miércoles, 9 de diciembre de 2015

Escríbeme




El otro día pensaba en un cartero. No en cualquier cartero, sino en un cartero finlandés que se llama Piittisjarvi. Un buen día, Piittisjarvi instaló un buzón en el bosque para que su amigo Gunnar Huttunen, un molinero fugitivo que se había refugiado en él, pudiese seguir un curso por correspondencia y cartearse con su novia. Estos personajes tan entrañables habitan entre las páginas de El molinero aullador, una de las novelas  de Arto Paasilinna.


William Michael Harnett, Cartas, Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1879

Pensar en un cartero me llevó, como es lógico, a pensar en las cartas. ¿Os acordáis de lo que es una carta? Os refrescaré la memoria. Érase una vez un papel, y érase una pluma (podría ser cualquier otro instrumento de escritura, pero reconoceréis que una pluma suena mejor y más antiguo). Había una persona que con esa pluma escribía en el papel que, después, doblaba e introducía en un sobre en cuyo exterior escribía el nombre y la dirección de la persona a la que iba destinada la carta. Pegaba unos sellos y, poco después, un buzón como el que el molinero utilizaba en el bosque engullía la carta. Esta, al cabo de un tiempo, llegaba a las manos de otra persona que rasgaba el sobre, extraía el papel y leía lo que la otra persona había escrito.


Mary Cassatt, La carta
Una carta, pues. Personas que escriben y personas que leen. ¿Qué escriben, qué leen? Esa es la cuestión.


Carl Moll, Autorretrato en su estudio, Akademie der bildenden Künste, Viena, 1906

Peter Ilsted, Joven leyendo una carta, colección particular, 1908

¿Por qué, al decir “una carta”, se piensa, de inmediato, en una carta de amor? También hay cartas de los bancos, por ejemplo, y no son precisamente amorosas. Recordad, además, lo que Fernando Pessoa escribió con el nombre de uno de sus heterónimos, Álvaro de Campos: 

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
son ridículas.  


Leonid Osipovich Pasternak, La pasión de la creación

Julian Alden Weir, La carta, colección particular, 1910-19 c.

Hay cartas de todo tipo: de agradecimiento, de despedida, de recomendación, de pésame… Hay cartas que rezuman sangre; otras en las que las letras están emborronadas por las lágrimas; cartas que cantan, que brincan en cada una de sus líneas; cartas detrás de cuya palabrería se agazapa el silencio; cartas que son un grito, un beso o un desprecio; cartas que nunca llegarán.
  

Jan Ekels el Joven, Hombre escribiendo, 1784

Pierre Bonnard, Mujer escribiendo una carta, 1908

No solo existen las cartas de amor: una carta de amor, nos dice Mario Benedetti, no es un naipe de amor. Cuestión de azar, cuestión de suerte mala o buena o simplemente suerte. Ignoro todo lo referente a los juegos de azar y a las cartas de amor: ayudadme a entender. Aunque, tal vez, os miento.


Pintor de Klügmann, Mujer leyendo (detalle), Museo del Louvre, París, 435-425 a.c.

También nos dice Benedetti:
una carta de amor no es el amor
sino un informe de la ausencia
 



James Carroll Beckwith, La carta

Rogier van der Weyden, Hombre leyendo, National Gallery, Londres, 1450 c

Una carta es un lejos que tiende sus deditos de tinta para crecer a un cerca.


Berthe Morisot, Muchacha escribiendo, 1891

Édouard Vuillard, Ker Xavier Roussel leyendo una carta, 1890 c.

Una carta es "te pienso". 


Johannes Vermeer, Mujer de azul leyendo una carta, Rijksmuseum, Ámsterdam, 1663-64

Hay una carta que llevo toda la vida esperando: la de los reyes magos. ¿Os imagináis que, en vez de escribirles nosotros, nos escribiesen ellos? ¿Qué nos dirían? Lo acepto: ya no espero su carta. Nunca me escribirán. Aunque, quién sabe, tal vez ya me escribieron y no supe reconocerles. 

John White Alexander, Una carta

“Escríbeme”, digo en el título de esta entrada: pero no quiero que me escribáis a mí, claro. Lo que os propongo es que escojáis cualquiera de las imágenes y digáis lo que pensáis que escribe o lee cada personaje o, si os animáis, que escribáis la carta. Esa carta, cualquier carta: vuestra carta. La que queráis escribir, la que queráis leer. 


