miércoles, 27 de mayo de 2015

Me enamoré de un triforio




¿Vosotros no caéis rendidos, a veces, ante determinadas palabras? De niña, cuando estudié griego en la escuela, me enamoré del aoristo, ese simpático tema verbal del que ahora no recuerdo absolutamente nada. En la universidad, cuando el profesor pronunció un día en clase la palabra “triforio”, agucé los oídos y sonreí, mientras un agradable escalofrío recorría mi espalda. ¡Un triforio! ¡Acababa de enamorarme de un triforio! Pero, os preguntaréis, ¿qué es un triforio, para causar tamaña conmoción? Ahora os lo explico, pero antes tenéis que acompañarme a Saint-Sernin de Toulouse.


Saint-Sernin de Toulouse, finales del siglo XI

¿Ya estamos todos? Os cuento: hemos viajado al pasado, somos peregrinos y nos dirigimos a Santiago de Compostela. 

Peregrinos, iglesia de Villeneuve d’Aveyron, frescos de comienzos del siglo XIII

Para que nadie se llame a engaño, dejaré claro desde el principio que es inútil que, al penetrar en esta enorme iglesia románica, miréis a vuestro alrededor en busca del misterioso triforio, porque no lo hay.

Saint-Sernin de Toulouse

Lo que sí que podemos encontrar en esta iglesia de peregrinación –así se llamaba a estas grandes iglesias que se hallaban en la ruta de los peregrinos- son unas tribunas que crean una segunda planta sobre las naves laterales. Estas tribunas, además de ayudar a apuntalar la gran bóveda de cañón de la nave central, amplían el espacio para poder acoger a más personas.

Saint-Sernin de Toulouse

¿Ya habéis visto las tribunas, sobre las arcadas que separan la nave central de las laterales? Es posible que nos dejen pasar la noche en ellas, junto con muchos otros peregrinos, ya sea porque no encontremos alojamiento en la ciudad, ya  porque seamos pobres o porque el camino que aún nos queda por delante es largo y nos vemos obligados a ahorrar.

Saint-Sernin de Toulouse, tribunas

Así pues, una tribuna no es un triforio. En un triforio, desde luego, no podríamos dormir ni aun poniéndonos de pie y de perfil, porque es una galería ciega, como la que vemos en la abadía de Fleury:

Abadía de Fleury, Saint Benoit sur Loire, siglos XI-XII

Abadía de Fleury, Saint Benoit sur Loire, siglos XI-XII

Como acabamos de ver en Fleury, el triforio aparece ya en la arquitectura románica, aunque alcanzará una mayor difusión en el gótico. Aquí vemos, por ejemplo, el triforio de la catedral gótica de Burgos:

Catedral de Burgos, siglos XIII-XVI
Catedral de Burgos, siglos XIII-XVI, triforio

Catedral de Burgos, siglos XIII-XVI

Entonces, ¿hay que elegir entre tribuna o triforio? No, claro que no. En la catedral de Tournai, por ejemplo, se combinan ambos en un alzado de cuatro plantas: las arcadas que separan las naves, la tribuna habitable, el triforio o galería ciega y el claristorio o ventanas. Este alzado de cuatro niveles es habitual en el primer gótico, entre 1140 y 1180, aproximadamente, cuando aún se está formando el estilo.

Catedral de Tournai, siglos XII-XIII

Catedral de Tournai, siglos XII-XIII

Ahora nos vamos a Chartres –no diréis que no viajamos- y lo que vemos, como en Burgos, es el típico alzado en tres niveles (arcadas, triforio y claristorio) del gótico clásico, una etapa que se despliega, más o menos, entre 1180 o 1190 y 1225. 

