miércoles, 2 de noviembre de 2016

El rostro deshabitado





“Hacer un rostro de mármol significa eliminar de la piedra aquello que no es un rostro” 
(Antón Chéjov, Consejos a un escritor)


Un día, nos quitamos el nombre. Para qué lo queremos: cualquier otro podría servir; mejor aún, ninguno. Al cabo admitimos, resignados, que de algún modo tendremos que ser nombrados, pero ya no le concedemos importancia. Sabemos que no somos nuestros nombres, como no somos ninguna de las otras categorías que se supone que deberían etiquetarnos. Pero, decidme, ¿somos acaso nuestros cuerpos? ¿Somos nuestros rostros, tan cambiantes no solo a través de los años, sino también a lo largo del día? Los estados de ánimo, la fatiga, la enfermedad, la luz y la sombra afianzan, desdibujan, modifican nuestros rasgos. ¿Qué sucede si nos olvidamos también del rostro?

Ellis Wilson, Familia


Miguel Ángel, Piedad Rondanini, detalle
Esa es una pregunta que se plantean los artistas desde hace mucho tiempo. Lo hacen, sin duda, en los apuntes y bocetos que tan atractivos resultan por su esencialidad, su ausencia de detalles; lo hacen también en lo voluntaria o involuntariamente inacabado. ¿Cómo no pensar en esos rostros que surgen, apenas esbozados, de la piedra? Sí, el non finito que nos seduce en la pintura, el dibujo, la escultura, la arquitectura, la música y la literatura: ese ceñirse a lo esencial que abraza la materia sin ocultarla. Lo contrario al minucioso, excesivo y a menudo relamido acabado del academicismo que en el caso de la pintura, por ejemplo, rechazamos por su propia negación de la materialidad de la pintura.

Edvard Munch, La boda, boceto

Ignacio Pinazo, Boceto
Nos seduce la inmediatez, la viveza del trazo en estos bocetos –o ya no bocetos, sino obras concluidas en su aparente inconclusión- que recorren con pinceladas sueltas el papel o el lienzo o dejan la impronta de los dedos sobre el barro o la cera. Captamos ese sentido oriental del vacío -tan diferente del que predomina en occidente- ante las superficies que quedan sin cubrir, sin adoptar forma definida. Es este un vacío, nos recuerda Yasunari Kawabata, que está colmado, que  trasciende fronteras. ¿Vacío?, nos preguntamos. ¿Podemos considerar así la verdad física, material, que se revela como parte constituyente de la forma? 

Georges Rouault, Terraza en Versalles

René Magritte, El beso de los amantes
Dejemos aparte los rostros que se ocultan bajo máscaras, telas, los brazos o las manos, dejemos al margen las  figuras de espaldas que Miguel Ángel, por ejemplo, hereda de Masaccio, de Uccello, de Piero, y que tantas obras de arte recorrerá, como una puerta para adentrarnos en ellas y acicatear nuestra imaginación. Apartemos también los rostros metamorfoseados de Arcimboldo, por ejemplo, para quedarnos solo con el rostro desnudo, tan desnudo que del propio rostro se despoja.  

Lim Cheol Hee, Hombre

¿Por qué ese despojamiento? ¿Debemos remitirnos a esa deshumanización del arte de la que habló Ortega y Gasset? ¿Un fenómeno que afectaría no tan solo al arte, sino a la propia humanidad del sujeto, convertido en réplica de otros, uno entre tantos, igual a tantos, un alguien o mejor un algo indistinguible de la masa con la que se confunde? ¿O un humano despojado de su humanidad, reducido a objeto? Cuánto me aterra esa despiadada lógica del campo de concentración y de exterminio: convertidos en cosas, podemos ser utilizados, destruidos, arrojados a la basura como un desecho ni tan siquiera orgánico. Es la misma perversa realidad de la pornografía, esa negación del sexo, de la vida; la misma que hallamos en la publicidad que muestra a las mujeres como muñecas rotas.

Giorgio de Chirico, Héctor y Andrómaca

Joaquín Sorolla, En la playa, boceto
Pero me perdí. Lo siento, ya estoy de regreso. Vemos, sobre estas líneas, la imagen de uno de los cuadros de maniquíes de Giorgio de Chirico. Alberto Savinio, su hermano,  describe en su poema Les chants de la mi-mort a “un hombre sin voz, sin ojos y sin rostro, hecho de dolor, hecho de pasión, hecho de alegría”. ¿Alegría? Sí, ¿por qué no hallar la alegría también en estas escenas relajantes, placenteras, de personas que dejaron su rostro para disfrutar de las caricias del agua, del sol, de la brisa? 

