domingo, 10 de abril de 2016

Nuestra cita en París: Konstantin Korovin




Konstantin Korovin (1861-1939)


Aquí estamos, de nuevo en París. En esta ocasión, como ya os comenté la semana pasada, nos reunimos con Konstantin Korovin para recorrer la ciudad: una ciudad de la que se enamoró desde su primera visita en 1885, a la que regresó en otras ocasiones y donde se instaló definitivamente en 1923. Allí murió en 1939, diez días después del estallido de la segunda guerra mundial. Se ahorró ver cómo, menos de un año después, los alemanes iban de gris por las calles de París mientras Ilsa vestía de azul, como dice Rick en Casablanca. De todos modos, aún falta mucho para alcanzar esa fecha, así que vamos al encuentro de nuestro amigo. Vamos a esperarle en la terraza de este café, porque no tardará en llegar.


Konstantin Korovin, Café en París, 1898

Los cafés, ya lo sabéis, son una institución importante en la vida parisina, como en la de otras ciudades. En ellos, además de tomar, según la hora y nuestros gustos, un petit noir (mi preferido), un noisette, un café crème, un Perrier, una copa de vino o comer el plato del día, se lee, se escriben obras inmortales (aunque a veces se trate de una "inmortalidad" un tanto efímera), se fraguan revoluciones, se habla de literatura, de política, se habla de amor.


Konstantin Korovin, Café en París,  1890 c.

Konstantin Korovin, Café de la Paix

De día, de noche, vemos en los lienzos de Korovin algunos de estos cafés parisinos: el famoso café de la Paix, por ejemplo, situado en el cruce entre el boulevard des Capucines y la plaza de la Ópera. Este café, construido en 1862 por el arquitecto Charles Rohaut de Fleury, fue frecuentado por personajes tan célebres como Guy de Maupassant, Émile Zola, Pyotr Ilyich Tchaikovsky, Jules Massenet y Sergei Diaghilev, entre otros.

Konstantin Korovin, Plaza de la Ópera y café de la Paix

Konstantin Korovin, Boulevard des Capucines, 1906

Konstantin Korovin, Boulevard des Capucines, 1911

Korovin nos conduce a los cafés de Montmartre, junto al Moulin de la Galette, reflejado también por los pinceles de Renoir, Toulouse-Lautrec, Van Gogh, Maurice Utrillo o Picasso, entre otros artistas:


Konstantin Korovin, Rue Lepic, Montmartre


Konstantin Korovin, Boulevard de Montmartre


Vincent Van Gogh, Moulin de la Galette, 1886


Maurice Utrillo, Moulin de la Galette y Sacré-Cœur

Bailamos en los lienzos que representan esta famosa sala de fiestas que fue, después, sala de cine y oficina de la televisión francesa, y que en la actualidad se halla cerrada.


Pierre-August Renoir, Moulin de la Galette, 1876
Henri de Toulouse-Lautrec, Baile en el Moulin de la Galette, 1889

Pablo Ruiz Picasso, Le Moulin de la Galette

Si descendemos de Montmartre hasta Pigalle, en el boulevard de Clichy, nos encontraremos con otro célebre local: el Moulin Rouge, presente también en la obra de Toulouse-Lautrec, por supuesto, y de muchos otros pintores y también cineastas. Pero sigamos a Korovin, que ha echado a andar hacia el Moulin.


Konstantin Korovin, Moulin Rouge

Las noches luminosas de París, llenas de vida y movimiento, atraen a nuestro amigo. ¿Y a quién no? Incluso yo, que soy una especie de bebé gigante que hacia las ocho de la tarde empieza a bostezar y a caerse de sueño, me apunto con los ojos bien abiertos a estas parisinas excursiones nocturnas.

Konstantin Korovin, París, 1907

Konstantin Korovin, París

Konstantin Korovin, Plaza de la Bastilla

Guiados por las luces de la noche y con tan buena compañía, visitamos algunos de los monumentos de la ciudad. Por ejemplo, la torre de Saint Jacques, junto al boulevard de Sebastopol. Esta torre es lo único que queda de la iglesia gótica de Saint Jacques de la Boucherie, donde los peregrinos se reunían para emprender camino hacia Santiago. Otro tipo de peregrinaje realizó en esta torre Blaise Pascal: los experimentos que demostraban el peso del aire.


Konstantin Korovin, La Tour Saint Jacques

Konstantin Korovin, Boulevard de Sebastopol, 1923

Podemos acercarnos también a la Porte Saint-Denis, un arco de triunfo construido en 1672 por el arquitecto François Blondel y el escultor Michel Anguier que sigue el modelo del romano de Tito. Esta puerta monumental, que nos puede hacer pensar en el Arco de Triunfo de L'Étoile, aunque en un formato más pequeño, fue mandado construir por Luis XIV para echarse flores a sí mismo. Bueno, lo mismo hizo Napoleón Bonaparte con el otro Arco de Triunfo, el grande. Qué afición a aplaudirse a sí mismos y, además, con vítores de piedra.

