miércoles, 26 de agosto de 2015

Dejad vivir al Minotauro





Cuando todos duermen, el laberinto se despereza. Lentamente extiende sus músculos, se desenmaraña, se estira, y abre su boca en un enorme bostezo de laberinto. Poco a poco, empieza a moverse: si se halla en el interior de un edificio, se adelgaza y comprime hasta poder deslizarse por la rendija de la puerta; si está al aire libre, serpentea aplastando, a su paso, la hierba. El laberinto se escapa.



Michael Kidd, Perdido en un sueño
Laberinto de Reignac-sur-Indre

Por la mañana, al despertar, descubres que te ha crecido un laberinto dentro de casa. Al verlo, es posible que pienses: “me temo que hoy va a ser un día complicado” y sientas la tentación de volver a meterte en la cama.

Stanley Kubrick, El resplandor, 1980

No, no puedes acostarte de nuevo: es necesario que te adentres en el laberinto.

Stanley Kubrick, El resplandor, 1980

Laberinto en un petroglifo, Rocky Valley, Cornwall, Edad de Bronce

Encerramos en nuestra cabeza, en nuestro vientre, en todo nuestro cuerpo, nuestros propios laberintos. También en nuestra imaginación y, como nos recuerda Pierre Henry, abad de Claraval, todo laberinto encierra un monstruo. Así que, digámoslo de una vez, el laberinto es un autorretrato.

Jeffrey Smart, Laberinto, Samstag Museum of Art, Adelaide, 2011


Hampton Court, 1689-95

¿Qué es el laberinto? ¿Las líneas, los setos o cualquier otro elemento, natural o artificial, que lo delimita, o el espacio, resuelto en quiebros y vericuetos, que contiene? No sé qué pensáis vosotros: para mí, es el espacio. Es, incluso, el movimiento en ese espacio.



Michael Kidd, A la mañana siguiente


El laberinto, en teoría, tiene sus confines. Pero solo en teoría: en realidad, como el arabesco, podría desbordar sus límites, expandirse, crecer de forma indefinida para recubrir todo y convertirlo en laberinto, en arabesco.


Mihrab, Mezquita de los Viernes, Isfahan, 1310

Leonardo da Vinci, Concatenación


Os cuento esto: toda la vida, desde que era niña, he dibujado planos de casas y laberintos. La casa y el laberinto: lo opuesto. Aunque también dibujo islas que son como casas y como laberintos. “La idea de una casa hecha para que la gente se pierda es tal vez más rara que la de un hombre con cabeza de toro”, escribe Jorge Luis Borges. El plano es cerrado, racional; mis laberintos, en cambio -como todos-, se entrelazan, se abren y despliegan en numerosas bifurcaciones que, como el arabesco, podrían extenderse, multiplicando ramales y cabos sueltos, si al fin no los anudase para cerrar el dibujo. De mayor, me sorprendió ver los “nudos” de Leonardo da Vinci, que tanto influyeron en Durero, y cuya relación con los nudos celtas y el mandala saltan a la vista.

Alberto Durero, Nudos

Cruz de Brompton, Irlanda

El laberinto evoca nombres como los de Dédalo, el constructor; el imprudente Ícaro; Teseo, Ariadna y el desdichado Minotauro, cuya única fechoría consistía en zamparse de vez en cuando a catorce jóvenes. ¡Qué festín para la parte humana, carnívora, de aquella criatura híbrida!


Odilon Redon, Ícaro, colección particular


Marc Chagall, La caída de Ícaro, Musée National Art Moderne, Centre Georges Pompidou, 1975

Laberinto, Casa de Teseo, Paphos, Creta, fines siglo III-principios IV


Los laberintos muestran sus vueltas y revueltas en pavimentos romanos, manuscritos, iglesias, catedrales, jardines y decoraciones diversas. Se trata de un camino de iniciación, se trata de la vida, se trata de una aventura en la que es lícito extraviarse.




