martes, 21 de abril de 2026

John Berger, Pentti Sammallahti y los intersticios

 


A veces, nos indica John Berger, columbramos “otro orden visible que se cruza con el nuestro y no tiene nada que ver con él”. El orden visible “al que estamos acostumbrados no es el único: coexiste con otros”. Los niños y los animales son expertos en percibir esas fronteras. A los niños “les gusta esconderse detrás de las cosas, y desde allí descubren los intersticios existentes entre las diferentes gamas de lo visible”. Los animales los reconocen a través de la vista, del oído, del olfato, del propio movimiento de su cuerpo.




En ocasiones, es como si fuéramos “capaces de ver entre dos fotogramas y nos topáramos con algo que no estaba destinado a nosotros. Puede que estuviera destinado a las aves nocturnas, a los renos, a los hurones, a las anguilas, a las ballenas…”.





En esos momentos, “el orden humano”, que siempre está a la vista, “ha dejado de ocupar un lugar central y se aleja sigilosamente. Los intersticios están abiertos”.

Por un instante.






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“De repente percibe que hay diferentes maneras de mirar. Con una solo se ven objetos, cosas útiles para la persona, concretas e inofensivas, y enseguida se sabe para qué sirven y cómo utilizarlas. Pero también existe una manera de mirar panorámica, generalizadora, gracias a la cual se descubren vínculos entre los objetos, su red de reflejos. Las cosas dejan de ser cosas, el hecho de que sirvan para algo es irrelevante, mera apariencia. Se convierten en señales, indican algo que no aparece en la fotografía, remiten más allá del marco de la instantánea. Hay que concentrarse mucho para mantener esa mirada, que en esencia es un don, un estado de gracia”.




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“Hay tierra y agua, luz del sol, paisaje y vegetación, y hay objetos creados por el hombre –como  máquinas, utensilios o instrumentos musicales- que son lo que son, que no son portadores de ningún mensaje artificial y cuya presencia es obvia”, nos cuenta Peter Zumthor.  El objeto “simplemente está ahí” y lo podemos percibir de una manera “tranquila, sin prejuicios, sin afán de posesión”. Vemos y algo aflora: un atisbo del “mundo en su totalidad, pues allí no hay nada que no pueda entenderse”.



“En las cosas corrientes de la vida cotidiana reside una fuerza especial, nos parecen decir los cuadros de Edward Hopper –concluye Zumthor-. Solo hay que mirarlas el tiempo suficiente para verlas”.



Pienso entonces en Pallasmaa cuando contrapone la visión enfocada con la visión periférica desenfocada: “la visión enfocada nos enfrenta con el mundo mientras que la periférica nos envuelve en la carne del mundo”. Imagino que combinamos ambas formas de ver y, sobre todo, que vemos con todos nuestros sentidos: si solo la vista viese, qué ceguera. En cualquier caso, sigo sin tener claro si entrevemos con más facilidad ese “otro orden visible que se cruza con el nuestro" cuando nuestra mirada se distrae o cuando está atenta. Es posible que suceda de ambos modos. El caso es que sucede, aunque no sepamos muy bien cómo.



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Todas las fotografías son de Pentti Sammallahti.