miércoles, 28 de enero de 2015

Cosas raras que hacía la gente




Por ejemplo, asustarse. No me refiero al público de las películas de terror, esos espectadores que se cubren los ojos con las manos y atisban entre los dedos, como quien no quiere ver, sino a los espectadores del panorama, de los cuadros vivos o de los gabinetes de figuras de cera.
Stanley Kubrick, El resplandor, 1980

Autores tan diversos como Henri-Frédéric Amiel,  E.T.A. Hoffmann, Pío Baroja, José Ortega y Gasset y Mario Praz coinciden al señalar la inquietud que suscitan las figuras de cera, al margen de cuál sea su tema. La inmovilidad de las figuras, su palidez, su realismo, logran desasosegar a quien las contempla. “Cuando vemos una figura de cera -escribe Amiel-, sentimos una especie de espanto; esa vida que no se mueve nos da una impresión de muerte, y nos dice: ‘He aquí un fantasma’”.
Luigi Dardani, Francesco Zambeccari, Museo Fortuny, Bolonia, 1750 c.

¿También asustan los cuadros vivos? Según Goethe, sí. Sobre uno de los cuadros vivos representados en la novela Las afinidades electivas escribe lo siguiente: “Las figuras eran tan apropiadas, los colores estaban distribuidos con tal fortuna, la iluminación era tan artística, que realmente parecía aquello otro mundo; salvo que la presencia de lo real, en lugar de la apariencia, producía una especie de sensación de miedo”.

Oscar Gustav Rejlander, Los dos caminos de la vida, 1857
Tal vez no esté de más recordar la inquietud que provocó la Pequeña bailarina de catorce años de Edgar Degas. La escultura, modelada en bronce, estaba recubierta por una capa de cera, para conferirle una apariencia más realista. “El terrible realismo de esta pequeña estatua hace sin duda que la gente se sienta incómoda”, explicó J.K. Huysmans. 
Edgar Degas, Pequeña bailarina de catorce años, Tate Liverpool, 1879–1881
Idénticas sensaciones de incomodidad y temor eran suscitadas por espectáculos visuales como el panorama. Ya hemos visto en anteriores entradas cómo esta enorme pintura envuelve al observador. Lo envuelve y absorbe hasta tal punto que, gracias a la amplitud del paisaje mostrado, a su detallada ejecución y al completo ilusionismo de lo representado, puede sumir en el ensimismamiento a quien lo contempla.
Marquard Wocher, Panorama de Thun, 1809-1814

Algo más inesperado nos resulta el vértigo y mareos que sentían algunas personas ante estas grandes pinturas inmóviles. Johann August Eberhard afirmaba, en 1807, que algunos espectadores llegaban a sentir “un cierto miedo, que al fin se transformaba en vértigo y náusea”.

Eduard Gaertner, Panorama de Berlín, 1833-1838

Parece ser que, precisamente, esa inmovilidad y esa perfecta y minuciosa representación de la naturaleza era lo que, sumado al impresionante silencio, asustaba a algunos espectadores. ¿Por qué no se mueven los personajes que aparecen en los panoramas? ¿Por qué no hacen el menor ruido? No calla la naturaleza, no callan las ciudades ni, por supuesto, la guerra: a pesar de su realismo, el silencio revela que lo que ven y admiran no está vivo. 

Eduard Gaertner, Panorama de Berlín, 1833-1838

Es curioso recordar, en lo relativo a la lectura de las panorámicas urbanas, cómo la capacidad de sugestión ejercida por los panoramas -espectáculo que, en su época, fue enormemente popular, y tan complejo y articulado que resulta comparable con el cine- llegó a hacer creer a algunos espectadores que las personas que aparecían en las calles y parques de las ciudades representadas realmente se movían. Algo semejante se puede afirmar respecto a las vistas que ofrecía el diorama.

Louis-Jacques-Mandé Daguerre, diorama en la iglesia de Bry-sur-Marne, 1842

Esta capacidad alucinatoria, producida por la fuerza de los efectos de realidad puestos en juego, se reprodujo al presentarse por primera vez ante el público el cinematógrafo. Se hablaba, en este caso, de cómo se podía ver el enrojecimiento de una barra de hierro puesta al fuego, lo cual resulta muy significativo, si tenemos en cuenta que esta afirmación se refería a imágenes proyectadas en blanco y negro.

