viernes, 15 de julio de 2016

Joaquim Mir, Santiago Rusiñol y medio marido mallorquín






Joaquim Mir (1873-1940) y Santiago Rusiñol (1861-1931)
 

“¿Con quién voy a vivir cuando sea mayor?”. “No sé, sola, con amigos, con tu marido…”. La niña abre desmesuradamente los ojos y lanza un grito desgarrador: “¡Noooo, con mi marido no!”. La mujer que la acompaña se apresura a tranquilizarla: “vamos, vamos, no llores, si no quieres tener marido, no pasa nada”. La pequeña resopla y se calma. Al cabo de un rato de silencio, se vuelve hacia la mujer y pregunta: “¿qué es un marido?”.

Joaquim Mir, Paisaje de Mallorca

Santiago Rusiñol, Jardín de las Elegías, Son Moragues

No, esa niña no era yo, aunque bien habría podido serlo. Se trata de una conversación que escuché en el autobús y que arrancó las carcajadas de todas las mujeres y de algún hombre. ¿Por qué digo que habría podido ser yo y, sobre todo, qué relación tiene esto con la isla de Mallorca? Ahora os lo explicaré, impacientes.

Santiago Rusiñol, Sóller
En cuanto aprendí a hablar aproveché para anunciar con firmeza mis proyectos de futuro: iba a ser escritora, iba a ser astronauta, no me iba a casar. Con el tiempo, para quitarme de encima a las típicas señoras de “cuando seas mayor y te cases…”, varié mi estrategia: “solo me casaré con un lord inglés”, decía, porque me parecía harto improbable llegar a conocer a un lord inglés y además, casadero. Después fui a Sóller, me gustó muchísimo y a la frase del lord inglés le añadí la coletilla: “o con un señor de Sóller”. Esa fue mi perdición, porque sin duda era más fácil toparme con señores mallorquines que con la aristocracia inglesa.

Así que no fui astronauta y me casé, aunque con medio señor de Sóller o, más bien, con un  solleric demediado, como el vizconde de Calvino, puesto que solo lo es por parte de madre. Lo del lord inglés definitivamente lo deseché: de todos modos, lo más próximo que había encontrado era a un escocés que no sé si era aristócrata pero, eso sí, era feo, simpático y encantador.

Joaquim Mir, Mallorca
¿Se nota que hoy no tengo ganas de trabajar y por eso os estoy contando todo esto? Tengo excusa: me he ido con Santiago Rusiñol y Joaquim Mir a Mallorca, para ver cómo pintan.

Santiago Rusiñol, Mallorca
Santiago Rusiñol, Biniaraix
Santiago había visitado por primera vez la isla en 1893: desde entonces, fueron frecuentes sus estancias en Mallorca. En una de ellas, a fines de 1899, le dijo a Joaquim:  “venga, hombre, coge los bártulos y vente conmigo”. Y allá fue Joaquim y se quedó cuatro años, hasta 1904. Los dos artistas se instalaron en Sa Calobra, en la sierra de Tramontana, desde donde hacían excursiones para pintar.

Joaquim Mir, Sierra de Tramontana
Joaquim Mir, Reflejos de Mallorca
Joaquim a veces guardaba en secreto los parajes que descubría, como si quisiera reservarlos solo para su mirada, para sus pinceles. Josep Pla habla de él como de un personaje arisco: no parece que lo fuera, puesto que otras personas que le conocieron le consideraron agradable y simpático. Un poco particular, sí, pero ¿quién no lo es?

Joaquim Mir, Paisaje con naranjos
Santiago Rusiñol, Paseo de Mallorca
A Rusiñol le había seducido la luz, la variedad, la delicadeza, el carácter de las personas y los paisajes de Mallorca. En 1922 lo reflejó en su libro La isla de la calma, donde nos dice, como le había dicho a Mir muchos años antes: “sígueme a una isla que te diré, a una isla donde siempre reina la calma, donde los hombres nunca llevan prisa, donde las mujeres no envejecen nunca, donde no se malgastan ni palabras, donde el sol se detiene más que en ninguna parte y donde hasta la señora Luna camina más despacio, contagiada de pereza”.
En Mallorca, como en muchos otros lugares, Rusiñol se perdió también por los jardines, uno de sus temas predilectos desde su viaje a Granada en 1897.


