miércoles, 31 de diciembre de 2014

Las horas




En el siglo XIV los relojes mecánicos comienzan a marcar las horas: es a partir de esa fecha cuando empiezan a erigirse relojes en torres de iglesias y lugares públicos.

Reloj astronómico de la catedral de Wells, 1386-92

En muchas ocasiones, los relojes cuentan con autómatas cuya aparición, en momentos determinados del día, es recibida con gran alborozo por los visitantes. Podemos encontrar relojes animados de este tipo en Praga, Berna, Venecia, Berlín, Munich, Burgos, Ciudad Real y muchas otras ciudades.

Torre del Reloj, Berna, 1530

Los relojes, frecuentes en las Vanitas, evocan la fugacidad de la vida y sus afanes.

Antonio de Pereda, Vanitas, Museo Provincial de Bellas Artes, Zaragoza


Durante el siglo XVII fue frecuente la identificación simbólica del mundo como reloj, creado y controlado por el Gran Relojero, esto es, Dios, así como el uso del reloj como emblema del Estado absolutista. ¿Hay mayor poder que el de controlar el tiempo?

Los relojes con autómatas también se ofrecieron como diversión. Hasta el siglo XIX se exhibieron en posadas, fondas y otros lugares públicos como entretenimiento y con objetivos comerciales.


Museo Internacional de Relojes, La Chaux-de-Fonds

Los relojes se hallan presentes también en la pintura, la literatura y el cine. En muchos cuentos y leyendas, marcan el fin del encantamiento:

Edmund Dulac, La Cenicienta, 1910
¿Quién no recuerda el reloj de La máscara de la muerte roja, cuyas campanadas hacían palidecer a los bailarines?


Harry Clarke, La máscara de la muerte roja, Edgar Allan Poe, ilustración de 1919
También nos han inquietado, entre otros, los relojes del Nosferatu de Murnau (1922) y La chute de la maison Usher, de Jean Epstein (1928).

FW Murnau, Nosferatu, 1922

Otros relojes nos han hecho reír, como aquel con el que se enfrenta Harold Lloyd en El hombre mosca:

Fred C. Newmeyer y Sam Taylor, Safety Last! (El hombre mosca), 1923

Algunos relojes nos ayudan a soñar:

Salvador Dalí, La persistencia de la memoria, Museo de Arte Moderno de Nueva York, 1931

La de hoy ha de ser noche de relojes y de campanadas. No os entretengo más, que el tiempo pasa y se acerca ya la Nochevieja.

John Tenniel, Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll, 1865


  

domingo, 28 de diciembre de 2014

No sueñes con volver




Si alguno de vosotros se ve aquejado por el síndrome de “segunda señora de Winters”, lamento comunicarle que, aunque sueñe con volver a Manderley, no podrá hacerlo. Y no porque la imponente mansión pereciese en un incendio, sino porque nunca existió.



Alfred Hitchcock, Rebeca, 1940

Manderley, en realidad, era una maqueta de madera y cartón construida por Albert Maxwell Simpson.

Simpson era un escenógrafo que había pintado telones para espectáculos de varietés y que en 1940, cuando Alfred Hitchcock rodó Rebeca, ya había realizado decorados para películas como El nacimiento de una nación, Los diez mandamientos, King Kong y Lo que el viento se llevó. Más tarde trabajaría, entre muchas otras, en películas como La mujer pantera y Bedlam. Casi nada, ¿verdad?

Si al trabajo de Simpson unimos el de George Barnes, director de fotografía que, precisamente, obtuvo un Óscar por su trabajo en Rebeca; el de Lyle Wheeler, encargado de la dirección artística, y el de Joseph B. Platt, responsable de los diseños de interior, obtenemos… Manderley. 

 
Vista desde el exterior, la mansión, compuesta por la suma de varios cuerpos arquitectónicos, se halla erizada de pináculos, chimeneas, almenas y hastiales. Es una formidable casa de muñecas.


Grandes decorados con fondos pintados y maquetas dan forma a las diversas estancias de Manderley, unas estancias en las que, como en otras grandes mansiones del cine -y también en mansiones auténticas-, confluyen elementos procedentes de los más variados estilos y épocas.

Arcos escarzanos, apuntados, conopiales, tudor, de medio punto y, en general, casi cualquier tipo de arco que podamos imaginar, se despliegan por todo el edificio.






