Konstantin Korovin (1861-1939)
Nací melenuda y despeinada, y el transcurrir del
tiempo no ha mejorado la situación. El hecho de que a la peluquería vaya, como
al médico, in extremis, tampoco ayuda
mucho: al médico, porque le veo como al ogro de los cuentos y me asusta; a la
peluquería, porque me aburro. Así me luce el pelo. El caso es que, una vez,
disfruté como una loca en la peluquería –no en el médico-, y fue porque la
peluquera era de San Petersburgo. Solo
eso ya me hizo muchísima ilusión, porque la idea de decir “mi peluquera de San
Petersburgo” me hacía sentir como Natasha Rostova en Guerra y paz: no, desde luego, como Anna Karenina, porque la pobre
acaba muy mal. Resultó, además, que la peluquera era una mujer encantadora, muy
culta e inteligente, de modo que pronto nos encontramos hablando animadamente de
Shostakóvich, de Stravinski, de la muerte de Pushkin, de
Gogol, de Dostoyevski y de las noches blancas. Yo estaba tan
a gusto que me habría dejado hacer tirabuzones o cortar el pelo al rape, con
tal de seguir escuchando a mi peluquera.
 |
| Edgar Degas, La peluquera, 1896 c. |
¿Por qué nos cuentas esto?, preguntaréis. Solo porque, últimamente,
ando mucho por Rusia, por una razón que descubriréis si pincháis aquí, y de repente me he acordado de mi
peluquera de San Petersburgo. En realidad, esa inteligente mujer no tiene nada
que ver con nuestro invitado de hoy, quien, a pesar de haber estado en San Petersburgo, era moscovita: Konstantin Korovin.
 |
| Valentin
Serov, Konstantin Korovin, 1891 |
Cuando Korovin viajó a París por vez primera en 1885, se sorprendió al ver que los pintores impresionistas hacían todo aquello por lo que a él le regañaban en casa: jugar con la luz, por ejemplo, deshacer las pinceladas... Ese tipo de cosas.
 |
Konstantin Korovin, Última
nieve, 1875
|
Así que el hombre, viendo a sus colegas franceses, se dijo que no andarían tan errados sus pinceles, y añadió: Konstantin, adelante. Adelante fue: en concreto, a Italia y a España, en 1888.
 |
| Konstantin
Korovin, Florencia, 1888 |
 |
| Konstantin
Korovin, Calle de Florencia bajo la lluvia,
1888 |
España pasó a formar parte de su obra: mantillas, guitarras, balcones, bailaoras, castañuelas y demás accedieron al tablado de sus lienzos para armar un buen jaleo.
 |
| Konstantin
Korovin, Plaza española, 1902 |
Viajó también por el norte de Europa y por Rusia.
 |
| Konstantin
Korovin, Puerto en Noruega, 1894 |
 |
| Konstantin
Korovin, Hammerfest, 1894-95 c. |
 |
| Konstantin
Korovin, Noche blanca en Noruega, 1895 c. |
 |
| Konstantin
Korovin, Muelle en Arcángel, 1895 |
Los paisajes
de Crimea se reflejaron, con toda su luminosidad pero también con sus oscuras
honduras, en muchas de las pinturas de Korovin:
 |
| Konstantin Korovin, Café en Yalta, 1905 |
 |
| Konstantin Korovin, Playa de Crimea, 1909 |
 |
| Konstantin Korovin, Calle de Yalta, 1910 |
Varios
lienzos fueron pintados en Gurzuf, a orillas del mar Negro:
 |
| Konstantin Korovin, Muelle en Gurzuf, 1914 |
 |
| Konstantin Korovin, En el jardín de Gurzuf, 1914 |
 |
| Konstantin Korovin, Gurzuf, 1915 |
 |
| Konstantin Korovin, Gurzuf, 1917 |
Korovin realizó diseños de pabellones para
exposiciones como la Panrusa
de 1896, celebrada en Nizhni Nóvgorod, para la cual diseñó el pabellón del
Ferrocarril del Norte, y la
Universal de París de 1900, en la que fue el encargado de
diseñar la sección de Asia Central del Pabellón del Imperio Ruso.