Santiago Rusiñol, Jardín del Pirata
 
Santiago Rusiñol, Muralla verda. Sa Coma

Santiago Rusiñol, Jardín de Sa Coma, Valldemosa


“Aún es tiempo de llevarte a Raixa –escribe Rusiñol-, espléndido jardín señorial donde verás cipreses simétricos sirviendo de marco a blancas estatuas, y una enorme escalera de musgo, y jardines en verso, y cenadores, y aquella tristeza de añoranza, y aquella calma que da el tiempo a las cosas abandonadas”.


Santiago Rusiñol, Raixa, 1912
  
Joaquim Mir, Herrumbre en la cueva, 1903
Mallorca permitió a Joaquim Mir dar expresión a la visión del paisaje que ya habitaba en su interior. El color estalla, a veces engulle incluso los horizontes. Todo es naturaleza, sin límites. Una naturaleza plasmada con largas, vibrantes pinceladas de luz.



Joaquim Mir, La cala encantada

Joaquim Mir, Almendro en flor

Joaquim Mir, La cueva verde



En ocasiones, los dos amigos pintan los mismos temas, como el torrente de Pareis, en la sierra de Tramontana, o los diversos castillos de Mallorca.


Santiago Rusiñol, Torrente de Pareis

Joaquim Mir, Torrente de Pareis

Santiago Rusiñol, Castell del Rei

Joaquin Mir, El castillo de Bellver por la noche

Ambos recorren, juntos o por separado, las distintas calas de la costa mallorquina:

Joaquim Mir, Costa mallorquina

Joaquim Mir, Cala de Sant Vicenç

Santiago Rusiñol, Cala gris
Joaquim Mir, Paisaje de Mallorca


Mir trepaba por las peñas como una cabra, acarreando telas y todos los bártulos de la pintura. Cuentan que limpiaba los pinceles en la ropa que vestía o en su propia barba. Escribió a Rusiñol: “pinto en un sitio por el que sólo paso yo y alguna bestia inconsciente. El paso, en el que solo caben, justo, los pies, es un terraplén de rocas resbaladizas que van a parar directamente al mar. Si me fallasen los pies y resbalara no creo que volviera a hablarse de mí en el mundo de los vivos”.

Y eso fue lo que le ocurrió. Un día perdió pie y se despeñó. Se habló de un amor desdichado: nunca se supo. A Mir lo recogieron malherido. Permaneció encerrado durante dos años en un sanatorio mental de Reus: al abandonarlo, se instaló en Tarragona y pintó paisajes de diversas localidades catalanas. No regresó a Mallorca.

Joaquim Mir, Palma de Mallorca

Volveremos a encontrarnos con Joaquim Mir y Santiago Rusiñol. Nos despedimos, hoy, con las palabras que Mir escribió en 1928: “Solo quiero que mis obras alegren el corazón e inunden de luz los ojos y el alma”.





viernes, 8 de julio de 2016

Una luz en la oscuridad





Cuéntame una historia, Silver.
¿Qué historia?
La de lo que ocurrió después.
Eso depende.
¿De qué? 
De cómo la cuente.


Edward Hopper, La colina del faro

Cada faro tiene su propia historia, nos dice Jeannette Winterson, de quien proceden las palabras que encabezan este texto. ¿Será por eso, por sus historias, por lo que nos atraen tanto los faros? ¿Será por el mar con el que dialogan? ¿Será por su soledad?


Bill Brown, Faro en la oscuridad
Adolphe Theodore Jules Potemont, El faro de Santa Susana
Pocos edificios tienen la potencia expresiva de los faros. El lugar donde se alzan acentúa esa potencia: esos acantilados que, escribe Virginia Woolf, “parecía que fueran conscientes de la presencia de los barcos, como si se enviaran los unos a los otros mensajes secretos”.

Aunque el faro no siempre se yerga sobre un promontorio rocoso, aunque en ocasiones su aislamiento de otras edificaciones no sea tal, conserva su fuerza.