Observamos la misma diversidad en las embocaduras de las chimeneas, de gran aparato y tamaño. Solo una de ellas, la que se halla en el gabinete, muestra un aspecto más discreto.





Sobre la chimenea del comedor vemos una serliana, es decir, un arco entre dintel:



La escalera imperial se adorna con obeliscos, símbolo funerario evocador, como tantos otros que imperan en la casa, de la omnipresente ausente, Rebeca. 



La caja de la escalera está recubierta por grandes paneles escultóricos. Estos están divididos en cuarterones con bustos en clípeos y decoraciones geométricas.




La exuberancia decorativa se plasma también en el gran arco triunfal que cubre uno de los muros del gran salón, un arco con estípites, guirnaldas y hermes.



Las vidrieras, como hemos visto en anteriores imágenes y vemos, asimismo, en el dormitorio de Rebeca, también abundan en la casa, templo consagrado -para desgracia de los señores Winters- a la memoria de la muerta.



La riqueza de las puertas talladas, la abundancia de muebles, tapices, cuadros, jarrones, lámparas y cortinajes convierten a Manderley en una vivienda que fácilmente puede habitar la imaginación. Solo la imaginación. Y el fantasma de Rebeca.



viernes, 26 de diciembre de 2014

Fragmentos de una magia


Aquí vemos una serie de detalles pertenecientes a tres cuadros del mismo artista. ¿Quién es este artista?






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El artista es Johannes Vermeer van Delft (Jan ver Meer). Los fragmentos pertenecen a tres obras del mismo período, 1657-1660:

Mujer sentada,  Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1657 c.

La lechera, Rijksmuseum, Ámsterdam, 1658 c.

La callejuela,  Rijksmuseum, Amsterdam 1657-58


¿No os parece que la de Vermeer es una magia auténtica?



miércoles, 24 de diciembre de 2014

Esa gente extraña




Los bestiarios medievales nos proporcionan grandes alegrías. ¡Son tan bellas e imaginativas las criaturas que los habitan! Animales, en muchos casos, pero también seres híbridos en los que se entrevera lo humano y lo animal. 

Mantícora, Bestiario de Rochester, British Library

Sirenas y centauros, procedentes de la mitología griega, se despliegan por capiteles y miniaturas medievales, mientras los sátiros prestan al diablo cristiano sus cuernos y sus patas de cabra.

Sirena y centauro, bestiario medieval

Sátiro, mosaico bizantino de la Basílica oriental, Gaser Líbia, s. V

Marco Polo y John Mandeville, en sus libros de maravillas y viajes, nos presentan a criaturas tan fabulosas como los blemias, acéfalos y con los ojos en el pecho, los cíclopes, con un solo ojo, y los esciápodos, que se protegen del sol con su único y gran pie.

Blemia, cíclope y esciápodo
También nos dan a conocer a los cinocéfalos, con sus cabezas de canes:

Cinocéfalos

Un caso curioso es el de algunas representaciones de San Cristóbal con cabeza de perro, en iconos de la iglesia ortodoxa:

San Cristóbal

La bellísima portada de la basílica de Santa Magdalena de Vézelay, todo vibración y movimiento, resuelta con el estilo caligráfico de las pinturas y miniaturas que es propio de Borgoña, nos ofrece más ejemplos de estos pueblos quiméricos.

Basílica de Santa María Magdalena, Vézelay

Vemos en ella a nuestros conocidos cinocéfalos, a los siameses y a hombres con cabello de fuego:




Hallamos también a los pigmeos, que requieren de una escalera para subir al caballo, y a los fascinantes panocios que, para dormir, se envuelven en sus grandes orejas:



Estas criaturas, sin duda extrañas, no se consideran como monstruos, sino como seres humanos distintos, a quienes también alcanza el mensaje que, en el centro del tímpano, Cristo transmite a sus apóstoles, haciéndoles zozobrar y tambalearse.

Al margen de interpretaciones religiosas, que pertenecen al terreno particular de cada persona, al deleite suscitado por la ejecución artística se suma un concepto que, para mí, es muy grato: la aceptación, la inclusión de lo distinto. Paz a los hombres con cabeza de perro o con el cabello en llamas, a los que se arropan en sus orejas, a quienes utilizan su pie como sombrilla. Los hombres de buena voluntad.