Catedral de Chartres,  siglos XII-XIII

Catedral de Chartres,  siglos XII-XIII

Ya tenemos claro lo que es un triforio, ¿verdad? Decidme, ¿no le habéis cogido ni siquiera un poquitín de cariño? Adivinamos que su función es estética: articula plásticamente el muro y crea interesantes efectos de luz y sombra. Sirve, además, para que se apoye la techumbre de la nave lateral, de una sola vertiente. Todo eso está muy bien, pero… ¿qué más podríamos hacer con el triforio? ¿Se os ocurre algo? ¿Qué os parece si hacemos que deje de ser ciego y le abrimos los ojos? Para eso, solo tenemos que perforarlo:

Catedral de León, mediados del siglo XIII

Catedral de León, mediados del siglo XIII

Catedral de León, mediados del siglo XIII

Eso es lo que sucede en la fase que llamamos gótico radiante, entre 1225 y 1300, cuyo ejemplo más conocido y extremo es la Sainte-Chapelle, en París:


Sainte-Chapelle, París, 1242-1248

Pero ahí ya no hablamos de triforios y, ni tan siquiera, de muros, sino de un espacio transfigurado por la luz. Sí, de eso es de lo que hablamos: de la luz. Otro día hablaremos de ella: intentaremos hacerlo, si no luminosamente, por lo menos con claridad.

Sainte-Chapelle, París, 1242-1248



martes, 26 de mayo de 2015

Un abrazo



Un abrazo es un abrazo. Si se quiere, un abrazo es un abrazo es un abrazo. Algo muy bueno, que da fuerzas y pinta sonrisas en los labios. Francisco Moroz, desde su blog Abrazo de libro, se ha puesto a repartir abrazos y he tenido la dicha de que me alcanzase uno de ellos. Muchas gracias, Francisco, y enhorabuena por esos dos años (esos dos primeros años) que cumple tu excelente y abrazador blog.




Tardaré un poco en nombrar los blogs a los que paso, a mi vez, el abrazo que me ha dado Francisco. En cuanto pueda, actualizaré esta entrada para poner sus nombres.

Mientras tanto, ¡un abrazo para todos!




Edito para añadir, con alegría y gratitud: ¡más abrazos y más premios! Montserrat Gracia (Pasión por el cine clásico),  Elisenda Segura (Son las fotografías de mis viajes), Roy Bean y Juan Carlos Vinuesa (ganarse un acre) y Mariona Rubio (Tallers Maria Victrix) se suman al abrazo de Francisco Moroz (Abrazo de libro) y mencionan también este blog para el premio Litarcihis. Casi nada: ¡menudos seis blogueros de calidad! Muchísimas gracias, amigos.

Montserrat Gracia (Pasión por el cine clásico) hace doblete y nombra este blog para el premio FT, de modo que mi alegría y gratitud continúan creciendo. ¡Gracias, Montserrat!




¡Pero no acaba aquí la fiesta! Maríjose Luque Fernández (Sonrisas de camaleón) y Mila Gómez (Encuentros) han citado este blog para un premio que, en realidad, son cuatro en uno. Con vuestra generosidad también me habéis dado una enorme alegría: ¡gracias!



Mila, una vez cogida carrerilla, nombra también este blog para el premio Best Blog. Un escándalo, vamos, y muchas, muchas más gracias.



Y ahora tengo que responder a unas preguntas y mencionar muchos blogs, pero os pido que tengáis paciencia y me disculpéis, porque aún tardaré un poco en elaborar las listas. ¡Pero lo haré!

Gracias a todos, no solo -que ya es mucho, para mí- por haberos acordado de este blog, sino por toda la alegría que nos proporcionáis con cada uno de los vuestros.





 

domingo, 24 de mayo de 2015

Un día de playa




Las vacaciones, antes, eran cosa de ricos. ¿De ricos, he dicho? Más aún: de aristócratas. De aristócratas ricos, se entiende. Fue así, por lo menos, hasta que, a mediados del siglo XIX, la costumbre comenzó a generalizarse. Más o menos a partir de ese momento, el año se divide en dos: la temporada mundana, que transcurre en la ciudad durante el invierno y la primavera, y la temporada en el campo o en la playa, en los meses de verano y otoño.  
Esta nueva distribución del tiempo tiene muy poco que ver con la vigente en la sociedad preindustrial, en la cual el ocio se inscribía en el marco de las actividades cotidianas, y es uno de los rasgos más llamativos de la nueva sociedad burguesa nacida en el XIX. Cambian los tiempos: cambia el tiempo.