Henri Lebasque, Tres mujeres junto al mar

Ramón Gaya, Mujeres en la acequia

József Rippl-Rónai, Escena en el jardín de Count Somssich
Otros lugares donde desprenderse del rostro sin angustia son los jardines, los parques... allá donde los árboles nos quieren, nos aceptan, nos abrazan y nos reconocen más allá de nuestros rasgos particulares. Cada árbol es uno, cada animal, cada ser humano, incluso cada instante. Únicos, múltiples, tal vez –qué sé yo- infinitos. Cuánto árbol en el árbol, cuánta ave en el ave, cuánto perro en el perro, cuánto gato en el gato, cuánto hombre en el hombre, cuánto ahora –cuánto siempre- en el ahora.

August Macke, Chicas entre los árboles

Pablo Ruiz Picasso, Niños en los Jardines de Luxemburgo

Volví a perderme. Ya estoy de vuelta, pero solo para perderme de nuevo –para perder el rostro- entre las páginas de un libro. ¿Imagináis que en nuestras caras se reflejasen los personajes, los escenarios, los acontecimientos del relato que leemos? ¡Qué vértigo de identidades!

Anna Ancher, Joven en un jardín con una sombrilla naranja

August Macke, La mesa del jardín
El rostro vacío puede producir desazón, pero también, junto al dolor, esa alegría de la que hablaba Savinio. Esa calma y armonía que saben a Antigüedad en obras como estas:

Henri Lebasque, Entre las antiguas ruinas

James McNeill Whistler, Sinfonía en blanco y rojo

John Duncan Fergusson, Café-Concert des Ambassadeurs

¿Y todas las posibilidades que ofrece ese vacío? El rostro del actor, del cantante, ¿no encierra los de todos los papeles que ha interpretado o interpretará, todas sus voces, sus pasiones, su música? ¿Y las caras de los niños? ¿No habéis visto nunca en ellas los rostros que serán, del mismo modo que en nuestros semblantes adultos se entrevén, sobre todo en los momentos de descuido, los niños que fuimos, que quizás seguimos siendo en algún tiempo que no podemos concebir?

Henri Lebasque, Niña en Saint-Tropez

Leonid Pasternak, En el sofá
Creo que cuando es más fácil amar a una persona es cuando se distrae, cuando se abstrae hasta el punto de olvidar su propio rostro, ese rostro-máscara modelado por identidades, etiquetas, nombres, el lugar que ocupa –que cree ocupar- en el mundo. Ahí aflora la inocencia del niño, su entrega, también un desconcierto que suscita la ternura. Un rostro sin rostro suele ser un rostro sumido en el instante: abole el tiempo. 

John Duncan Fergusson, En el balcón

Édouard Vuillard, Mujer de negro

Qué decir de la muerte, la que lo borra todo. Ante el rostro deshabitado e irreconocible del muerto quisiéramos que nuestro rostro arrasado de superviviente se desvaneciese también para siempre. Pero no solo en la muerte se desdibujan nuestros rostros: también lo hacen en el placer. Ya veis, como siempre, esa vieja pareja de Eros y Tánatos acuden cogidas de la mano.

Ellis Wilson, Cortejo fúnebre

Evaristo Valle, La orgía

Francis Bacon, Estudio para la cabeza de Freud Lucian
Ya he escrito demasiado, ¿verdad? Y, sin embargo, aún me falta detenerme en un punto importante. Venga, descansad, id a dar una vuelta, lo que queráis, pero si luego volvéis para terminar de leer esto, os lo agradeceré. Veréis, lo que quiero es recordar una interesante pregunta que Francisca Ferrer Gimeno formuló hace unos días: “¿es correcto llamar “retrato” a un cuadro donde los personajes no tienen rostro?”.