Laberinto, catedral de Chartres

Laberinto, catedral de Ely


Leonora Carrington, Laberinto, Galería de Arte Mexicano, México D.F., 1991

Pensar en laberintos también nos evoca, inevitablemente, a Piranesi y  Escher:

Giovanni Battista Piranesi, Carceri d’Invenzione, 1745-61

M. C. Escher, Cóncavo y convexo, 1955

Jim Henson, Laberinto, 1986

Pero retomemos el hilo… de Ariadna. Es decir, la racionalidad que alumbra el urbanismo clásico y, a través de diversas expresiones y épocas, llega a nuestros días. Ariadna traza planos de casas, de ciudades, en los que impera la geometría, el orden, la armonía, la proporción. Pero también teje laberintos o, por lo menos, estos se hallan siempre agazapados, a la espera de asaltar ese orden y subvertirlo.

Robert Vickrey, Laberinto, Whitney Museum of American Art, Nueva York, 1951

Place de L’Étoile, París: un urbanismo panóptico

Contra este urbanismo racional y sus direcciones previamente marcadas se alza el deambular al que invitan los viejos núcleos medievales, las juderías, las medinas; contra la mirada global, la mirada que vigila y controla –la mirada del panóptico de Jeremy Bentham, compartida con el espectáculo del panorama y aplicada en cárceles, hospitales, escuelas- se alza la mirada parcial, fragmentaria, que suscita el laberinto. Una mirada que, desde finales del siglo XX, vuelve a reivindicarse.


Judería, Girona

Medina de Fez

Quien conoce el laberinto, halla cobijo y protección en él.


Remedios Varo, Laberinto, Museo de Arte Moderno, México D.F., 1962

“Importa poco no saber orientarse en una ciudad –nos dice Walter Benjamin-. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje”. Cito a menudo esta frase porque es exacta, porque me llena de gozo, porque me gusta perderme en las ciudades y, por supuesto, en los bosques, y porque Benjamin ha sido siempre mi amigo.
Hurtémonos a la mirada que nos controla: aprendamos, de nuevo, a perdernos y hagamos crecer los laberintos. Pero, por favor, dejad vivir al Minotauro.


Pablo Ruiz Picasso, Minotauro herido, Musée Picasso, París, 1936


***

¿Ya está? ¿Hoy no pienso haceros preguntas ni plantear adivinanzas? ¿Cómo que no? Lo que os pido es que traigáis vuestros laberintos: venid con Borges o con quien queráis, traed textos, habladnos de otros laberintos, de lo que significan para vosotros… Tenemos que completar, entre todos, el laberinto de esta entrada. Cuento con vosotros.

Campo: 81, Hyde Park, Sydney, 2013

Pablo Ruiz Picasso, Liberación del Minotauro

Os dejo, mientras tanto, con el Lamento d'Arianna, de Claudio Monteverdi. Todos creen que su tristeza se debía al abandono de Teseo, pero a mí me parece que lloraba por el Minotauro. De todos modos, trocó a un hombre por un dios. Aunque Ariadna siempre supo que podría haber prescindido de ambos, e incluso del Minotauro, porque era ella la que sostenía el hilo. El hilo de la narración.

 



   

32 comentarios:

  1. Hola. asocio el laberinto con el espacio. Me gustaron mucho tus palabras asociadas a todo esa diversidad de laberintos. También asocio el laberinto con la película 'Alicia en el país de las maravillas'. Seguimos en contacto

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    1. Alicia en el país de las maravillas es un puro laberinto.
      ¿Sabías que Lewis Carroll también dibujaba laberintos?:

      http://3.bp.blogspot.com/-Vk0QXU0k39M/UF2inehR3uI/AAAAAAAAJps/Eqvxb0l_1NQ/s1600/carroll-laberinto.jpg

      Un abrazo, Marta, y gracias por traernos un laberinto.

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  2. Muy bonito, interesante e instructivo post. Gracias. Siempre me ha parecido una historia tremenda la de Ariadna y Teseo. Nunca había pensado en el Minotauro. Has hecho que también piense en él y vea esta historia de otro modo. Un Minotauro traicionado y una Ariadna engañada que llora, tal vez, también por ella.

