sábado, 5 de marzo de 2016

Georges Malkine huye del éxito




Georges Malkine (1898-1970)

 
“Me han llamado extraño, excéntrico, estrafalario, loco, solitario, insociable, misántropo. Es cierto, sin duda, que soy extraño en relación con lo banal, excéntrico en comparación con lo burgués, estrafalario respecto a lo ordinario, loco en contraste con el cartesiano, solitario y salvaje si se me compara con la oveja, misántropo en relación con el filántropo. Pero creo que nadie se ha preguntado si es así porque quiero o porque la necedad, la ignorancia, la vulgaridad, la estrechez de espíritu, la falta de gusto, de sensibilidad y de imaginación de los demás no me han dejado otra opción”.



Georges Malkine, El beso, 1927

Vendió periódicos, vendió corbatas. Fue contable, marino, fotógrafo, actor, cazador de elefantes en Camerún. Por suerte, parece ser que no cazó ni uno. Viajó a los Mares del Sur y tuvo que trabajar como lavaplatos para poder pagarse el pasaje de vuelta. Tocó el violín en una orquesta, recorrió Francia con un circo, se le llama “el vagabundo del surrealismo”. Es Georges Malkine.


Man Ray, Georges Malkine

Georges Malkine, André Masson, André Breton, Max Morise, Georges Neveux,  1924

Un tipo individualista hasta la impertinencia, dijo de él André Breton. Fueron amigos, muy amigos. Bueno, bastante amigos. A Breton no le gustó demasiado la amistad de Malkine con Tristan Tzara y con Louis Aragon ni, en el fondo, la feroz independencia del “vagabundo”, aunque precisamente por ella le respetaba. Y Malkine también respetaba a Breton. En 1924, Malkine fue el único pintor que firmó el Manifiesto surrealista. 


Georges Malkine, René Crevel, André de La Rivière, Robert Desnos, André Lasserre

La madre de Georges, la violonchelista danesa Ingeborg Magnus, había dado conciertos con Camille Saint-Saëns y Fritz Kreisler; el padre, Jacques Malkine, procedía de Odessa y era violinista. Georges estudió música y dibujo. En 1922 conoce a Robert Desnos, con quien de inmediato hará amistad, a Paul Eluard, Louis Aragon y André Breton. 


Georges Malkine, Robert Desnos, 1922

Algunas de las obras que Malkine pinta en los años veinte se pueden inscribir en las corrientes de la abstracción lírica.


Georges Malkine, El agua, 1926

Georges Malkine, Caminar por la noche, 1926

Georges Malkine, El tocador, 1927

Georges Malkine, La visita, 1927

Georges Malkine, Escalera caliente, 1927

Otras obras del mismo período anuncian las tendencias de lo que se conoce como “nuevo surrealismo”: 


Georges Malkine, La tormenta, 1926

Georges Malkine, La dama de picas, 1926

Georges Malkine, La esperanza, 1926

Georges Malkine, Emoción, 1927

Georges Malkine, La tahitiana, 1929

Ante el éxito, Malkine se desconcierta. Tras la buena recepción de sus obras en la Galería surrealista de 1927, huye a Oceanía. Los Mares del Sur conservan su mítica aureola para aquellos que van en busca de paraísos perdidos o, simplemente, huyen. Por ejemplo, del éxito. ¿Quién puede reprochárselo?


Georges Malkine, Sin título, 1928

Georges Malkine, La mujer tatuada, 1929


Tres años después lava platos, reúne el dinero para pagar su pasaje y vuelve a Francia, donde realiza ilustraciones y pinta hasta que, en 1933, abandona los pinceles. No los retomará hasta mediados de la década de los cuarenta. Entre 1932 y 1938, participa como actor en numerosas películas, pero en el momento en que corre el riesgo de adquirir cierta reputación, decide dejar el cine y marcharse con un circo ambulante que luego abandona para convertirse en corrector de imprenta y, después, en obrero en una fábrica de galletas.