Milan Kundera nos cuenta, a propósito de la obra de Francis Bacon: “Todos los retratos que han sido jamás pintados quieren desvelar el «yo» del modelo. Pero Bacon vive en la época en la que el «yo» fatalmente se esquiva. En efecto, nuestra más trivial experiencia personal nos enseña (sobre todo si la vida detrás de nosotros se prolonga demasiado) que los rostros son lamentablemente parecidos (incrementando aún más esa sensación la insensata avalancha demográfica), que se dejan confundir, que se diferencian el uno del otro por muy poca cosa, algo apenas perceptible, que, matemáticamente, muchas veces no representa, en la disposición de las proporciones, sino unos milímetros de diferencia. Añadamos a eso nuestra experiencia histórica que nos ha hecho comprender que los hombres actúan imitándose unos a otros, que sus actitudes son estadísticamente calculables, sus opiniones manipulables, y que, por tanto, el hombre es más un elemento de una masa que un individuo”.

Francis Bacon, Cabeza de Papa

¿Qué hacemos con esos rostros deformados, retorcidos en una espiral de carne y pigmentos, esas caras tachadas, deshechas, disueltas en un puro alarido? ¿Son retratos? O, más allá de la violencia, totalmente al margen de ella para recrearnos en un momento de placidez doméstica, ¿acaso no reconocemos a Virginia en este retrato –sí, retrato- pintado por su hermana?

Vanessa Bell, Virginia Woolf

“Para mí, es como un arte de la sugerencia –comentó Juan Manuel Freire-: siento que su expresión está ahí, puedo imaginarla. Se me revela a través de su contexto: la postura corporal, la posición ante el resto de personajes, el conjunto en que se integra, la actitud que se deduce... Claro que acaso sea sólo una percepción muy personal, pero también es cierto que es el receptor quien pone el punto y final a una obra artística, ¿no?”. El comentario de Juan Manuel completó y mejoró el mío acerca del papel que juega en el retrato la disposición del cuerpo, la forma de estar, de ocupar el espacio, que nos permite, por ejemplo, reconocer a Virginia en esta mujer sin rostro. 

Vanessa Bell, Virginia Woolf en una hamaca

Dije entonces, lo digo también ahora, que un árbol, una silla, una casa, una escoba, un cuenco de loza, pueden ser retratos. ¿Cómo no ver el rostro de Van Gogh en sus humanos cipreses o en sus cielos? Y ya no el gran Vincent sino yo, tan solo yo, me veo retratada en esta obra de Jim Holland: silla, habitación desnuda, ventana, mar. Una mujer.


Jim Holland, Perspectiva

Gracias, Francisca y Juan Manuel. Gracias a todos los amigos que con vuestros comentarios, sugerencias y preguntas me ayudáis a pensar.
 

 
 
 
  

25 comentarios:

  1. Qué maravilla de entrada!!!1 Los amantes de Magritte me han inspirado siempre, y Frances Bacon también...en realidad todos pero siempre tenemos a alguien por ahí que nos gusta e incluso nos persigue, y estos dos autores siempre los tengo presentes.
    Un besito y feliz miércoles.

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    1. ¡Perseguida por Magritte y Bacon! No, es verdad: hay artistas que nos hablan con una voz especial a cada uno de nosotros. Un abrazo grande de miércoles, Marigem.

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  2. Unas estampas sin rostro que nos muestras son o no retratos , he ahí la cuestión. Lo que para artista representa esas obras , bocetos ellos sólo lo saben. Cuando hacemos un boceto de una pintura la dejamos en la esencia y en la composición. Después llevar a cabo la terminación depende de cada uno , de cada momento. Yo no le llamaría retrato a una cara sin rostro, pero seguramente si lo es. Un abrazo Carmen

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    1. Pero en los casos de Virginia pintada por su hermana Vanessa, por ejemplo, sí que se reconoce a la modelo, aunque carezca de rostro. De todos modos -y esta es otra cuestión- tampoco tengo claro que el retrato deba implicar, necesariamente, el reconocimiento ni, desde luego, el parecido. ¡Ay, perdón, porque ya empiezo a perderme otra vez con mis divagaciones! Soy terrible, Mari Carmen: menos mal que no me lo tenéis en cuenta. Un fuerte abrazo, artista.

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  3. "En la ciudad había un hospital para curar la piel de los aviadores que resultaban quemados en los accidentes de aviación y a menudo se les veía caminar por las calles con su uniforme del hospital de color azul brillante y vendajes blancos. A veces los vendajes les cubrían toda la cara, con agujeros solo para los ojos y la boca; a veces no llevaban vendajes, y no tenían cara, realmente como si su cara hubiera estado hecha de cera y se hubiera derretido. Cuando se encontraban con esos hombres por la calle, su madre le cogía de la mano y apresuraba el paso. Decía que era grosero mirar a la cara a esos pobres hombres, y Timothy suponía que tenía razón; pero también parecía grosero pasar de largo y mirar hacia el otro lado. Era difícil saber qué hacer. Se preguntaba qué preferían aquellos hombres".
    David Lodge. Fuera del cascarón.

