“Me han llamado extraño, excéntrico, estrafalario,
loco, solitario, insociable, misántropo. Es cierto, sin duda, que soy extraño
en relación con lo banal, excéntrico en comparación con lo burgués,
estrafalario respecto a lo ordinario, loco en contraste con el cartesiano,
solitario y salvaje si se me compara con la oveja, misántropo en relación con
el filántropo. Pero creo que nadie se ha preguntado si es así porque quiero o
porque la necedad, la ignorancia, la vulgaridad, la estrechez de espíritu, la
falta de gusto, de sensibilidad y de imaginación de los demás no me han dejado
otra opción”.
Georges
Malkine, El beso, 1927
Vendió periódicos, vendió corbatas. Fue contable,
marino, fotógrafo, actor, cazador de elefantes en Camerún. Por suerte, parece
ser que no cazó ni uno. Viajó a los Mares del Sur y tuvo que trabajar como
lavaplatos para poder pagarse el pasaje de vuelta. Tocó el violín en una
orquesta, recorrió Francia con un circo, se le llama “el vagabundo del surrealismo”.
Es Georges Malkine.
Man Ray, Georges
Malkine
Georges Malkine, André Masson, André Breton, Max
Morise, Georges Neveux, 1924
Un tipo individualista hasta la impertinencia, dijo
de él André Breton. Fueron amigos, muy amigos. Bueno, bastante amigos. A Breton
no le gustó demasiado la amistad de Malkine con Tristan Tzara y con Louis
Aragon ni, en el fondo, la feroz independencia del “vagabundo”, aunque
precisamente por ella le respetaba. Y Malkine también respetaba a Breton. En
1924, Malkine fue el único pintor que firmó el Manifiesto surrealista.
Georges Malkine, René Crevel, André de La Rivière, Robert Desnos,
André Lasserre
La madre de Georges, la violonchelista danesa
Ingeborg Magnus, había dado conciertos con Camille Saint-Saëns y Fritz Kreisler;
el padre, Jacques Malkine, procedía de Odessa y era violinista. Georges estudió
música y dibujo. En 1922 conoce a Robert
Desnos, con quien de inmediato hará amistad, a Paul Eluard, Louis Aragon y
André Breton.
Georges Malkine, Robert Desnos, 1922
Algunas de las obras que Malkine
pinta en los años veinte se pueden inscribir en las corrientes de la
abstracción lírica.
Georges Malkine, El agua, 1926
Georges Malkine, Caminar por la noche, 1926
Georges Malkine, El tocador, 1927
Georges Malkine, La visita, 1927
Georges Malkine, Escalera caliente, 1927
Otras obras del mismo
período anuncian las tendencias de lo que se conoce como “nuevo surrealismo”:
Georges Malkine, La tormenta, 1926
Georges Malkine, La dama de picas, 1926
Georges Malkine, La esperanza, 1926
Georges Malkine, Emoción, 1927
Georges Malkine, La tahitiana, 1929
Ante el éxito, Malkine se
desconcierta. Tras la buena recepción de sus obras en la Galería surrealista de
1927, huye a Oceanía. Los Mares del Sur conservan su mítica aureola para
aquellos que van en busca de paraísos perdidos o, simplemente, huyen. Por
ejemplo, del éxito. ¿Quién puede reprochárselo?
Georges Malkine, Sin título, 1928
Georges Malkine, La mujer tatuada, 1929
Tres años después lava
platos, reúne el dinero para pagar su pasaje y vuelve a Francia, donde realiza
ilustraciones y pinta hasta que, en 1933, abandona los pinceles. No los
retomará hasta mediados de la década de los cuarenta. Entre 1932 y 1938, participa como actor en numerosas películas, pero en el momento en que corre el riesgo de adquirir cierta reputación, decide
dejar el cine y marcharse con un circo ambulante que luego abandona para
convertirse en corrector de imprenta y, después, en obrero en una fábrica de
galletas.
Georges Malkine, Bacante, 1944
Georges Malkine, Sin título, 1946
Miembro de la Resistencia durante la
ocupación nazi, es arrestado por la
Gestapo, torturado y recluido en un campo de concentración
próximo a Berlín, del que es liberado tras fingirse loco. También es arrestado
su gran amigo Robert Desnos, quien muere en 1945:
Robert Desnos en el campo de concentración de Terezin, 1945
Malkine, en su permanente
huida, no solo busca refugio en sus abruptos cambios de oficio en oficio, en el
silencio que le caracteriza, en sus disparatadas fugas a Camerún o a Tahití,
sino también en los paraísos artificiales que proporciona el opio.
