miércoles, 7 de octubre de 2015

Roma o la felicidad de la carne





No estoy segura de que Roma exista. Roma reúne tanto significado -tantos significados- que, probablemente, estalló en mil pedazos hace mucho tiempo, por ese exceso de significación. Ahí están las ruinas para demostrarlo, pero también cada piedra, cada uno de los fragmentos, murmura sin cesar su propia historia, destilando un nuevo aluvión de significados. Son muchas, tal vez demasiadas, las Romas que crecen sobre Roma. A lo mejor por eso se dice que es eterna: porque es inagotable.

Ramón Gaya, El Palatino, 1958

Sobre las ruinas se reconstruyen, en nuestra imaginación, los edificios íntegros, lo truncado se completa, los vacíos se llenan. Crece así, sobre lo que subsiste y sobre lo que falta, lo que fue en un determinado momento. En ese preciso instante que recreamos, claro, solo en ese preciso instante, cuando este edificio ya había sido construido pero aquel otro no, ni, por supuesto, cuando había llegado el ganado a pastar entre los monumentos ni estos eran desvalijados para reutilizar los materiales en nuevas construcciones. Roma, entonces. ¿Cuándo? ¿Qué Roma?

Joseph Mallord William Turner, Roma moderna. Campo Vaccino,  J. Paul Getty Museum, Los Ángeles, 1839

Podría ser la Roma de togas y palios, o la de los peregrinos que, durante los siglos medievales, ponen en pie una Roma de leyendas piadosas, milagro, fe y también, por qué no, de negocios en torno a las reliquias. Entre ruinas y rezos nacen, a medio camino entre la guía turística y el mundo de lo maravilloso, las Mirabilia Urbis Romae, que desde el siglo XII entreveran en sus páginas consejos prácticos y palacios encantados, descripciones de monumentos e historias de nigromantes. Es decir, Roma.

Mirabilia Urbis Romae

Quizás prefiráis optar por esa Roma del Cinquecento en la que la actividad artística y arquitectónica no cesa de dar nueva forma a la ciudad y donde las palabras nacidas en Florencia durante el Quattrocento se pronuncian con un lenguaje firme y clásico que Miguel Ángel comienza ya a declinar de otra manera. 

Donato Bramante, Templete de San Pedro en Montorio, Roma, 1502-10

Miguel Ángel, Biblioteca Laurenciana, escalera, Florencia, 1520-34 c.

¿Y si nos quedamos con la Roma triunfal del barroco y con sus grandes proyectos urbanísticos, en gran medida destinados a impresionar, a seducir, a acoger, a marcar los itinerarios urbanos de los peregrinos y ya, aunque todavía no exista la palabra, de los turistas?


Johannes Lingelbach, Piazza del Popolo, Akademie der bildenden Künste, Viena, 1664
He escrito “turistas” y, ya sea que hablemos de turismo, del Grand Tour que nace, con fuerza, a mediados del XVII o de los peregrinos, hablamos, al mismo tiempo, del souvenir, del recuerdo. Reliquia, insignia o plancha metálica con un motivo religioso, como las que empiezan a difundirse en el siglo XII; estampa, grabado, veduta o incluso pequeñas réplicas en escayola o en bronce de los monumentos, todo nos conduce a la misma afirmación: estuve allí, lo recuerdo. Nos conduce, también, como el propio recuerdo, descontextualizado, inconcluso, al fragmento: esencia de la ruina, de la historia del arte - desde donde alcanza a otras disciplinas-, del monstruo, del coleccionismo y también del terror, entre muchas otras cosas.

Henry Fuseli, El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas, Kunsthaus, Zürich, 1778-80

Las vistas enmarcadas –esos encuadres de la escisión, con palabras de Rafael Argullol que he citado a menudo- recalcan el valor del monumento como fragmento:


Joseph Mallord William Turner, Capricho con vista de la cúpula de San Pedro a través de las ruinas de un arco, Tate Britain, Londres, 1797 c.

Jean-Baptiste-Camille Corot, El Coliseo visto a través de los arcos de la basílica de Constantino, Musée du Louvre, París, 1825


Vámonos a Roma. Ahora mismo. A la Roma de Piranesi, a la de Turner, a la que queráis, no importa, pero vámonos. A esa Roma “carnal, terrenal, sin… ¿espíritu?”, como escribe Ramón Gaya, esa Roma cuya “desenfadada belleza” puede llegar a irritar, según el pintor.