Thomas Pollock Anschutz, Mujer escribiendo

Lesser Ury, Mujer escribiendo, 1898

Vilhelm Hammershøi, Ida leyendo una carta

Édouard Manet, Chez Tortoni, Isabella Stewart Gardner Museum, Boston, 1878-80

VH McKenzie, Hombre leyendo una carta en el metro

A ver si reconocéis a estos dos poetas: son distintos, muy distintos:
Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,
cuenta os dará de la memoria mía.
Aquel fantasma soy que, por gustaros,
jugó estar viva a vuestro lado un día.
 

  

Edouard Vuillard, Lucy Hessel leyendo, 1913

Jean Roux, Mujer leyendo una carta, Musée Calvet, Aviñón, 1716-28 c.

Y así esta carta se termina
sin ninguna tristeza:
están firmes mis pies sobre la tierra.
 
 

Henri Lebasque, Mujer escribiendo, colección particular

Si tenéis un minuto, me gustaría que leyeseis esta carta. Me gustaría mucho. Es una de las muchas cartas que Pedro Salinas escribió a Katherine Whitmore: De ti solo puede venir la luz del paraíso


  

 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Y es plata, cemento o brisa





Estaba tendida al sol, como una gran gata perezosa. Ofrecía el cuerpo al abrazo del cielo y reposaba tranquila, confiada en que, cuando tuviese sed, encontraría sin dificultad el agua. Tampoco sería demasiado engorrosa la búsqueda de comida y nunca iba a faltar un poco de tierra, el tronco de un árbol, la sombra que cobija cuando el calor se hace molesto. En esa pura, gozosa horizontalidad del cuerpo que, a veces, acariciaban los artistas con sus pinceles, se alzaba, aquí y allá, alguna breve vertical. No todo era tan idílico como podéis pensar: la gata erizaba en ocasiones su cabello, por furia o por temor, o recibía heridas que lamía después, pensativa. No existe el paraíso, os lo recuerdo. La gata olía intensamente a gata y a ciudad. Lo que era. ¿Gata? No, ciudad.


Aureliano de Beruete, Vista de Madrid desde la Pradera de San Isidro, Museo del Prado, Madrid, 1909

Charles Sheeler, Ciudad

Pero se yergue. Rompe la horizontalidad, rompe los límites, se expande hacia lo alto, se extiende hacia los lados: engulle, en su voracidad, aquellos restos de naturaleza que formaban parte de ella y que tan bien reflejan cuadros y vistas para espectáculos ópticos. Crece, alza muros, aleja el cielo.


Charles Sheeler, Ventanas

Robert Bevan, Desde la ventana del artista, Leicester Arts and Museums Service, 1915-16
No se puso de puntillas de golpe, claro, pero una vez lo hizo, todo se aceleró. Muchas novelas y películas nos muestran ese proceso. Los títulos de dos novelas que me entusiasman saltan, de inmediato, desde mis dedos al teclado: Ragtime, de E.L. Doctorow, y  Martin Dressler. Historia de un soñador americano, de Steven Millhauser. Sentí entusiasmo entre sus páginas y sentí emoción, porque, entre las muchas, tal vez demasiadas, situaciones que me conmueven se halla el ocaso y la muerte de los edificios y el modo en que la piqueta derriba a las personas, o al revés, tanto da, porque es lo mismo. 


Robert Bevan, Queen's Grove, St John's Wood, Ashmolean Museum at the University of Oxford, 1918


George Ault, Hudson Street, 1932

Arturo Souto, Nueva York, colección particular, 1957

Jacek Yerka, New Age Manhattan, 1993

No voy a hablar de arquitectura, ni de urbanismo, ni de las dificultades de muchas personas para sobrevivir en las grandes ciudades, ni de las despreciables estrategias para ocultar su miseria, apartarla, ignorarla. Ni siquiera hablaré sobre la necesaria conjunción entre el respeto y la conservación de un pasado que está vivo y el respeto y la creación del presente, de los cambios que definen todo lo que existe. 


George Bellows, Excavación nocturna, 1909

Ridley Scott, Blade Runner, 1982
George Bellows, Calle, 1908

Os propongo que veamos cómo se representan en la pintura algunos de los rasgos de nuestras ciudades. Por ejemplo, la confusión. Todo está lleno de reclamos, de voces, ruido, urgencias. Rápido, rápido, no os entretengáis. Sobre todo, no dejéis que me detenga en medio de la acera para gritar uno de mis “¡mira!”, porque los otros viandantes chocarán conmigo, me empujarán, dirán: “¡quítate! ¿Qué haces ahí parada como un pasmarote?”. Tienen razón, me aparto: toda esa gente tiene prisa. 


George Luks, Noche de invierno, 1930 c.

