El otro día pensaba en un cartero. No en cualquier
cartero, sino en un cartero finlandés que se llama Piittisjarvi.
Un buen día, Piittisjarvi instaló un buzón en el bosque para que su amigo
Gunnar Huttunen, un molinero fugitivo que se había refugiado en él, pudiese
seguir un curso por correspondencia y cartearse con su novia. Estos personajes
tan entrañables habitan entre las páginas de El molinero aullador, una de las novelas de Arto Paasilinna.
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| William Michael Harnett, Cartas, Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1879 |
Pensar en un cartero me llevó, como es lógico, a
pensar en las cartas. ¿Os acordáis de lo que es una carta? Os refrescaré la
memoria. Érase una vez un papel, y érase una pluma (podría ser cualquier otro
instrumento de escritura, pero reconoceréis que una pluma suena mejor y más
antiguo). Había una persona que con esa pluma escribía en el papel que,
después, doblaba e introducía en un sobre en cuyo exterior escribía el nombre y
la dirección de la persona a la que iba destinada la carta. Pegaba unos sellos
y, poco después, un buzón como el que el molinero utilizaba en el bosque
engullía la carta. Esta, al cabo de un tiempo, llegaba a las manos de otra
persona que rasgaba el sobre, extraía el papel y leía lo que la otra persona
había escrito.
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| Mary Cassatt, La carta |
Una carta, pues. Personas que escriben y personas
que leen. ¿Qué escriben, qué leen? Esa es la cuestión.
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| Carl Moll, Autorretrato en su estudio, Akademie der bildenden Künste, Viena, 1906 |
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| Peter Ilsted, Joven leyendo una carta, colección particular, 1908 |
¿Por qué, al decir “una carta”, se piensa, de
inmediato, en una carta de amor? También hay cartas de los bancos, por ejemplo,
y no son precisamente amorosas. Recordad, además, lo que Fernando Pessoa
escribió con el nombre de uno de sus heterónimos, Álvaro de Campos:
Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.
…
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.
…
Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
son ridículas.
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
son ridículas.
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| Leonid Osipovich Pasternak, La pasión de la creación |
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| Julian Alden Weir, La carta, colección particular, 1910-19 c. |
Hay cartas de todo tipo: de agradecimiento, de
despedida, de recomendación, de pésame… Hay cartas que rezuman sangre; otras en
las que las letras están emborronadas por las lágrimas; cartas que cantan, que
brincan en cada una de sus líneas; cartas detrás de cuya palabrería se agazapa
el silencio; cartas que son un grito, un beso o un desprecio; cartas que nunca
llegarán.
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| Jan Ekels el Joven, Hombre escribiendo, 1784 |
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| Pierre Bonnard, Mujer escribiendo una carta, 1908 |
No solo existen las cartas de amor: una carta de
amor, nos dice Mario Benedetti, no es un naipe de amor. Cuestión de azar,
cuestión de suerte mala o buena o simplemente suerte. Ignoro todo lo referente
a los juegos de azar y a las cartas de amor: ayudadme a entender. Aunque, tal
vez, os miento.
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| Pintor de Klügmann, Mujer leyendo (detalle), Museo del Louvre, París, 435-425 a.c. |
También nos
dice Benedetti:
una carta de amor no es el
amorsino un informe de la ausencia
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| James Carroll Beckwith, La carta |
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| Rogier van der Weyden, Hombre leyendo, National Gallery, Londres, 1450 c |
Una carta es un lejos que tiende sus deditos de
tinta para crecer a un cerca.
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| Berthe Morisot, Muchacha escribiendo, 1891 |
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| Édouard Vuillard, Ker Xavier Roussel leyendo una carta, 1890 c. |
Una carta es "te pienso".
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| Johannes Vermeer, Mujer de azul leyendo una carta, Rijksmuseum, Ámsterdam, 1663-64 |
Hay una carta que llevo toda la vida esperando: la
de los reyes magos. ¿Os imagináis que, en vez de escribirles nosotros, nos
escribiesen ellos? ¿Qué nos dirían? Lo acepto: ya no espero su carta. Nunca me
escribirán. Aunque, quién sabe, tal vez ya me escribieron y no supe
reconocerles.
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| John White Alexander, Una carta |
“Escríbeme”, digo en el título de esta entrada:
pero no quiero que me escribáis a mí, claro. Lo que os propongo es que escojáis
cualquiera de las imágenes y digáis lo que pensáis que escribe o lee cada
personaje o, si os animáis, que escribáis la carta. Esa carta, cualquier carta:
vuestra carta. La que queráis escribir, la que queráis leer.
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| Thomas Pollock Anschutz, Mujer escribiendo |
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| Lesser Ury, Mujer escribiendo, 1898 |
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| Vilhelm Hammershøi, Ida leyendo una carta |
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| Édouard Manet, Chez Tortoni, Isabella Stewart Gardner Museum, Boston, 1878-80 |
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| VH McKenzie, Hombre leyendo una carta en el metro |
A ver si reconocéis a estos dos
poetas: son distintos, muy distintos:
Mi carta, que es feliz,
pues va a buscaros,cuenta os dará de la memoria mía.
Aquel fantasma soy que, por gustaros,
jugó estar viva a vuestro lado un día.
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| Edouard Vuillard, Lucy Hessel leyendo, 1913 |
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| Jean Roux, Mujer leyendo una carta, Musée Calvet, Aviñón, 1716-28 c. |
Y así esta carta se termina
sin ninguna tristeza:
están firmes mis pies sobre la tierra.
sin ninguna tristeza:
están firmes mis pies sobre la tierra.
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| Henri Lebasque, Mujer escribiendo, colección particular |
Si tenéis un minuto, me gustaría que leyeseis esta
carta. Me gustaría mucho. Es una de las muchas cartas que Pedro Salinas
escribió a Katherine Whitmore: De ti solo puede venir la luz del paraíso























