Konstantin Korovin, La Porte Saint-Denis

Konstantin Korovin, La Porte Saint-Denis, 1932

Proseguimos nuestro paseo -a mí imaginadme con las manos en los bolsillos de los pantalones, cara de felicidad y el "¡mira!" a flor de labios-, deambulamos por calles y avenidas, desembocamos en plazas, nos asomamos al Sena y a veces nos sabemos de noche, pero en otras ocasiones la luminosidad nos desorienta hasta el punto de preguntarnos si es la tarde, el ocaso o si es noche sin más, o si tan pronto llegó la amanecida.

Konstantin Korovin, París, 1931

Konstantin Korovin, Noche, 1926

Konstantin Korovin, Grand Boulevard cerca de la Bastilla

¿Es de noche, de verdad, o es acaso esa hora incierta en la que todo se resume en resplandor, color, vibración del asombro? 

Konstantin Korovin, París por la noche

Konstantin Korovin, París nocturno

Konstantin Korovin, Rue Royale

Bueno, trasnochadores, si París bien vale una misa, como dicen que dijo, aunque me juego algo a que no lo dijo, Enrique IV, lo que es seguro es que París bien vale madrugar para disfrutar también de su belleza a la luz del día. ¡Y para desayunar!

Konstantin Korovin, París por la mañana, 1902

Konstantin Korovin, Calle de París, 1898

Konstantin Korovin, Calle de París, 1918


Konstantin Korovin, Después de la lluvia, 1897
París en invierno, como canta Ella Fitzgerald, París con su cara lavada por la lluvia, París cuando el sol juguetea con sus delicados tonos grises… En los lienzos que vemos se reflejan todos los efectos atmosféricos que tan caros son a los artistas impresionistas, como lo es Korovin, como lo fue ya en Moscú, antes de llegar por vez primera a París.

Konstantin Korovin, París en invierno


Konstantin Korovin, Después de la lluvia, 1900

Korovin en París, y nosotros con él. ¿Solo en París? No, nuestro moscovita parisino también nos acompaña a otras ciudades francesas, como Vichy:

Konstantin Korovin, Calle de Vichy, 1911

Konstantin Korovin, Calle de Vichy

Konstantin Korovin, Calle de Vichy, 1926

Poco he contado durante nuestros paseos de hoy sobre nuestro guía, Konstantin Korovin. Sobre él, sus trabajos y los motivos por los que le regañaban en su casa, ya hablé un poco aquí: Konstantin Korovin y la peluquera de San Petersburgo.
 

Konstantin Korovin, París, 1912

Y ahora, si me lo permitís, me retiro a casa para reposar un momento después de tanto callejear por París. Nos vemos la semana que viene, si queréis. ¡Tengo tanto que contaros sobre Natalia Goncharova y el Museo Ruso de Málaga!
Konstantin Korovin, En una habitación, 1919


 
  

sábado, 2 de abril de 2016

Konstantin Korovin y la peluquera de San Petersburgo




Konstantin Korovin (1861-1939)

Nací melenuda y despeinada, y el transcurrir del tiempo no ha mejorado la situación. El hecho de que a la peluquería vaya, como al médico, in extremis, tampoco ayuda mucho: al médico, porque le veo como al ogro de los cuentos y me asusta; a la peluquería, porque me aburro. Así me luce el pelo. El caso es que, una vez, disfruté como una loca en la peluquería –no en el médico-, y fue porque la peluquera era de San Petersburgo.  Solo eso ya me hizo muchísima ilusión, porque la idea de decir “mi peluquera de San Petersburgo” me hacía sentir como Natasha Rostova en Guerra y paz: no, desde luego, como Anna Karenina, porque la pobre acaba muy mal. Resultó, además, que la peluquera era una mujer encantadora, muy culta e inteligente, de modo que pronto nos encontramos hablando animadamente de Shostakóvich, de Stravinski, de la muerte de Pushkin, de Gogol, de Dostoyevski y de las noches blancas. Yo estaba tan a gusto que me habría dejado hacer tirabuzones o cortar el pelo al rape, con tal de seguir escuchando a mi peluquera.


Edgar Degas, La peluquera, 1896 c.

¿Por qué nos cuentas esto?, preguntaréis. Solo porque, últimamente, ando mucho por Rusia, por una razón que descubriréis si pincháis aquí, y de repente me he acordado de mi peluquera de San Petersburgo. En realidad, esa inteligente mujer no tiene nada que ver con nuestro invitado de hoy, quien, a pesar de haber estado en San Petersburgo, era moscovita: Konstantin Korovin.

Valentin Serov, Konstantin Korovin, 1891

Cuando Korovin viajó a París por vez primera en 1885, se sorprendió al ver que los pintores impresionistas hacían todo aquello por lo que a él le regañaban en casa: jugar con la luz, por ejemplo, deshacer las pinceladas... Ese tipo de cosas.


Konstantin Korovin, Última nieve, 1875
Así que el hombre, viendo a sus colegas franceses, se dijo que no andarían tan errados sus pinceles, y añadió: Konstantin, adelante. Adelante fue: en concreto, a Italia y a España, en 1888.