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    1. Bello comentario, Emilio.
      Verás, siempre me cuento historias, y una de ellas es que Ariadna y el Minotauro jugaban juntos, de pequeños, y juntos crecieron, hasta que él comenzó a ser peligroso y le encerraron en el laberinto. Ella era la única que podía encontrarse con él sin temor a que le hiciese daño. Por eso es tan dolorosa la traición que comete Ariadna. Pero no me hagas caso, porque mi imaginación urde fábulas y transforma los mitos.

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  3. "Es necesario tener dentro de sí un poco de caos para poder dar a luz una estrella danzarina" (Nietzsche).

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    1. Hola, Ana. De todos los libros de Nietzsche, creo que Así habló Zaratustra es el que menos me gusta, pero, eso sí, tiene frases que me encantan, como la que citas de forma muy apropiada respecto al tema del laberinto. Aunque, si de caos interior se trata, ¡creo que soy tan caótica que podría alumbrar muchas estrellas! ;)
      Un abrazo y gracias por traer contigo al desdichado amigo Friedrich.

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  4. Qué envidia, a mí nunca me salían bien los laberintos. Aunque se haya interpretado de muy diversas maneras, siempre he pensado que en el laberinto hay una llegada, un centro que el héroe debe alcanzar, Sin embargo no veo a los laberintos expandiéndose. Una espiral se expande, un laberinto cierra. Por otra parte, ¿quién comprende a Teseo?

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    1. Sí, el laberinto se define, en gran medida, por su clausura (¡se trata de encerrar al monstruo!) y, en efecto, hay un centro que el héroe debe alcanzar, pero los héroes, francamente... No sé, llegan tan dispuestos como un fontanero que aparezca preguntando dónde está la fuga: "a ver, señora, ¿dónde está el monstruo que he de matar? Venga, que no tengo todo el día". Casi mejor dejamos fuera al héroe. Aparte, un laberinto con más de un centro es mucho más estimulante, ¿no? Propicia el extravío, y perderse es el mejor modo de hallar.

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    2. Sobre el laberinto expansivo. Dibujo un laberinto, me salgo del papel, sigo trazando más y más ramales sobre la mesa, bajo por una de las patas, dibujo en el suelo, asciendo por las paredes, llego a la puerta, salgo, continúo extendiendo el laberinto por cualquier superficie -suelo, troncos de los árboles, muros, personas- y el laberinto crece y crece.
      Conclusión: si me veis con un lápiz en ristre, poneos a cubierto.

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    3. Lo acepto. Dos centros introducen una indeterminación cuántica que me seduce. La primera vez que estuve en Córdoba me perdí en La Judería y me hice el propósito de salir sin preguntar a nadie. Fue muy instructivo.

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  5. ¡guauuu! que entrada más significativa.
    Me gusta perderme con tus palabras en los laberínticos recovecos de los pasajes. ¡Eso sí! con un hilo de Ariadna que me muestre la salida.

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    1. Bueno, pero si te encuentras con el Minotauro, no lo mates.
      ¿Sabes cómo distraía su soledad en el laberinto? Leyendo libros. Así que tendréis mucho de que hablar.

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  6. Impecable y erudito este post, Carmen, con ejemplos maravillosos en el arte, la mitología y el cine. En éste momento me interesan especialmente los laberintos del pensamiento a los que hizo referencia alguna vez Saramago, y especialmente, los laberintos de la mente y de las enfermedades mentales. Ayer me enteré de que una amiga va a crear una asociación para enfermos de depresión y sus familiares, enfermedad que ella misma ha padecido durante años, y me hablaba de que existe la compasión hacia este tipo de enfermos en el mejor de los casos, pero no la empatía. Generalmente, hablamos desenfadadamente de una tortícolis o un cólico nefrítico, pero no de una esquizofrenia.Seguimos teniendo prejuicios. Los laberintos de la mente aparentemente sin salida.

