viernes, 20 de mayo de 2016

Un cuadro no es un caballo: Maurice Denis





A los veinte años se baila el vals en París, girando en brazos de la voz de Jacques Brel, se escriben Los cantos de Maldoror o, como hizo Rimbaud, se abandona la literatura. A los veinte años se pronuncian –y también se escriben- frases como “un cuadro -antes de ser un caballo de batalla, una mujer desnuda, o cualquier anécdota- es esencialmente una superficie plana recubierta de colores asociados según un orden determinado”. Ese tipo de frases, ya sabéis, que a uno le persiguen toda la vida, de las que no hay forma de despegarse, y no porque quien la profirió llegue a refutarla, sino porque con razón podría exclamar: ¡pero desde entonces he dicho muchas más cosas! Las dijo, las escribió. Y las pintó. Me refiero, claro, a Maurice Denis.

Maurice Denis, Los pinos en Loctudy, 1894

Después llega Octavio Paz, toma la frase de Denis, la condensa y dice: “La pintura de la presencia cambió a la pintura como presencia”. El arte moderno.

Maurice Denis, El puente guardavías, 1914

No me gustan las etiquetas. En ningún aspecto. Los que nos ocupamos de la historia en general y de la historia del arte en particular las utilizamos con enorme escepticismo, tan solo para intentar organizar un poco lo que sabemos que escapa a ese orden, para traducir de forma inteligible lo que es irreductible a cualquier traducción. Los propios artistas, de forma evidente desde el siglo XIX y a lo largo del XX, juegan con aparente entusiasmo a colgarse a sí mismos esas etiquetas, a inscribirse en grupos, a abrazar los ismos. Algunos se lo toman en serio. Otros juegan. Hacen bien.

Maurice Denis, Manchas de sol en la terraza, 1890

En el caso de Maurice Denis, podemos hablar de los nabis y del simbolismo, de ciertas remembranzas modernistas, de un viaje a Roma con André Gide, en 1898, que le conduce hacia el clasicismo, de unos breves escarceos divisionistas, siempre del afán por la decoración, del japonesismo, de la planitud de sus formas, de la sencillez de sus composiciones, de la síntesis y la depuración, de una sosegada búsqueda de la esencialidad.

Maurice Denis, Paraíso terrenal, 1892

Maurice Denis, Paisaje campestre, 1897

Desde Saint-Germain-en-Laye, donde transcurrió casi toda su vida, Maurice realiza frecuentes viajes a dos lugares muy importantes para él, para su arte: Bretaña e Italia. Le entiendo, vaya si le entiendo. Realizó también un viaje a Alemania, en 1903, y tres años después visitó a Paul Cézanne en Aix-en-Provence: una visita a la que me habría apuntado, sin dudar.

Maurice Denis, Capilla en Kernivinen, 1909

Maurice Denis, Iglesia de Santo Domingo en Siena, 1907

Qué luces tan distintas, ¿verdad?

Maurice Denis, Paisaje bretón en amarillo, 1891

Maurice Denis, Vista del Foro, 1904

Maurice Denis, Siena

Si hablamos de Bretaña y de los nabis, no hace falta evocar de nuevo El talismán, la pequeña pintura de Paul Sérusier que, al regreso de este de Bretaña, causó tal impacto en el grupo de “los profetas”, ni la fuerte influencia de Paul Gauguin sobre estos. Incluso en detalles tan importantes como la disposición de las figuras tocadas con cofias y tocas o los árboles que tienen la manía de crecer en medio del lienzo, dividiendo la composición:

Paul Gauguin, La visión después del sermón, 1888

Maurice Denis, Bretonas en La Mare, 1892

Maurice Denis, Huérfanos, 1891

¿Árboles? Son muchos los que brotan de los pinceles de Denis, numerosos los bosques que acogen a sus personajes.

Maurice Denis, Los árboles verdes, 1893

Maurice Denis, Camino entre árboles, 1891

Los bosques son lugares para pasear, para recoger hierbas y flores silvestres, para charlar, para entregarse a la danza, para disfrutar.

Maurice Denis, Mujer de azul, 1899

Maurice Denis, Mañana de Pascua, 1891

Maurice Denis, Las musas, 1893

Maurice Denis, Danza alrededor del árbol, 1914

Maurice Denis, Paisaje en Huelgoat, 1928

El bosque es sagrado. Es uno de los paraísos de Maurice Denis: también lo son el mar, los jardines.

Maurice Denis, Adán y Eva, 1924

Maurice Denis, Primavera, 1894

Maurice Denis, Paraíso, 1912

Quizás lo son, incluso, esas terrazas desde las que nos asomamos al paisaje. Algo tan sencillo como eso.


Maurice Denis, Terraza en Tonquedec, 1913

Maurice Denis, Terraza en Thonon, 1943

Maurice nos conduce a través de las estaciones, del sol y de la lluvia.

