Basta con que
el pequeño sea solitario y silencioso o, por el contrario, demasiado
exuberante, alegre hasta el cansancio, basta con que sea zurdo, con que
cualquier detalle le haga diferente, para que los vecinos, los hermanos y los
mismos padres empiecen a dudar. Comienzan todos a barajar recuerdos, estampas
de los pocos días, meses, años, de existencia del niño: ¿era ya así cuando nació?, se preguntan unos a otros, y en qué momento le brotó esa risa o desde cuándo esa mirada. Es duro crecer
cuando todos recelan, cuando incluso tu propia madre no está segura de
reconocerte. Ni tú mismo, tú mismo o el otro, porque no sabes, no puedes saber
quién eres en verdad. Te estrujas el cerebro en busca de las primeras,
recónditas memorias, pero qué niño no recuerda selvas, bosques, los gritos de
las bestias, el estruendo del agua en la cascada. No significa nada, eso no
prueba que seas quien no eres.
 |
| Henri Lebasque, Niño
bajo los árboles |
Hablo de
niños. En el primer párrafo que acabáis de leer, de los niños cambiados: esa
leyenda que forma parte del folclore de muchos lugares y en la que un demonio,
un trasgo, un hada, raptan a un niño humano para sustituirlo por uno de los
suyos.
 |
| Martino di Bartolomeo, Leyenda de San Esteban, detalle, Pinacoteca Civica di San Gimignano,
1401 |
 |
| Martino di Bartolomeo, Leyenda de San Esteban, Pinacoteca Civica di San Gimignano, 1401 |
Fijaos en
esta otra imagen: ¿veis quién ocupa la cuna y, en la esquina superior derecha
de la imagen, al diablo que se lleva al bebé?
 |
| Grupo Vergós (atr.), Nacimiento de San Esteban, retablo de Granollers, Museu Nacional
d’Art de Catalunya, Barcelona, 1495-1500 |
En otros
casos, son las hadas o los elfos quienes se dedican al hurto de niños:
 |
| Henry Fuseli, El
niño cambiado, Kunsthaus Zürich,
1780 |
Podemos verlo en diversas
imágenes inspiradas en El sueño de una noche de
verano, de William Shakespeare:
 |
| Joseph Noel Paton, El
sueño de una noche de verano. Los niños cambiados, Glasgow Museums, 1867 |
 |
| Arthur Rackham, El
niño cambiado, 1905 |
 |
| Arthur Rackham, El
sueño de una noche de verano, 1908 |
Un ser que no es de este mundo -hada,
demonio, duende o trol- se inclina sobre la cuna o atrae a la criatura, algo
más crecida, para llevársela. ¿Dónde está el niño? Se lo llevaron. O bien: este
no es mi hijo, es un duende o un demonio que dejaron a cambio, cuando me robaron
al mío. Deshagámonos del monstruo.
 |
| John Bauer, El niño
cambiado |
La realidad que subyace a estas feéricas
leyendas es mucho más sórdida: se trata del abandono de niños por el hecho de
ser distintos o porque sus madres, jóvenes solteras, están aterrorizadas, o
también, como recogen cuentos como el Pulgarcito de Charles Perrault o Hansel
y Gretel, de los hermanos Grimm, porque la miseria impide a los padres
alimentar a todos sus hijos. Pero ahí está el bosque, la selva o el desierto, esas bellas
metáforas del hambre, el frío, el miedo,
el llanto, las fieras, la muerte.
 |
| Benjamin König, Hansel
y Gretel |
 |
| Jorge Villalba, Hansel
y Gretel I, 2008 |
Los niños temen un abandono que se puebla de
ogros hambrientos y maléficas brujas. Los niños temen ser devorados.
Un día, muy
temprano o, por el contrario, arrebujados entre las sombras de la noche, uno o
dos adultos salen de una casa con una criatura demasiado asustada como para
entender lo que está a punto de ocurrirle. Se adentran por los senderos del
bosque, lejos, muy lejos de las aldeas, de las casas, de los establos, de los
hogares encendidos, de la compañía de los hombres y de los animales domésticos,
lejos, tan lejos como para que el niño no pueda regresar. No es mi hijo, se dicen, para endurecer aún más sus duros corazones.
 |
| Kay Nielsen, Bosque |
Los niños no regresan, ya no se sabe de ellos. Se dice –pero son tantas las
cosas que se dicen- que algunos aún viven y vagan por
los bosques, violentos, salvajes, llenos de rabia. Llenos de pena y miedo. Si desaparecen unas
gallinas, si una oveja se encuentra muerta y con la carne desgarrada, no se piensa
en un zorro o en un lobo, sino en aquellos desterrados. Porque alguno de estos
niños perdidos, abandonados, consigue
sobrevivir. Se convierte, entonces, en un niño salvaje.
 |
| François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970 |
Un niño
asustado, que grita y muerde.
 |
| François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970 |
Solo un niño.
 |
| François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970 |
El niño en el
que se inspira la película de Truffaut fue capturado por unos cazadores a
finales de septiembre de 1799, cerca de los Pirineos. Logró escapar, pero fue
atrapado de nuevo. El médico Jean Marc Gaspard Itard se hizo cargo de él e
intentó hacer que se adaptase a la civilización. Le llamó Víctor: se le conoce como Víctor de
Aveyron. Según algunas teorías, Víctor no era un auténtico niño salvaje, sino
un pequeño que había sufrido abusos. Sea como sea, la palabra que le
corresponde a ese niño es esta: dolor.
 |
| François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970 |
Otra criatura cuya desdicha y extrañeza ha sido
recogida por la literatura y el cine es Caspar Hauser. En mayo de 1828 se le
encontró en una calle de Nuremberg, con una carta cosida a su ropa. Se le había
mantenido cautivo durante mucho tiempo, con la única compañía de un caballo de
juguete.
 |
| Werner Herzog, El enigma de Caspar Hauser, 1974 |
 |
| Werner Herzog, El enigma de Caspar Hauser, 1974 |
 |
| Peter Sehr, Caspar
Hauser, 1993 |
El niño se
aferra a la mano del adulto, alza la cabeza y busca con su mirada esos ojos
que, sin embargo, le rehúyen. Siente un tirón en su brazo: vamos, hay que
apresurarse. La soledad del bosque no puede esperar.
 |
Hans
Emmenegger, El límite del bosque,
colección particular, 1924
|
Con nosotros se marcha
El de mirada solemne:
Ya no oirá el mugido
De los terneros en la cálida colina
O a la tetera en la cocina
Cantar paz para su pecho,
Ni verá el cuello pardo de los ratones
Alrededor del cajón de la harina de avena.
Pues se viene, el niño humano,
A las aguas y lo silvestre
Con un hada, de la mano,
Desde un mundo con más llanto del que puede entender.
(William Butler Yeats, El niño robado)
 |
Ernst Ludwig
Kirchner, El límite del bosque,
Kunsthaus Glarus, 1935-36 c.
|
Ten cuidado,
Víctor: el fuego quema.
 |
| François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970 |