Ramón Gaya, Atardecer romano, 1956

Ramón Gaya, Circo Massimo, 1958

Ramón Gaya, Coliseo, 1956

Unos años más tarde, Gaya insiste en el mismo concepto de la carnalidad de Roma: “Hay algo muy ciego en lo romano -puesto que es carne-, algo muy espeso, insensible, sin salida, sin salvación, o sea, como irremediablemente... feliz”.
Es esa felicidad con que la ciudad y sus monumentos se contemplan a sí mismos en el reflejo del Tíber:

Ramón Gaya, Los baños del Tíber, colección particular, 1971

Jean-Baptiste-Camille Corot, El castillo de Sant’Angelo, Palais des Beaux-Arts de Lille, 1834

Creo que son muchos los pintores que se han dado cuenta de lo que dice Gaya y han reconocido a Roma como lo que es: una ciudad de carne, sin salvación, feliz. Eterna.

Viviano Codazzi, Arco de Constantino, 1655 c.

Joseph Michael Gandy, Arco de Tito, Royal Institute of British Architects, Londres 1795 c.

Jean-Baptiste-Camille Corot, Monte Pincio, Art Institute of Chicago, 1840-50 c.


Jean-Baptiste-Camille Corot, Basílica de Constantino, colección particular, 1826-28 c.

John Arthur Malcolm Aldridge, Piazza di Trevi, Royal Academy of Arts (Burlington House), Londres, 1957

Pero la carne también encierra su misterio. En varias de las obras que hemos visto se percibe. Turner también lo advirtió.

Joseph Mallord William Turner, Roma, colección particular, 1838

Joseph Mallord William Turner, Foro con arco iris, British Museum, Londres, 1819

Un fragmento de felicidad, un fragmento de recuerdo, de carne, de misterio: un fragmento de eternidad. Roma sobre Roma.


Joseph Mallord William Turner, Arco de Constantino, Tate Britain, Londres, 1835 c.


 


domingo, 4 de octubre de 2015

La soledad del bosque





Basta con que el pequeño sea solitario y silencioso o, por el contrario, demasiado exuberante, alegre hasta el cansancio, basta con que sea zurdo, con que cualquier detalle le haga diferente, para que los vecinos, los hermanos y los mismos padres empiecen a dudar. Comienzan todos a barajar recuerdos, estampas de los pocos días, meses, años, de existencia del niño: ¿era ya así cuando nació?, se preguntan unos a otros, y en qué momento le brotó esa risa o desde cuándo esa mirada. Es duro crecer cuando todos recelan, cuando incluso tu propia madre no está segura de reconocerte. Ni tú mismo, tú mismo o el otro, porque no sabes, no puedes saber quién eres en verdad. Te estrujas el cerebro en busca de las primeras, recónditas memorias, pero qué niño no recuerda selvas, bosques, los gritos de las bestias, el estruendo del agua en la cascada. No significa nada, eso no prueba que seas quien no eres.

Henri Lebasque, Niño bajo los árboles

Hablo de niños. En el primer párrafo que acabáis de leer, de los niños cambiados: esa leyenda que forma parte del folclore de muchos lugares y en la que un demonio, un trasgo, un hada, raptan a un niño humano para sustituirlo por uno de los suyos.

Martino di Bartolomeo, Leyenda de San Esteban, detalle, Pinacoteca Civica di San Gimignano, 1401

Martino di Bartolomeo, Leyenda de San Esteban, Pinacoteca Civica di San Gimignano, 1401


Fijaos en esta otra imagen: ¿veis quién ocupa la cuna y, en la esquina superior derecha de la imagen, al diablo que se lleva al bebé?

Grupo Vergós (atr.), Nacimiento de San Esteban, retablo de Granollers, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona, 1495-1500
En otros casos, son las hadas o los elfos quienes se dedican al hurto de niños:

Henry Fuseli, El niño cambiado, Kunsthaus Zürich, 1780


Podemos verlo en diversas imágenes inspiradas en El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare:

Joseph Noel Paton, El sueño de una noche de verano. Los niños cambiados, Glasgow Museums, 1867

Arthur Rackham, El niño cambiado, 1905

Arthur Rackham, El sueño de una noche de verano, 1908

Un ser que no es de este mundo -hada, demonio, duende o trol- se inclina sobre la cuna o atrae a la criatura, algo más crecida, para llevársela. ¿Dónde está el niño? Se lo llevaron. O bien: este no es mi hijo, es un duende o un demonio que dejaron a cambio, cuando me robaron al mío. Deshagámonos del monstruo.