John Sloan, Las seis en punto

George Luks, Calles Bleeker y Carmine, 1915 c.

Estas mismas personas que tanto corren no tienen inconveniente, sin embargo, en quedar embrujadas por el reclamo de los escaparates iluminados y por los productos en ellos expuestos para acuciar su hambre: ¡compra, desea, desea solo lo que puedes comprar, desea solo lo que aún no has comprado! Y, si no tienes dinero para comprar, para comprarme, limítate a desear, a codiciarnos, pero no ensucies el cristal con tus dedos. Pero no quiero ser injusta: esos mismos escaparates no solo ofrecen sueños; también alumbran, con su iluminación, las calles anochecidas. Es importante. 


August Macke, Sombrerería

La luz hace la ciudad y la deshace al desdibujar sus contornos en los reflejos luminosos. Humo, agua, efímeros deslumbramientos de la ciudad fantasma.


Joaquín Sorolla, Llegada nocturna a Nueva York, 1909

Joseph Stella, Vista nocturna del Puente de Brooklyn

Childe Hassam, Noche de lluvia, 1895

George Luks, Madison Square
La luz. Anuncios que rasgan la noche, rótulos, imágenes propuestas como instrumentos para leer la ciudad. ¿Para descifrarla, para organizarla? No, para sumar voces a las voces: un murmullo incesante, un griterío.


Albert Gleizes, Nueva York

Ridley Scott, Blade Runner, 1982

¿Organizar? ¿Cómo podría organizarse, cómo estructurar este incontenible temblor?

Abraham Walkowitz, Ciudad, 1915

Maria Helena Vieira da Silva, Ciudad

Cuando estamos en la calle, la verticalidad nos arrastra hacia la altura en un vértigo ascendente que nos impele a caer hacia arriba, si es que esto es posible. 

Georgia O’Keeffe, Nocturno urbano, 1926

Georgia O'Keeffe, Radiator Building, 1927

Joseph Stella, Paisaje norteamericano
Subamos, pues, para poder ver el cielo, para estar con las aves y para comprobar, como nos dijo Federico García Lorca, que “no duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie”.

John Sloan, Calle 23, 1905-06

John Sloan, Palomas, Museum of Fine Arts, Boston, 1910

Allá, en lo alto, observamos la vida que se despliega bajo nuestra mirada. A vista de pájaro, aunque no podamos volar, aunque nunca, nunca, seremos capaces de hacerlo. Miguel Hernández lo sabía:

Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.

No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
por estas galerías donde el aire es mi nudo.
Por más que te debatas en ascender, naufragas.
No clamarás.  El campo sigue desierto y mudo.
 

Joaquín Sorolla, Quinta Avenida, 1911

John Sloan, Calle

Childe Hassam, Quinta Avenida, 1919

Invertimos la dirección del vértigo que antes sentimos, a ras de tierra, al mirar hacia lo alto. Y ahora, cuando nuestra mirada se desploma, cuando cae en picado, cerramos los ojos en el instante previo a que se estrelle en el asfalto.

Charles Sheeler, Church Street, The Cleveland Museum of Art, 1920

“Ocurre con las ciudades como con los sueños –nos recuerda Italo Calvino-: todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra”.

Charles Sheeler, Cañones, Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, 1951

A veces, lo que la ciudad esconde son rincones donde poder sentarnos a la puerta de las casas para hablar y construir, a través de las palabras, otras ciudades donde poder sentarnos para hablar a la puerta de las casas. “Cada ciudad puede ser otra”, nos dice Mario Benedetti.

George Luks, St Botolph Street, 1922

Aunque todas ellas, nos explica Luis García Montero,


Se hacen de hormigón y de cristal,
de lugares extraños y gentes ocupadas.

En todas crece un árbol
delante de la casa de un suicida
y hay niños que acostumbran a dormirse
soñando con un perro.


George Ault, Luna nueva, Museum of Modern Art, Nueva York, 1945

A veces, todo tiembla demasiado, las grietas se agigantan, la casa se desploma. Hay manos que acuden a retirar los escombros para liberar los cuerpos atrapados, sin temor a cortarse con cascotes y vidrios. Otras manos se ocultan tras cortinas, tras mantos de prudencia. Entonces sabes. Pero lo que debes saber es que hay manos que acuden, porque lo demás no importa.



Ludwig Meidner, La casa de la esquina (Villa Kochmann en Dresde), Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, 1913

Sé amable conmigo.
Oh, gran ciudad de sombras.
Hazme olvidar.

(Langston Hughes)


George Ault, Calle Sullivan, Abstracción, 1947