martes, 27 de octubre de 2015

Nacer de paso





Los miembros de mi familia han tenido siempre la costumbre de nacer y morirse donde les pillaba de paso, en el primer sitio que les venía bien para llegar al mundo o para abandonarlo. La primera consecuencia de esta nómada tradición es que, si se me ocurre trazar mi árbol genealógico, más que árbol parece una guía turística. La segunda es que tanta mezcla hace que me sienta a gusto en cualquier sitio: todo lo amo, todo lo disfruto, todo lo siento mío. Sí, soy una acaparadora de paisajes, de personas, de monumentos, de lenguas, de tradiciones culturales… Todo lo que me gusta me lo echo al bolsillo del afecto, así que si un día no encontráis algún paisaje -montaña, río, playa, llanura, acantilado- o alguno de los barrios o de los edificios de vuestra ciudad, por ejemplo, o incluso la ciudad entera, preguntadme, porque a lo mejor me los he quedado yo.

Joaquim Mir, Palma de Mallorca, 1902 c.

Muchos países, en realidad la mayoría, son ricos en contrastes y variedad. España no es una excepción, por suerte, y gracias a las personas que vienen de otros lugares del mundo para vivir y trabajar aquí, todo se hace más rico, más sabroso, más vivo. Ya veis, es innecesario que diga que me entusiasma la variedad y que soy devota de mezcolanzas, mestizajes y todo lo que implique intercambio, enriquecimiento mutuo, toma, dame, a ver qué pasa si juntamos esto de aquí con aquello de allá. Me gusta lo distinto, aquello en lo que puedo reconocerme porque es diferente. ¡Mío, mío: al bolsillo!, exclamo.


Esta introducción abre paso al juego de hoy: un juego en el que, por una vez, no hay que reconocer a los artistas, sino los lugares que muestran en sus pinturas. Si queréis pistas sobre alguna de las imágenes, decídmelo. ¿Emprendemos el viaje con un poco más de música?


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Me habría gustado poner imágenes de muchísimos más lugares queridos, bellos, pero es hora de ir cerrando esta entrada. En otra ocasión, recorreremos más paisajes, más ciudades, más pueblos, de este y de otros países, porque no existen fronteras para los bolsillos del afecto. Ni para ninguna otra cosa deberían existir.

Acción poética México

Me despido con un poco más de música. Nuestra música: es decir, la de todos.



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Una vez más, habéis acertado prácticamente todo. ¡Enhorabuena! Aunque no todos estos lugares figuran en mi "guía turística familiar", sí que los conozco y los llevo en el bolsillo. Siento no haber podido incluir en esta ocasión muchos otros tan bellos y queridos como estos. Aquí tenemos las soluciones:



GRANADA. Antonio Muñoz Degrain, Vista de La Alhambra, Museo de Málaga, 1914

TOLEDO. Aureliano de Beruete, El puente de Alcántara, Hispanic Society, Nueva York, 1906

GIRONA. Josep M. de Martí Garcés de Marcilla, Girona,  Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona

GIJÓN. Nicanor Piñole, La calle Corrida, 1916

BARCELONA. Ramón Martí Alsina, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona, 1889

SEVILLA. Genaro Palau, Guadalquivir. 1894-97 c.

BILBAO. Agustín Reche, Euskalduna hacia la Misericordia, 2008

ÁVILA. Daniel Vázquez Díaz, 1935

SAN SEBASTIÁN. Joaquín Sorolla, Playa de La Concha, 1903 c. Sterling and Francine Clark Art Institute, Williamstown

SALAMANCA. Isidoro Moreno López, Salamanca, 2010 c.

MADRID. Javier Larrumbide Arbeloa, La Gran Vía

GUADALUPE. Benjamín Palencia, Guadalupe, 1957

GRANADA. Albert Moulton Foweraker, Patio de los Arrayanes en la Alhambra

CUENCA. Santiago Rusiñol, Casas colgantes, colección particular, 1916

CÓRDOBA. Frederick Childe Hassam, Calle del Gran Capitán, Saint Louis Art Museum, 1910

BURGOS. Darío de Regoyos, Burgos


VALENCIA. Juan de Ribera Berenguer, Plaza Redonda

MÁLAGA. Albert Moulton Foweraker, Noche en Málaga

SEGOVIA. Ignacio Zuloaga, Segovia

SEGOVIA. Joaquín Sorolla, Vista de Segovia, colección particular, 1906

miércoles, 21 de octubre de 2015

Elogio del libertino





El otro día, una amiga mía se enamoró de un libertino. En otras circunstancias, yo le habría dicho: “mujer, con un libertino puedes hacer casi cualquier cosa, menos enamorarte”, si no fuera porque el pobre lleva 189 años muerto, de modo que a estas alturas ya no entraña peligro.