Auguste y Louis Lumière, Los herreros, 1895  

Los espectadores de la época ansiaban la realidad y, sin embargo, cuando se enfrentaban a algo demasiado real, o bien se asustaban o bien se dejaban llevar por la imaginación: la loca de la casa.




12 comentarios:

  1. Sí, cierto es que algunas cosas pueden causarnos impresión

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    1. Las noticias de actualidad, en general...

      Sobre lo que comento en el tema, puedo entender el desagrado ante las figuras de cera, por ejemplo, pero lo que me llama la atención, sobre todo, es ese temor hacia las pinturas del panorama o la incomodidad ante la escultura de Degas. Es extraño, ¿no?

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  2. A mí me da miedo la gente que, sin conocerme de nada, me dice que tenga un buen día. No sé, me inquieta tanta cortesía.

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    1. Se nota que no vives en un pueblo, Alex. Aunque en muchos de ellos también se está perdiendo la costumbre de saludar a todas las personas con las que te cruzas. A mí me hace gracia, me resulta simpático.

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  3. Las figuras de cera suelen resultar inquietantes.

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    1. Sí, no es extraño que los museos de cera hayan sido escenario de tantas películas de terror. Entiendo también que la inmovilidad de los cuadros vivos pueda inquietar. Lo que me sorprende, como le decía a Suni, es el desasosiego ante el panorama o el diorama, pero los testimonios de quienes los contemplaron a finales del XVIII o principios del XIX son inequívocos. También me resulta curiosa la capacidad de sugestión de los observadores.

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  4. Todo lo que decís es cierto, pero a veces no sólo asustan las cosas feas,inquietantes o desagradables. La quietud extrema, el silencio, asustan y no por nada en sí, pero resultan tan extrañas, tan raras de observar que acaban por producir cierta desazón.
    La bailarina ahora no parece gran cosa, pero en su tiempo, en que no había cine, ni efectos especiales, a los espectadores les tuvo que inquietar bastante.
    No sólo se llora de pena y no sólo nos asustamos de lo terrorífico

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    1. Sí, desazonaba el contraste entre el gran realismo de la representación y su ausencia de vida. Tienes razón en que no solo se llora de pena y no solo nos asustamos de lo terrorífico.

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  5. Andreu Lahosa Alcoverro28 de enero de 2015, 23:50

    Es muy interesante lo que comentaís todos. A mi me parece que los panoramas y dioramas causában miedo por lo que dice Carmen: poco más o menos que, lo representado parecía muy real pero al mismo tiempo el silencio delatába que no estába vivo. Es decir, la ambiguedad de ser real y no serlo al mismo tiempo. La desazón de no encajarlo en una categoría u otra. En la categoría de lo real o de lo imaginario.Por otra parte, también puede existir el miedo derivado de la posibilidad de que algo no real e imaginario pueda convertirse en real. En éste caso, sería el miedo a perder la cordura, el miedo a la irracionalidad, el miedo a lo no controlable.

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    1. "La ambigüedad de ser real y no serlo al mismo tiempo". Como las figuras de cera que parecen vivas o los actores de un cuadro vivo, que parecen estatuas. Ese territorio intermedio entre lo real y lo irreal, lo vivo y lo inerte. Y eso que no hemos hablado de los autómatas, artificios en movimiento.

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  6. No tenía ni idea de que la bailarina de Degas iba recubierta de cera, qué curiosidad. A mi aún me siguen asustando los museos de cera....

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    1. A Degas le interesaba mucho la escultura en cera o arcilla. A su muerte, se encontraron en su taller ciento cincuenta esculturas modeladas en estos materiales.
      La bailarina que podemos ver ahora en Orsay viste un tutú de tul y lleva un lazo de satén en el cabello. En 1881, cuando Degas la expuso por vez primera, parece ser que, además del recubrimiento con cera y de llevar estas prendas de tela, calzaba zapatillas auténticas y tenía cabellos naturales. Imagino que asustó su realismo y molestó el parentesco tan claro que Degas establecía entre una escultura, como obra de arte, y las figuras de cera que podían contemplarse en gabinetes y barracas de feria.

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