Georges Malkine, Sin título, 1925
En el pequeño apartamento
parisino con las ventanas abiertas sobre la plaza de Saint-André-des-Arts, nos
cuenta Patrick Waldberg, Malkine habla a sus amigos de
otros dos prófugos y buscadores de paraísos: Robert Louis Stevenson y Joseph
Conrad. Juntos, escuchan el Chant inca de
Roger Désormières o los discos de los Mills Brothers.
Georges Malkine, Comanche, 1962
En 1948, Georges parte
con su esposa, Sonia Niel, y sus hijos, a Nueva York. Allí retoma la pintura y
concluye su novela À bord du Violon de
mer. Un año después de exponer en la Galerie Weingarten
de Manhattan, destruye la mayor parte de sus obras, porque no está satisfecho
de ellas. Experimenta en esos momentos,
a mediados de los cincuenta, con una nueva técnica de pintura con arena.
Georges Malkine, Edgar Allan Poe,
1963
Georges Malkine, Papenoo, 1963
Varios cuadros de los
años cincuenta y sesenta representan desnudos en diversas actitudes, así como
cuerpos enlazados de carácter bastante abstracto.
Georges Malkine, Mujer sentada, 1964
Georges Malkine, Mujer en cuclillas, 1964 c.
Georges Malkine, Rapa Nui, 1961
Georges Malkine, La revuelta del sueño, 1961
Georges Malkine, Vivienda de Thomas de Quincey, 1967
En los años sesenta
realiza también una serie que me interesa muchísimo: la de las moradas
dedicadas a músicos y escritores comoJohann Sebastian Bach, Maurice Ravel, Erik
Satie, François Villon, Thomas de Quincey, Arthur Rimbaud y muchos otros. La
arquitectura pintada se construye, aquí, como metáfora y homenaje. Estas son
algunas de las viviendas que Malkine dedica a los escritores:
Georges Malkine, Vivienda de Li T'ai Po, 1967
Georges Malkine, Vivienda de François Villon, 1966
Georges Malkine, Vivienda de Lewis Carroll, 1966
Georges Malkine, Vivienda de Arthur Rimbaud, 1966
Georges Malkine, Vivienda de Guillaume Apollinaire, 1967
Georges Malkine, Vivienda de Alfred Jarry, 1967
Georges Malkine, Vivienda de Robert Desnos, 1966
Aquí vemos algunas viviendas para los músicos
tan amados por Malkine:
Georges Malkine, Vivienda de Johann Sebastian Bach, 1966
Georges Malkine, Vivienda deJohannes Brahms, 1967
Georges Malkine, Vivienda deotoño para Maurice Ravel, 1966
Georges Malkine, El piano de Calais, 1969
En 1966, Malkine regresa
a París, donde la muerte le alcanza cuatro años más tarde. La muerte, que
tantas veces ha golpeado a Malkine, como a cualquiera de nosotros: la temprana
muerte de su madre, la de mujeres amadas y amigos como Desnos, Artaud, Breton.
Pintor del olvido, llamó Louis Aragon a Malkine: pero no, Georges no olvida.
Georges Malkine, La sirena, 1968
Georges Malkine, Viandantes, 1969
Sobre Malkine, el
viajero, nos dice Robert Desnos: “Para ir a las islas afortunadas no
consultaría mapas, no cargaría con brújulas: le pediría a Georges Malkine que
me llevase. El camino que tomará será tortuoso y extraño. Conoceremos la fría
noche de los polos y los mares demasiado tranquilos y demasiado cálidos del
ecuador. Las tormentas estallarán sobre nuestras cabezas. Nos cruzaremos,
seguro, con el famoso Voltigeur hollandais y con la Dama Blanca. Encontraremos ruinas
mexicanas y templos hundidos bajo las lianas. Un día, por fin, llegaremos a las
islas afortunadas. “No es aquí”, nos dirá Malkine, y este infatigable viajero
partirá de nuevo hacia el descubrimiento imposible”.