Edward Hopper, El pueblo del faro


Eugène-Louis Boudin, Faro cerca de Honfleur

La fuerza de su verticalidad: un cuerpo humano. Porque esa es la emoción que suscita lo vertical: humanidad. Más allá de las voces que intentan apropiárselo, fragmentarlo. Humano.

Vanessa Bell, Faro en Newhaven

William Dieterle, Portrait of Jennie

El faro, con su ojo luminoso, la escalera espiral de la linterna que recorre su interior como el caracol del oído. El faro que mira, que escucha, que recuerda. “Creo que estoy hablando al oído y a la memoria del faro”, escribe Menchu Gutiérrez.

Claude Monet, Barcas a la luz de la luna
Son las voces de tres mujeres las que escuchamos. Tres escritoras que nos hablan de los faros. Y del mar. De los mares interiores y los del exterior. “Había dos Atlánticos, uno fuera del faro y otro en mi interior –escribe Winterson-. No había ninguna cadena de faros a modo de guía para el que tenía en mi interior”.


Edward Hopper, Faro con dos luces
Joseph Wright de Derby, Faro en la costa de la Toscana

El faro como guía: esa luz que brilla en la oscuridad. No cualquier luz, porque, como nos recuerda Winterson, “si la luz es un engaño, todo está perdido”. Todo: aquello que nos importa, las vidas de nuestros compañeros, nuestra propia vida. No, no sirve la luz de la mentira, esa que se enciende para equivocar la ruta de las naves, atraerlas hacia las rocas para que se estrellen y saquear después los restos del naufragio. No, no sirve cualquier luz, sino esa, precisa, que indica: este es el camino.

Hay que mantener encendida esa luz. Que no se apague. Hay que mantener en pie el faro.

Louis Valtat, Faro de Banyuls
Paul Signac, Saint-Malo
La solidez del faro. “Mirad este. Construido en granito, duro e inmutable como fluido y volátil es el mar. El mar se mueve constantemente; el faro, nunca. No existe el menor balanceo, la menor oscilación, ninguno de los movimientos de los barcos ni del océano”, dice Jeanette Winterson.
¿La solidez del faro? ¿Su fijeza? No siempre. En ocasiones, también parece zozobrar, como un navío, o incluso convertirse en un insólito faro peregrino. 

Marsden Hartley, El faro

Quint Buchholz, El faro

Joseph Mallord William Turner, Faro y barco durante una tempestad
Puede llegar a ser destruido, pero solo para ser después reedificado, como nos cuenta Menchu Gutiérrez: “El faro se derrumbó y volvió a levantarse, más alto, más firme, más distante también”. 
 
Piet Mondrian, Faro en Westkapelle

La silueta del faro se desdibuja, a veces, hasta ofrecernos su perfil de espectro. Es entonces cuando parece susurrarnos las historias más misteriosas, aquellas en las que El Holandés Errante, el Mary Celeste, el Octavius y muchos otros barcos fantasmales surcan los mares de la narración.

Peder Balke, Faro en Mist


La mayor parte de las representaciones pictóricas de faros reproducen su perfil: solo en algunos casos nos permiten acceder a su interior, subir hacia el lucernario, asomarnos al mar desde lo alto. 


Eric Ravilious, Desde el faro
Joseph Mallord William Turner, El faro de Bell Rock

Lo que se destaca, en general, es la inmersión en la naturaleza. El mar, el cielo, a menudo las tempestades en las que la luz del faro se tiende como una mano hacia los barcos, como una mano que quisiera rescatar de las olas a hombres y a naves, aunque se sepa impotente. Solo puede decir con su luz: soy el faro, soy este faro. Solo puede mirar, recoger las historias que seguirá contando.

Paul Signac, El faro de Biarritz

“De forma que, por fin, esto era el Faro, ¿no?
No, lo otro también era el Faro. Porque nada era sencillamente una sola cosa. También el otro era el Faro” (Virginia Woolf). 


Edward Hopper, El faro


Las citas proceden de: Virginia Woolf, Al faro; Jeanette Winterson, La niña del faro, y Menchu Gutiérrez, El faro por dentro.