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    1. ¡Cuánta razón tienes, Pepa! Y también tu amiga: existe la compasión, incluso la comprensión, pero no la empatía. Quizás porque todos sabemos de nuestra fragilidad y, en esos casos, nos asusta ponernos en el lugar del otro, un otro que, ¿por qué no?, algún día podríamos ser nosotros. Tal vez sea ese temor lo que alimenta nuestros prejuicios.
      Y, luego, está la feroz lucidez de la esquizofrenia, que corta como un cuchillo. Pienso ahora en Antonin Artaud.

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  7. Nos haces disfrutar raptando la atención y metiéndola en el laberinto paradójico. El laberinto es para perderse, somos un laberinto de muchos centros (al menos dos en el prejuicioso cerebro con sus circunvalaciones y los arabescos neuronales sembrados de deseos-encrucijadas), somos un laberinto afirmas. Borges en "Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto" hace construir uno en lo alto de un monte, no para perderse en él, sino para que lo encuentren. Yo, estoy perdido en el mío. Gracias.

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    1. ¡Sí, Galefod, un laberinto con distintos centros es mucho más... laberíntico! Nombras a Abenjacán: "me ocultaré en el centro de un laberinto para que su fantasma se pierda". Pero los fantasmas, y también los fantasmas que no lo son, se orientan muy bien en los laberintos.
      Gracias. Venir al laberinto con Borges, que es el otro nombre del Minotauro, es todo un regalo.

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  8. ¡Ummm! no estoy puesta en laberintos. Conozco a Ariadna y compañía, y sé que, en el mundo anglosajón son especialmente queridos, o esa sensación tengo, pero no para mi.
    Eso sí, resultan peligrosamente tentadores y cualquier juego de mesa tiene algo de laberinto, de ir, volver a la casilla de entrada, saltar varias etapas según la suerte que se tenga. Es como una extensión de lo laberíntico que es el cerebro y que Pepa comenta en cuanto a algunas enfermedades mentales.
    Los que conozco y me gustan son los de Escher, pero nunca los relacioné con laberintos si no con lo fácil que parece subir hacia abajo o entrar hacia afuera en la imaginación.
    GRACIAS Carmen, una entrada muy misteriosa

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    1. Exacto, los juegos a los que aludes se plantean como laberintos. El juego de la oca, por ejemplo, aparte de tener un laberinto en una de sus casillas, muestra en su diseño el mismo trazado que podemos ver en los laberintos de Carrington y Varo, por ejemplo.
      Me gusta eso de "subir hacia abajo" y "entrar hacia afuera".
      Así que los laberintos son "peligrosamente tentadores". Venga, Harry, anímate a entrar. Ya sabes que lo mejor de las tentaciones es sucumbir a ellas.

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  9. Maravillosos los laberintos y maravillosa la frase de Walter Benjamin, qué difícil es perderse (saber perderse) en una ciudad. Y qué placentero conseguirlo.
    Un post precioso como todos.
    Un beso.

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    1. ¿Verdad que es una frase preciosa? Imagínate que la primera vez que la leí estaba en clase (como alumna: aún no me había pasado al otro bando ;) ). Acababa de comprar "Infancia en Berlín hacia 1900": abrí el libro, empecé a leer... y, al momento, estaba encaramada a la silla, diciendo: "¡escuchad, escuchad todos!". Leí la frase, lancé una mirada triunfal a mis compañeros... y me quedé perpleja al ver sus caras. "¿Cómo es posible? -les pregunté- ¿No gritáis, no os desmayáis de gozo?". Movieron la cabeza, casi con lástima: "ay, Carmen, Carmen". Ya estaban habituados a mis estallidos de entusiasmo, pero aún no puedo creer que no les arrastrase Walter Benjamin. El profesor se limitó a decir: "muy interesante, pero ¿podría proseguir con la clase?". ¡La clase! ¡En lugar de salir en busca de los bosques!