Maurice Denis, Abril, 1892

Maurice Denis, Tarde de septiembre, 1891

Maurice Denis, Noche de octubre, 1891

Maurice Denis, Surcos en la nieve, 1895

“La noción de sol cambia –nos cuenta Denis en su artículo “El sol”-. Es, desde los impresionistas, el dios de la pintura moderna. Los impresionistas fueron sus primeros fieles; los neoimpresionistas, más tarde, instituyeron en su honor toda una liturgia”. Maurice Denis, os lo he dicho, conoce el sol, y también la lluvia, los atardeceres, los reflejos de la luz sobre las aguas.


Maurice Denis, En la playa, 1892

Maurice Denis, Lluvia en Bretaña, 1889

Maurice Denis, Recuerdo de una tarde, 1890

Desde los pequeños formatos a los que se ciñe en sus años nabis, salta a las grandes decoraciones: “muros, muros para decorar”, reclaman los profetas, y después son los propios muros los que pronuncian el nombre de Denis, uno de los artistas más solicitados para este tipo de decoraciones en el período de entreguerras. Fueron muchos los edificios públicos y privados donde dejó su huella: la cúpula del teatro de los Campos Elíseos y el Petit Palais, en París; los domicilios del marchante de arte Siegfried Bing y del barón Henry Cochin; el salón de música de Ivan Morozov en Moscú, de quien hablamos cuando nos visitó Natalia Goncharova, y para quien pintó en tres paneles la historia de Cupido y Psique…

Maurice Denis, Leyenda de San Huberto, 1897-98

Maurice Denis, Cupido y Psique, 1908-09



Muchas de sus decoraciones fueron realizadas para templos. Denis se ocupó en numerosas ocasiones de los temas religiosos, interpretados de un modo próximo y con la serenidad característica de este hombre apacible.


Maurice Denis, Decoración de la capilla del Collège Sainte-Croix du Vésinet, 1899

Maurice Denis, Los peregrinos de Meaux (litografía), 1895

Maurice Denis, Las santas mujeres ante la tumba, 1894

Maurice Denis, Procesión vespertina en Folgoet, 1926


Y es este hombre tranquilo, amante de una vida doméstica que representó en muchas de sus obras y que tuvo ocho hijos de sus dos matrimonios, quien nos dice que toda obra de arte es “el equivalente apasionado de una sensación recibida”. Apasionado, sí, porque a veces esa aparente calma reviste la pasión.


Maurice Denis, Malabarista




¿Cómo? ¡Se ha hecho tardísimo y yo todavía estoy aquí! Así que, sin calma alguna, echo a correr mientras os digo: ¡hasta la semana que viene!

Maurice Denis, Niña con vestido rojo, 1889
 
 


 

22 comentarios:

  1. ¡¡Qué sorpresa!! No te esperaba tan pronto. No hasta el sábado tarde. Pero mejor así; es una maravillosa manera de empezar a disfrutar el descanso del fin de semana.
    Me ha encantado la pintura de Maurice Denis. Sus árboles y bosques, sus paisajes de Bretaña y de Siena.
    No digo más para no repetirme. Un lujo.
    Un beso.

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    1. A veces cae el viernes (cuando puedo), a veces el sábado...
      Ya ves qué cosas se dicen a los veinte años...
      Un beso, Rosa.

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  2. Me gusta mucho el punto japonesista de algunas de sus obras. Buen finde.

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    1. Sí, la huella del japonesismo es muy clara en Denis. Buen fin de semana, Josevi. Un abrazo.

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  3. Hola Carmen!!! Como cada entrada, una absoluta maravilla poder disfrutar de la magnífica obra de este pintor al que apenas conocía...
    Me he quedado prendada de "Mujer en Azul" y "Lluvia en Bretaña".
    Gracias por compartirlo!!!!
    Un cariñoso abrazo y disfruta del fin de semana :)

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    1. Lluvia en Bretaña me gusta mucho también. ¡Moja! Pero moja de amarillos, azules, verdes...
      Buen fin de semana. Un abrazo, Nines.

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  4. Muy bonito Carmen, siempre disfrutando de los pintores que nos descubres. Me ha encantado ese Paraíso y esas vistas desde las terrazas...Preciosas.
    Feliz fin de semana

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    1. ¡Gracias, Conxita! ¿Por dónde andará perdido el paraíso? ¿Cerca, a lo mejor? Sí, tal vez. Un abrazo y disfruta del fin de semana.

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  5. Precioso Carmen. Como siempre
    Un abrazo.

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  6. Carmen vas lanzada y sin frenos!!!
    Cuenta belleza nos inyectas.
    Otro pintor admirable. Que personalidad!!! Que forma de iluminar y componer.
    Gracias.

