes que desde el interior de la pintura miran el cuerpo desnudo y con su gesto o su mirada lo muestran a quien observa la obra, sino, sobre todo, la de ese mismo espectador: nosotros, el Príncipe. El cuerpo de Venus se convierte en espectáculo. 


Tiziano, Venus y el organista, 1550 c.

Pero siempre, veis, hay algo que viste al desnudo: mitología, religión, alegoría, anécdota, anatomía, pedagogía, exhibición ante un voyeur implícito y a menudo explícito… El desnudo nunca está desnudo, a solas con su piel, sin máscara, sin artificio, sin coraza, sin exhibición. 


Ignacio Pinazo, Desnudo con espejo

Pierre Bonnard, En el baño

Los desnudos femeninos, a diferencia de los masculinos, suelen ser pasivos: la mujer no hace, solo se muestra. En el arte moderno, comienza a entregarse con más frecuencia a determinadas actividades: el aseo, por ejemplo, desprovisto ya de referencias mitológicas, bíblicas o de cualquier otro tipo. Se trata solo de una mujer cualquiera en el baño: no una diosa, no un personaje literario o histórico, sino solo una mujer en su tranquila cotidianeidad.


Edgar Degas, Muchacha secándose los pies

Pablo Picasso, El tub en la habitación azul, 1901

Pierre Bonnard, Saliendo del baño

El tema de los bañistas al aire libre aparece en la obra de muchísimos artistas, como hemos visto en otras ocasiones.


Edvard Munch, Bañistas, 1904-05

Edvard Munch, Bañistas, 1907-08

Paul Cézanne, Bañistas, 1906
La monumentalidad de algunos desnudos nos remite a las referencias clásicas. 


Édouard Vuillard, Desnudo de espaldas

En otros casos, en cambio, todo se descompone y el cuerpo lacerado nos habla de la destrucción. Ahí se escucha la voz desgarrada de Antonin Artaud: “Pisotead, pues, ese cuerpo vacío, ese cuerpo transparente que ha desafiado lo prohibido”.


Francis Bacon, Desnudo

Ernst Ludwig Kirchner, La modelo negra, 1909

La desnudez desnuda. “¿Puedo escribir sin ser ridículo que parece vestido en su desnudez?”, escribe Michel Tournier en Viernes o los limbos del Pacífico. La misma idea reaparece en Melchor, Gaspar y Baltasar: “Hasta despojado de toda vestidura, lo negro siempre está vestido”. El color oscuro de la piel, el hermoso color negro, sea cual sea su tono, se convierte en ropaje, para el autor francés. Solo lo blanco está desnudo en su absoluta indefensión.


Henri Lebasque, Desnudo tendido, 1928

¿Cuándo es mayor el desamparo que en ese terreno fronterizo de la adolescencia, ese momento en que ya no somos niños, aunque tampoco sabemos lo que somos ni nos reconocemos, cuando nuestro cuerpo se convierte en un desconocido que ansiamos esconder y no sabemos cómo?


Edvard Munch, Pubertad, 1894

Después es, o no es, la reconciliación. Soy esto. Bien, lo soy.

Balthus, Desnudo de perfil, 1973-77

Pablo Picasso, Muchacho

¿Percibís el sosiego de la muchacha de Balthus y el chico de Picasso? Es esa forma de estar, sencillamente estar, esa pura inocencia del cuerpo, sin adorno, ni añadido, ni objetivo, ni defensa ni excusa, lo que me conmueve. Desnudos que lo han perdido todo o a punto están de perderlo: infancia, paraísos, esperanza. O, por el contrario, que jamás los perderán porque los llevan en sí. Como Pedro Salinas escribe: “tu inocencia desnuda”.

Paul Gauguin, Adán y Eva, 1902

La desnudez desnuda requiere mucho valor, o mucho amor, o desesperación: una fuerza que apenas cabe sospechar en su vulnerable fragilidad. Entendéis que hablo del cuerpo: es decir, de mucho más que lo que llamamos cuerpo. Hablo de vivir.

Edvard Munch, Amor y Psiche, 1907

Ansia de irse dejando atrás anécdotas, vestidos, caricias,
de llegar atravesando todo lo que en ti cambia,
a lo desnudo y a lo perdurable.
(Pedro Salinas)