John Bauer, El niño cambiado

La realidad que subyace a estas feéricas leyendas es mucho más sórdida: se trata del abandono de niños por el hecho de ser distintos o porque sus madres, jóvenes solteras, están aterrorizadas, o también, como recogen cuentos como el Pulgarcito de Charles Perrault o Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm, porque la miseria impide a los padres alimentar a todos sus hijos. Pero ahí está el bosque, la selva o el desierto, esas bellas metáforas del hambre, el frío, el miedo, el llanto, las fieras, la muerte.

Benjamin König, Hansel y Gretel

Jorge Villalba, Hansel y Gretel I, 2008

Los niños temen un abandono que se puebla de ogros hambrientos y maléficas brujas. Los niños temen ser devorados. 

Un día, muy temprano o, por el contrario, arrebujados entre las sombras de la noche, uno o dos adultos salen de una casa con una criatura demasiado asustada como para entender lo que está a punto de ocurrirle. Se adentran por los senderos del bosque, lejos, muy lejos de las aldeas, de las casas, de los establos, de los hogares encendidos, de la compañía de los hombres y de los animales domésticos, lejos, tan lejos como para que el niño no pueda regresar. No es mi hijo, se dicen, para endurecer aún más sus duros corazones.


Kay Nielsen, Bosque

Los niños no regresan, ya no se sabe de ellos. Se dice –pero son tantas las cosas que se dicen- que algunos aún viven y vagan por los bosques, violentos, salvajes, llenos de rabia. Llenos de pena y miedo. Si desaparecen unas gallinas, si una oveja se encuentra muerta y con la carne desgarrada, no se piensa en un zorro o en un lobo, sino en aquellos desterrados. Porque alguno de estos niños perdidos, abandonados, consigue sobrevivir. Se convierte, entonces, en un niño salvaje.

François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970
Un niño asustado, que grita y muerde.

François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970


Solo un niño. 

François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970

El niño en el que se inspira la película de Truffaut fue capturado por unos cazadores a finales de septiembre de 1799, cerca de los Pirineos. Logró escapar, pero fue atrapado de nuevo. El médico Jean Marc Gaspard Itard se hizo cargo de él e intentó hacer que se adaptase a la civilización. Le llamó Víctor: se le conoce como Víctor de Aveyron. Según algunas teorías, Víctor no era un auténtico niño salvaje, sino un pequeño que había sufrido abusos. Sea como sea, la palabra que le corresponde a ese niño es esta: dolor.

François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970

Otra criatura cuya desdicha y extrañeza ha sido recogida por la literatura y el cine es Caspar Hauser. En mayo de 1828 se le encontró en una calle de Nuremberg, con una carta cosida a su ropa. Se le había mantenido cautivo durante mucho tiempo, con la única compañía de un caballo de juguete.

Werner Herzog, El enigma de Caspar Hauser, 1974

Werner Herzog, El enigma de Caspar Hauser, 1974

Peter Sehr, Caspar Hauser, 1993

El niño se aferra a la mano del adulto, alza la cabeza y busca con su mirada esos ojos que, sin embargo, le rehúyen. Siente un tirón en su brazo: vamos, hay que apresurarse. La soledad del bosque no puede esperar.


Hans Emmenegger, El límite del bosque, colección particular, 1924

Con nosotros se marcha
El de mirada solemne:
Ya no oirá el mugido
De los terneros en la cálida colina
O a la tetera en la cocina
Cantar paz para su pecho,
Ni verá el cuello pardo de los ratones
Alrededor del cajón de la harina de avena.
Pues se viene, el niño humano,
A las aguas y lo silvestre
Con un hada, de la mano,
Desde un mundo con más llanto del que puede entender.

(William Butler Yeats, El niño robado)



Ernst Ludwig Kirchner, El límite del bosque, Kunsthaus Glarus, 1935-36 c.
Ten cuidado, Víctor: el fuego quema.
 

François Truffaut, El pequeño salvaje, 1970