 |
| Sección de Asia central en el Pabellón Ruso,
Exposición Universal de París, 1900 |
Fue también escenógrafo, y aquí ya podéis imaginar,
los que sabéis de mi pasión por la escenografía teatral, que mis ojos miopes
empiezan a brillar con fulgores de tigre. Bueno, más o menos: en realidad, no tengo nada de tigre ni menos aún de tigresa, pero me apetecía decirlo. El caso es que
Korovin realizó en 1885 para la Ópera de Sawa Mamontov, en Moscú, los diseños
de Aída, de Giuseppe Verdi, Carmen, de Georges Bizet, y Lakmé, de Léo Delibes. Trabajó después
en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, donde puso en escena obras como Fausto, de Gounod; El caballito jorobado, y Sadko.
Entre 1900 y 1910 compaginó sus trabajos escenográficos en los teatros imperiales en Moscú y San Petersburgo y, en
total, diseñó más de un centenar de puestas en escena de óperas y ballets,
entre ellos para el conocido teatro Bolshói. Sus decorados, en general, se decantan más por la
expresividad anímica y la emoción que por la descripción pormenorizada de los
ambientes.
 |
| Konstantin Korovin, Jardín de Margarita, diseño
para el acto III de Fausto, de
Charles Gounod, 1910 |
 |
| Konstantin Korovin, Mercado
oriental, diseño para El corsario, de
Adolphe Adam, 1912 |
 |
| Konstantin Korovin, diseño de decorado para El caballito jorobado, de Cesare Pugni,
1914 |
Tras la
Revolución de Octubre, Korovin diseñó escenografías para
óperas como La valquiria y Sigfrido, de Richard Wagner, Cascanueces,
de Pyotr Ilyich Tchaikovsky,
La leyenda de la ciudad
invisible de Kítezh,
de Nikolái Rimski-Kórsakov, El pájaro
de fuego,
de Igor Stravinsky, y muchas otras obras.
 |
| Konstantin Korovin, El bosque, La leyenda de la ciudad
invisible de Kítezh,
de Nikolái Rimski-Kórsakov, 1918 |
Durante la primera guerra
mundial, este mago de la ilusión escénica trabajó
como asesor de camuflaje, algo que también hicieron, en su caso para el
ejército alemán, artistas como August Macke, Franz Marc y Oskar Kokochka. Pocos
años después de acabada la guerra, Korovin se trasladó a París. Realizó diseños
para importantes teatros de Europa, Estados Unidos y Australia. Destacan, entre
ellos, los realizados para el ballet Don
Quijote, puesto en escena por Anna Pavlova en el Covent Garden de Londres,
y los destinados a la ópera El gallo de oro, de Rimsky-Korsakov,
para la Ópera de Turín, ambos en 1925.
 |
| Konstantin Korovin, decorado para Don Quijote, de Ludwig Minkus, 1925 |
Escenografía, temas españoles... Algo que encontraremos en una de sus discípulas en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de Moscú: Natalia Goncharova. Sobre ella hablaremos en el blog dentro de un par de semanas: os enamorará.
 |
| Natalia Goncharova, Bosque amarillo y verde, 1913 |
No vamos a despedirnos aún
de Konstantin Korovin, porque, ya lo sabéis, siempre nos quedará París. París,
sí, esa ciudad donde los pintores hacían todo aquello por lo que Korovin era
regañado en casa, y donde él nos esperará, la semana próxima, para mostrarnos
sus rincones favoritos. Quién sabe si en París hallaremos también a mi
amable y culta peluquera de San Petersburgo.
 |
| Konstantin Korovin, Mujer leyendo en una
terraza |