Georges Malkine, Bacante, 1944

Georges Malkine, Sin título, 1946

Miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi, es arrestado por la Gestapo, torturado y recluido en un campo de concentración próximo a Berlín, del que es liberado tras fingirse loco. También es arrestado su gran amigo Robert Desnos, quien muere en 1945:

Robert Desnos en el campo de concentración de Terezin, 1945

Malkine, en su permanente huida, no solo busca refugio en sus abruptos cambios de oficio en oficio, en el silencio que le caracteriza, en sus disparatadas fugas a Camerún o a Tahití, sino también en los paraísos artificiales que proporciona el opio.

Georges Malkine, Sin título, 1925

En el pequeño apartamento parisino con las ventanas abiertas sobre la plaza de Saint-André-des-Arts, nos cuenta Patrick Waldberg, Malkine habla a sus amigos de otros dos prófugos y buscadores de paraísos: Robert Louis Stevenson y Joseph Conrad. Juntos, escuchan el Chant inca de Roger Désormières o los discos de los Mills Brothers.


 


Georges Malkine, Comanche, 1962

En 1948, Georges parte con su esposa, Sonia Niel, y sus hijos, a Nueva York. Allí retoma la pintura y concluye su novela À bord du Violon de mer. Un año después de exponer en la Galerie Weingarten de Manhattan, destruye la mayor parte de sus obras, porque no está satisfecho de ellas.  Experimenta en esos momentos, a mediados de los cincuenta, con una nueva técnica de pintura con arena.


Georges Malkine, Edgar Allan Poe, 1963

Georges Malkine, Papenoo, 1963

Varios cuadros de los años cincuenta y sesenta representan desnudos en diversas actitudes, así como cuerpos enlazados de carácter bastante abstracto.


Georges Malkine, Mujer sentada, 1964

Georges Malkine, Mujer en cuclillas, 1964 c.

Georges Malkine, Rapa Nui, 1961

Georges Malkine, La revuelta del sueño, 1961

Georges Malkine, Vivienda de Thomas de Quincey, 1967

En los años sesenta realiza también una serie que me interesa muchísimo: la de las moradas dedicadas a músicos y escritores como Johann Sebastian Bach, Maurice Ravel, Erik Satie, François Villon, Thomas de Quincey, Arthur Rimbaud y muchos otros. La arquitectura pintada se construye, aquí, como metáfora y homenaje. Estas son algunas de las viviendas que Malkine dedica a los escritores:


Georges Malkine, Vivienda de Li T'ai Po, 1967

Georges Malkine, Vivienda de François Villon, 1966


Georges Malkine, Vivienda de Lewis Carroll, 1966

Georges Malkine, Vivienda de Arthur Rimbaud, 1966

Georges Malkine, Vivienda de Guillaume Apollinaire, 1967

Georges Malkine, Vivienda de Alfred Jarry, 1967

Georges Malkine, Vivienda de Robert Desnos, 1966

Aquí vemos algunas viviendas para los músicos tan amados por Malkine:

Georges Malkine, Vivienda de Johann Sebastian Bach, 1966

Georges Malkine, Vivienda de Johannes Brahms, 1967

Georges Malkine, Vivienda de otoño para Maurice Ravel, 1966

Georges Malkine, El piano de Calais, 1969

En 1966, Malkine regresa a París, donde la muerte le alcanza cuatro años más tarde. La muerte, que tantas veces ha golpeado a Malkine, como a cualquiera de nosotros: la temprana muerte de su madre, la de mujeres amadas y amigos como Desnos, Artaud, Breton. Pintor del olvido, llamó Louis Aragon a Malkine: pero no, Georges no olvida.

Georges Malkine, La sirena, 1968

Georges Malkine, Viandantes, 1969

Sobre Malkine, el viajero, nos dice Robert Desnos: “Para ir a las islas afortunadas no consultaría mapas, no cargaría con brújulas: le pediría a Georges Malkine que me llevase. El camino que tomará será tortuoso y extraño. Conoceremos la fría noche de los polos y los mares demasiado tranquilos y demasiado cálidos del ecuador. Las tormentas estallarán sobre nuestras cabezas. Nos cruzaremos, seguro, con el famoso Voltigeur hollandais y con la Dama Blanca. Encontraremos ruinas mexicanas y templos hundidos bajo las lianas. Un día, por fin, llegaremos a las islas afortunadas. “No es aquí”, nos dirá Malkine, y este infatigable viajero partirá de nuevo hacia el descubrimiento imposible”.

Georges Malkine, A bordo del Violon du Mer, 1950