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    1. ¡David Lodge, Daniel! Y, precisamente, Fuera del cascarón. ¡Gracias! La cita es muy oportuna. Y terrible.

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  4. Hola de nuevo:
    hoy he unido dos entradas muy diferentes entre sí, pero igual de fascinantes.
    No sé si atreverme a opinar sobre algo tan difícil como los retratos sin rostro. Sin facciones, más bien. ¿Son retratos?
    No sé. A mi me parece que sí, pero no me arriesgo a discutirlo. Sólo puedo argumentar que sí, porque un retrato, al uso, con facciones y expresión, es algo inamovible en un determinado momento. Nunca más será igual; muy similar pero, aún asi, diferente. Si no hay rasgos, el momento es más amplio, aunque siga siendo único en el tiempo.
    Además, un retrato, no sólo muestra los ojos, la nariz o unos pómulos, por así decir, muestra el espíritu de la persona. Su carácter y, si el pintor es realmente bueno, su alma. Es mucho más que una cara; dicho así suena poco claro, lo sé. No sé explicarme mejor, pero en esencia lo que quiero decir es que un retrato es más que lo que se ve a simple vista, luego sin facciones también se puede retratar.

    En fin, que me he liado yo misma, y que aún gustándome mucho los retratos, con facciones o sin ellas, para mi, lo son.

    Saludines y feliz semana a todos

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    1. Lo has expresado perfectamente, Harry. Por eso, como dices, un buen pintor -también un buen fotógrafo- logra capturar ese milagro que va más allá de la apariencia física y que, incluso, a veces la refuta.
      Un abrazo enorme, Harry.

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  5. Los lisos retratos sin rostro son retratos, tal vez más del pintor que del modelo, tal vez más del que los mira que de quien figura en ellos. De la misma forma que, como bien dices, los girasoles nos muestran el rostro de Van Gogh.
    Se puede transmitir mucho solo con la sugerencia como dice Juan. Se puede encontrar uno a sí mismo como tú en esa silla frente a la ventana.
    Me ha maravillado tu entrada.
    Un beso.

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    1. Es sugerente lo que dices, Rosa, porque en cada retrato -y no solo en el retrato- hay una complicidad entre el artista, lo que pinta y el espectador que contempla su obra y la reinventa. Bueno, es lo mismo que sucede en la literatura, lo sabes.
      ¿Verdad que me parezco a esa silla, a esa habitación y a esa ventana? Me pregunto si, cuando tenga que renovarme el carnet de identidad, la policía me aceptará como foto la Perspectiva de Holland ;)Entre nosotras: cuando mi madre veía mis fotos en el DNI, siempre me decía: "nena, no sé cómo no te detienen". ¡Mucho mejor la silla!
      Un abrazo, Rosa.

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  6. El gesto corporal y el entorno son también retratos.
    Yo veo mal y reconozco a muchas personas por su gestualidad, incluso un breve levedad en una mano me dice cosas imposibles de expresar de otra manera.
    Excelente post Carmen.

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    1. Me sugieres la idea de cómo dos personas muy parecidas físicamente pueden diferenciarse por sus gestos y sus expresiones, es decir, por el movimiento. Gracias, Alexandra.

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  7. Si te tuviera que poner nota en esta entrada, sería matrícula de honor, Carmen. Además de presentar unas pinturas fantásticas, me has hecho reflexionar sobre un tema muy interesante para mí. Suelo fijarme mucho en las expresiones faciales para tratar de adivinar los pensamientos, emociones y mentiras/verdades de otros; sin embargo, con tu entrada, he caído en la cuenta de que en la pintura como en la fotografía, artes en las que se tiene en cuenta el entorno, el rostro nítido puede llegar a ser un elemento secundario de información, sobre todo, si pretendemos destacar el anonimato o centrarnos más en lo que es que en lo que aparenta. Siempre se ha dicho que la mirada es una fuente importantísima de información y creo que es cierto, pero igual de cierto es que los ciegos recurren a otros elementos para transmitir y percibir sentimientos y estados emocionales. Por eso no creo que la mirada ni las expresiones faciales sean determinantes para identificarnos. ¿Cuántas veces he salido de casa con una cara y al regresar y mirarme en el espejo, casi ni me he reconocido? A medida que transcurren los años, me miro cada vez menos en el espejo (para evitar sobresaltos) y más en el interior, que es ahí donde reside nuestro verdadero yo, a veces, tan escondido que ni nosotros mismos somos capaces de localizarlo. Un besazo.