Konstantin Korovin, Florencia, 1888

Konstantin Korovin, Calle de Florencia bajo la lluvia, 1888

España pasó a formar parte de su obra: mantillas, guitarras, balcones, bailaoras, castañuelas y demás accedieron al tablado de sus lienzos para armar un buen jaleo.

Konstantin Korovin, Plaza española, 1902

Viajó también por el norte de Europa y por Rusia.
  
Konstantin Korovin, Puerto en Noruega, 1894

Konstantin Korovin, Hammerfest, 1894-95 c.

Konstantin Korovin, Noche blanca en Noruega, 1895 c.

Konstantin Korovin, Muelle en Arcángel, 1895
Los paisajes de Crimea se reflejaron, con toda su luminosidad pero también con sus oscuras honduras, en muchas de las pinturas de Korovin:

Konstantin Korovin, Café en Yalta, 1905

Konstantin Korovin, Playa de Crimea, 1909

Konstantin Korovin, Calle de Yalta, 1910
Varios lienzos fueron pintados en Gurzuf, a orillas del mar Negro:

Konstantin Korovin, Muelle en Gurzuf, 1914

Konstantin Korovin, En el jardín de Gurzuf, 1914

Konstantin Korovin, Gurzuf, 1915

Konstantin Korovin, Gurzuf, 1917



Korovin realizó diseños de pabellones para exposiciones como la Panrusa de 1896, celebrada en Nizhni Nóvgorod, para la cual diseñó el pabellón del Ferrocarril del Norte, y la Universal de París de 1900, en la que fue el encargado de diseñar la sección de Asia Central del Pabellón del Imperio Ruso.

Sección de Asia central en el Pabellón Ruso, Exposición Universal de París, 1900

Fue también escenógrafo, y aquí ya podéis imaginar, los que sabéis de mi pasión por la escenografía teatral, que mis ojos miopes empiezan a brillar con fulgores de tigre. Bueno, más o menos: en realidad, no tengo nada de tigre ni menos aún de tigresa, pero me apetecía decirlo. El caso es que Korovin realizó en 1885 para la Ópera de Sawa Mamontov, en Moscú, los diseños de Aída, de Giuseppe Verdi, Carmen, de Georges Bizet, y Lakmé, de Léo Delibes. Trabajó después en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, donde puso en escena obras como Fausto, de Gounod; El caballito jorobado, y Sadko. Entre 1900 y 1910 compaginó sus trabajos escenográficos en los teatros imperiales en Moscú y San Petersburgo y, en total, diseñó más de un centenar de puestas en escena de óperas y ballets, entre ellos para el conocido teatro Bolshói. Sus decorados, en general, se decantan más por la expresividad anímica y la emoción que por la descripción pormenorizada de los ambientes. 

Konstantin Korovin, Jardín de Margarita, diseño para el acto III de Fausto, de Charles Gounod, 1910

Konstantin Korovin, Mercado oriental, diseño para El corsario, de Adolphe Adam, 1912

Konstantin Korovin, diseño de decorado para El caballito jorobado, de Cesare Pugni, 1914

Tras la Revolución de Octubre, Korovin diseñó escenografías para óperas como La valquiria y Sigfrido, de Richard Wagner, Cascanueces, de Pyotr Ilyich Tchaikovsky, La leyenda de la ciudad invisible de Kítezh, de Nikolái Rimski-Kórsakov, El pájaro de fuego, de Igor Stravinsky, y muchas otras obras.

Konstantin Korovin, El bosque, La leyenda de la ciudad invisible de Kítezh, de Nikolái Rimski-Kórsakov, 1918


Durante la primera guerra mundial, este mago de la ilusión escénica trabajó como asesor de camuflaje, algo que también hicieron, en su caso para el ejército alemán, artistas como August Macke, Franz Marc y Oskar Kokochka. Pocos años después de acabada la guerra, Korovin se trasladó a París. Realizó diseños para importantes teatros de Europa, Estados Unidos y Australia. Destacan, entre ellos, los realizados para el ballet Don Quijote, puesto en escena por Anna Pavlova en el Covent Garden de Londres, y los destinados a  la ópera El gallo de oro, de Rimsky-Korsakov, para la Ópera de Turín, ambos en 1925.

Konstantin Korovin, decorado para Don Quijote, de Ludwig Minkus, 1925

Escenografía, temas españoles... Algo que encontraremos en una de sus discípulas en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de Moscú: Natalia Goncharova. Sobre ella hablaremos en el blog dentro de un par de semanas: os enamorará.



Natalia Goncharova, Bosque amarillo y verde, 1913


No vamos a despedirnos aún de Konstantin Korovin, porque, ya lo sabéis, siempre nos quedará París. París, sí, esa ciudad donde los pintores hacían todo aquello por lo que Korovin era regañado en casa, y donde él nos esperará, la semana próxima, para mostrarnos sus rincones favoritos. Quién sabe si en París hallaremos también a mi amable y culta peluquera de San Petersburgo.

Konstantin Korovin, Mujer leyendo en una terraza