Eugène Boudin, Playa de Trouville, National Gallery of Art, Washington DC, 1864-65

Cannes, Biarritz, Trouville, Deauville… son algunos de los nombres prestigiosos de playas que, en un momento u otro, fueron célebres. Biarritz se puso de moda a raíz de la construcción de un palacio en la ciudad, en 1854, por la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III. Ville Eugenie  es en la actualidad un hotel.

Émile Defonds, La emperatriz Eugenia en Biarritz, Castillo de Compiègne, 1858

Villa Eugenie, Biarritz

En España, la Corte, que había veraneado hasta entonces en los llamados Sitios Reales, como los bellísimos Aranjuez o La Granja, se traslada a la costa, a las instalaciones balnearias o a las playas de San Sebastián o Santander. Los burgueses no tardan en seguir su ejemplo. ¡Vamos! ¡Vamos todos a la playa! El ferrocarril la ha puesto al alcance de los habitantes del interior. 

Playa del Antiguo, San Sebastián


Playa del Sardinero, Santander

Trouville fue playa de pintores y escritores. Gustave Flaubert y Marcel Proust fueron asiduos visitantes de la localidad normanda y recogieron mucho de ella en sus obras.

Gustave Courbet, Playa cerca de Trouville, Wallraf-Richartz-Museum, Colonia, 1865

James Abbott McNeill Whistler, Armonía en azul y plata. Trouville, Stewart Gardner Museum, Boston, 1865

La playa de Trouville se llena de personas en las pinturas de Eugène Boudin.

Eugène Boudin, Figuras en la playa, Museum of Fine Arts, Boston, 1893

Eugène Boudin, Figuras en la playa, Museum of Fine Arts, Boston, 1893

Se llena, también, de sombrillas, sillas de enea y casetas.

Eugène Boudin, Baños en la playa de Trouville, Musée d’Orsay, París, 1869


Eugène Boudin, Escena de playa en Trouville, National Gallery of Art, Washington, DC, 1863

Eugène Boudin, La playa de Trouville, Princeton University Art Museum, 1865

Observad cómo todos los personajes aparecen vestidos con recato e incluso elegancia: no ha llegado aún el tiempo de descubrir la piel ante el sol y el mar. Aun así, la playa incita a una mayor ligereza en la forma de vestir, en las actitudes, en la forma de relacionarse. Poco a poco, comienzan a utilizarse tejidos más ligeros y vestimentas más sueltas, más “de playa”.

Claude Monet, En la playa de Trouville, Musée Marmottan Monet, París, 1870-71

Edgar Degas, En la playa, National Gallery, Londres, 1876

Joaquín Sorolla, Bajo el toldo. Playa de Zarauz, Museo Sorolla, Madrid, 1910

Cecilio Pla, Mujeres con sombrillas, 1915 c.

Los niños se entretienen con la arena, mientras los adultos celebran sus tertulias. 

Max Liebermann, La playa de Nordwijk, Niedersächsisches Landesmuseum, Hannover, 1908

Eugène Boudin, Playa próxima a Trouville, Bridgestone Museum of Art, Tokio, 1865 c.

En algunos cuadros aparecen las casetas con ruedas que servían para adentrarse en el agua y tomar “baños de olas” con toda discreción. 

Eugène Boudin, Tormenta en ciernes, Art Institute of Chicago, 1864

Playa de la Franca, Columbres, principios del siglo XX

San Sebastián. A la izquierda, caseta de playa de Alfonso XIII
Vemos también los grandes sillones de mimbre que protegían del viento y del sol:

Playa del Sardinero, Santander, 1915 c.

Cecilio Pla, Apunte de la playa de Valencia, 1918

Todavía queda gente en la playa, pero ya va siendo hora de que recojamos nuestras cosas y empecemos a retirarnos.

John Atkinson Grimshaw, Playa de Scarborough, colección particular, 1892

Playa de Biarritz