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    1. El aura. Sin ninguna connotación esotérica: el aura como esa sensación que emana de los objetos y de los seres vivos. Como dice Walter Benjamin: "¿Qué es el aura propiamente hablando? Una trama particular de espacio y tiempo: la aparición irrepetible de una lejanía por cercana que esta pueda hallarse".
      Un abrazo grande, Carmela.

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  8. Muy interesantes tus reflexiones, Carmen. Y la selección de obras, como de costumbre, exquisita e ilustrativa. Gracias!

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    1. Siempre con las preguntas a cuestas, desencadenando más preguntas. Gracias a ti, Juan Luis.

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  9. Lo primero que se me ocurre es que esos retratos sin detalles son como la lencería. Es decir, su función es sugerir al expectador. ¿Qué excita más la imaginación una mujer vestida o medio vestida? La lencería esconde y muestra y sugiere a partes iguales y aguijonea la curiosidad. ¡Ah, la curiosidad...! La curiosidad induce a desnudar para saber cómo es lo que se nos esconde.
    Lo mismo sucede con esos retratos: hacen volar la imaginación.¿Son un reflejo fiel de una persona? No, pero, precisamente por eso, nos permiten crear lo que falta, son solo una inspiración.

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    1. La sugerencia, sí, tanto en el arte como en la literatura y la vida.

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  10. Tú sí que nos haces pensar, Carmen. Y sentir...
    Gracias

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    1. Me ayudáis, Juan Manuel. Todos nos ayudamos, unos a otros, dándonos pellizquitos en las neuronas ;)

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  11. Muy interesante tu entrada Carmen, lleva a la observación y a hacerse muchas preguntas, me quedo reflexionando con ... Creo que cuando es más fácil amar a una persona es cuando se distrae, cuando se abstrae hasta el punto de olvidar su propio rostro, ese rostro-máscara: es totalmente cierto.
    Te mando un abrazo

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    1. Sí, cuando se descuida, cuando deja de intentar proyectar una imagen de sí mismo para protegerse. Ves entonces a la persona tan desvalida, tan auténtica, tan lo que somos cualquiera de nosotros, que es difícil no sentir ternura.
      Me quedo con tu abrazo, Elena, y te envío otro muy fuerte.

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  12. Esta reflexión me ha dado luz para entender un poco más esa gran muralla sin puertas ni ventanas que somos los sufridores humanos. Cuantas veces, con gente muy próxima, veo esa gran barrera que nos impide acercarnos los unos a los otros, y esos miedos con los que nos protegemos, nos impiden la ternura y la inocencia que tanto necesitamos... eso me explica porque la gente volcamos tanto cariño en las mascotas y en los bebes: solo ante ellos nos descubrimos, por que con ellos nos sentimos a salvo, "sin peligro". De nuevo muchas gracias Carmen.

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    1. Esa mirada de confianza que los animales, los niños y algunos ancianos nos dirigen y con la que nos encadenan. Porque si fallamos a una persona adulta (¡a cuántas no habremos fallado, aun sin querer!), lo sentimos, ¡pero fallar a una criatura, de un modo u otra desvalida, que se entrega así y confía en nosotros! De ahí la desesperación ante una persona o un animal que sufre o que agoniza, y que te dice con la mirada: "sálvame, tú puedes hacerlo", y tú piensas: "no, no puedo". Qué impotencia ante esos rostros sin barreras, Elena.

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  13. Por primera vez cuestiono aquello de "los ojos son el espejo del alma", puedo comprender ahora que el alma también está en el gesto, en la intención que una persona o un objeto, como en el caso de tu silla (de Holland), nos puede sugerir. Una vez más, gracias Carmen, a lo dicho a mi comentario anterior ahora se suma la filosofía a través del arte, gracias por tus reflexiones, me invitan a hacer lo mismo. Un abrazo.

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