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  10. Hola Carmen, como siempre es un placer leer cualquiera de tus textos. Este de los laberintos es muy inspirador. Cuando has hablado de dibujar casas y laberintos me ha venido a la cabeza un libro, La casa de hojas, que no se si habrás leído. Su propia lectura ya es laberíntica, aparte del laberinto físico e inimaginable que se esconde dentro de la casa.... Si te apetece algo distinto, echale un ojo, una gran lectura.
    Y si quieres, yo hice una minireseña en mi blog, te dejo el enlace :-)

    https://queglamourhayenesto.wordpress.com/2014/12/09/la-casa-de-hojas/

    Un abrazo!

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    1. No la he leído, Juanan, pero me ha seducido la idea de una casa cuyas dimensiones interiores no coinciden con las exteriores: una casa que, como comentas en tu reseña -estupenda, por cierto-, "crece desde el interior, en la que aparecen puertas donde antes había paredes y pasillos sin fin donde antes había un armario". ¡Es uno de mis temas favoritos, así que me ha encantado! Tengo que hacerme con el libro: estoy dispuesta incluso a portarme bien para que me lo regalen. Muchísimas gracias, Juanan.

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  11. Muy interesante, Carmen. La entrada engloba todo un compendio de conocimientos, geometría, artes...
    Desentrañar laberintos y recorrerlos sin miedo, ese miedo ancestral que pertenece a la humanidad y cuyo origen deviene de los primeros hombres es un legado que debemos afrontar. Si, como en todo laberinto interior, existe un monstruo, fabricado por nosotros mismos, estoy de acuerdo. Es característico de las experiencias de la vida. Incluso podemos llorar por ese monstruo que cobijamos, tal y como expresas acerca de Ariadna cuando lloró por el Minotauro.
    Muy alegórico y, a su vez, realista. Me ha encantado leerte.
    Un beso

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    1. El miedo, sí, ese viejo compañero, como dices.
      El laberinto despierta tantos ecos... Puede concebirse como amenaza -¿detrás de qué recodo nos encontraremos, cara a cara, con el monstruo?- o como refugio habitable -por ejemplo, en el urbanismo laberíntico, que imposibilita el control de esa mirada panóptica de la que hablaba en el texto-.
      También tiene un sentido lúdico: en los laberintos de los parques se desarrollan todas las estrategias de la seducción, de modo que se convierten en algo así como metáforas del amor y el erotismo.
      En fin, el laberinto no deja de proporcionar nuevos significados, muchas veces opuestos entre sí. ¡Porque para eso es un laberinto!
      Un abrazo, Marisa.

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  12. Yo creo que los laberintos exteriores reflejan los interiores. Hay bifurcaciones (dudas) muros infranqueables(tozudez) sendas oscuras, estrechas, anchas y claras etc. En el centro de la psique, un monstruo que visto desde fuera es un mal del que hay que huir, nos lo presentan como amenaza. Una vez dentro si se llega al centro se puede hacer amistad con el monstruo que todos llevamos dentro. De esta forma se llega a la gnosis.
    El laberinto se asemeja a la forma de un cerebro con sus circunvoluciones.
    Me ha encantado tu entrada, por cómo nos vas introduciendo en los laberintos y nos has empujado a mirar con una agradable invitación.
    Un saludo

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    1. A lo mejor lo que llamamos monstruo es lo mejor que tenemos, lo más auténtico. Quién sabe.
      Gracias, Yolanda. Es muy sugerente tu comentario.

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  13. Muy interesante, Carmen. Siempre un placer pasar a visitarte.

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    1. Gracias, Pilar. También es un placer recibir tu visita. Un abrazo.

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  14. Entonces, ¿el laberinto como autorretrato es el propio devenir? Sortearemos las trampas, las raíces mal dispuestas. Tropezaremos y nos levantaremos. Y seguiremos subiendo por las calles empinadas de todos los lugares con ventanas angostas. ¿Hacia dónde nos conduce? ¿Había pasado ya por aquí?

    Es una entrada impresionante.

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  15. Es un símbolo tan poderoso y con tantas interpretaciones... Genial, como siempre.

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