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    1. Sin frenos... no sé. ¡Mientras no aparezca por medio uno de los árboles de Denis o de Gauguin!
      Un abrazo, Roy.

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  7. Es como si la pintura se fuera reduciendo a lo esencial, eliminando todo lo secundario, lo que podría estorbar a los ojos y no les permitiera centrarse en lo importante. Los colores, lejos de distraer la mirada, la concentran en el foco de interés.
    Mi preferido, sin duda, la mujer de azul, aunque los paisajes de Bretaña me han cautivado.
    ¿Te imaginas que hubiera visitado a los paises nórdicos y hubiera tenido la oportunidad de pintar esa luz? O a África, a las llanuras del Ngorongoro y plasmarla en sus lienzos?
    Seguro que sí. Basta con cerrar los ojos, pensar en lo esencial e imaginarlo.
    Gracias, Carmen por tu magnífico post. Me ha encantado. Buen, domingo.

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    1. ¡África! Estuvo, pero solo en el norte, en Argelia, creo que a comienzos de los años veinte, si no me equivoco. Que yo sepa, no se adentró más.
      Buen comentario acerca de la búsqueda de lo esencial, Elisenda. Gracias. Un gran abrazo.

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  8. Hola a todos:
    como siempre me ha terminado gustando más de lo que pensaba. Curioso que un hombre apacible tuviese esa pasión con el color. Quizás ese fue su escape o, simplemente, que se puede ser apacible y un revolucionario colorista.
    Sus paisajes son sencillos, sus trazos, mejor. Pero quien necesita mucha precisión cuando los colores más vivos están presentes. Es lo que hace que guste tanto, creo yo, y puestos a seguir creyendo, creo que es lo que hace que no necesite paisajes lejanos ni exóticos. Están aquí
    GRACIAS Carmen y feliz domingo a todos

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    1. ¿Apacible y revolucionario, apacible y apasionado? Sí, creo que sí se puede ser.
      Destacas también la sencillez, bendita sencillez de composición y trazos. Y es verdad que todo está aquí: en la mirada.
      Gracias, Harry. Un abrazo.

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  9. Me quedo con "Paisaje bretón en amarillo" y "Recuerdo de una tarde" y con la entrada completa que nos ofreces. Me encanta tu manera tan sencilla y personal de darnos a conocer, al menos a mí, algunos pintores que, no por menos populares, resultan menos interesantes. Estoy aprendiendo mucho con tus escritos y se podría decir que espero impaciente la llegada del fin de semana para ver con qué nos vas a sorprender nuevamente. Muchas gracias, Carmen, por compartir con nosotros una pizca de todo el conocimiento que posees.

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    1. Ay, Carmela, se lo contaba a unos amigos en Facebook: lo que hago es jugar como un crío. Saco los juguetes, vais llegando los amigos y, todos juntos, empezamos a pasarnos cuadros, o poemas, o cualquier cosa con la que nos apetezca jugar. Eso es todo lo que hago, lo que hacemos juntos. Muchas gracias a ti, compañera de juegos. Un abrazo.

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  10. Niezwykle ciekawy artysta i świat, który stworzył w swych obrazach, trochę poza czasem. Liczne drzewa, a wśród nich wiele kobiet są dla mnie bardzo symboliczne, wskazujące na problemy, trudności życia, ciągłe przeszkody. Używa też interesującego koloru - zgaszonego różu, nazywanego francuskim, trochę zimnym. Choć z jego autoportretu z 1916 roku, którego nie zamieściłaś w poście, spogląda piękny, przystojny mężczyzna, bardzo łagodny, wyciszony. A może takim chciał być?

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    1. Es cierto lo que comentas acerca de ese "estar fuera del tiempo" en muchas obras, como lo de los tonos rosa y esa suavidad, ese sosiego que se advierte en el propio aspecto del artista. Gracias, Renne. Un abrazo.

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  11. Me gusta mucho este pintor, aunque no lo conocía. Sí, es verdad, también -y a pesar de ser bastante iletrada en técnica pictórica- detecto esa sencillez y esencialidad en sus cuadros. Me gusta mucho "Las musas" y "Danza alrededor del árbol- y en general cómo recoge el tono pastel y la suavidad y simpleza de los trazos, el escenario cotidiano de las costumbres, esos paisajes tan característicos y paciguadores...
    Y hay un cuadro de Gauguin, "La visión después del sermón", que me ha fascinado por su tonalidad y cromatismo y el dibujo resultante tras reflejar los contornos.
    Excelente entrada, Carmen. La comparto. ¡Qué maravilla, por dios!! Transmite serenidad.
    Besos

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    1. Las musas y Danza alrededor del árbol: la vida de las mujeres en los bosques.
      Me alegro de que te haya gustado Denis. Y la fuerza del cuadro de Gauguin, claro.
      Un abrazo grande, grande, Marisa.

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