Joseph Losey, Don Giovanni, 1979

Jean-Jacques Lequeu, Diseño de tocador, lado del canapé

El disoluto difunto no es otro que el arquitecto Jean-Jacques Lequeu, a quien tampoco estoy segura de que sea adecuado calificar como libertino, al margen de ciertos pequeños detalles. ¿Qué detalles, preguntaréis? Nada importante: era un declarado erotómano y autor de numerosos dibujos pornográficos que no pienso enseñaros aquí por varias razones, entre las que destaca el hecho de que en esta entrada no voy a hablar sobre Lequeu.

Jean-Jacques Lequeu, Lo que ve en sueños





Jean-Antoine Watteau, Los Campos Elíseos, colección Wallace, Londres, 1719

El caso es que a mí los libertinos me hacen mucha gracia. Me gustan tanto como las fiestas galantes del rococó, como los jardines pintorescos, como la pintura de Watteau y de Fragonard y como gran parte de de la música compuesta en ese siglo XVIII de mis amores. Porque sí, de música, pinturas, jardines y fiestas cabe enamorarse, pero de libertinos no, a ver si se entera mi amiga.


Jean-Honoré Fragonard, La gallina ciega¸ National Gallery of Art, Washington, D.C., 1775-80 c.


Jean-Honore-Fragonard, El juramento al amor, Musée du Louvre, París, 1780-85
  
José Camarón Bonanat, Parejas en un parque, Museo del Prado, Madrid, 1785

He dicho que me hacen gracia, pero, la verdad, si empiezo a repasar nombres, me quedan bien pocos. Sade me resulta tan tedioso como pasarme la mañana intentando resolver trámites burocráticos en cualquier organismo público; Giacomo Casanova me cae tan mal como a Federico Fellini, una antipatía que el director italiano mostró con claridad en su película Casanova.


Federico Fellini, Casanova, 1976

Por mucho que me atraiga el XVIII, no cabe duda de que es mejor no sentarse a algunas mesas:


Federico Fellini, Casanova, 1976

Neil Jordan, En compañía de lobos, 1984

Stephen Frears, Las amistades peligrosas, 1988

Así que Sade no, desde luego; Casanova tampoco... ¿qué queda, entonces? ¡Mucho! Por ejemplo, la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont, protagonistas de la espléndida novela epistolar de Pierre Choderlos de Laclos Les liaisons dangereuses, que solemos traducir al español como Las amistades peligrosas, aunque sería más apropiado el título de Las relaciones peligrosas.


Charles Monnet, ilustración para la primera edición de Las amistades peligrosas, 1796

Stephen Frears, Las amistades peligrosas, 1988


Miloš Forman, Valmont, 1989

Mi libertino favorito no es, sin embargo, Valmont, ni la deliciosamente malvada Madame de Merteuil. Ambos me dan un poco de pena, porque conozco su secreto: su falta de libertad, su sometimiento a una agobiante serie de convencionalismos –en este caso, los del libertinaje-, su desesperación. 


Stephen Frears, Las amistades peligrosas, 1988

No, ni Merteuil ni Valmont son mis libertinos. Si debo escoger a uno, este es mi preferido:


Joseph Losey, Don Giovanni, 1979

Don Giovanni, por supuesto, la oscura y luminosa criatura nacida de la música de Wolfgang Amadeus Mozart y el libreto de Lorenzo da Ponte. Don Giovanni, amado por Stendhal –para mí, pasión sobre pasión, puesto que también amo al amador Stendhal-. Y, entre todos los Don Giovanni, el que acabamos de ver en la imagen anterior: Ruggero Raimondi. Il dissoluto punito de Raimondi es seductor, payaso, odioso, enternecedor, cruel, ridículo, admirable, tal como lo soñaron Mozart y Da Ponte. Consigue ponerte de su parte.


Joseph Losey, Don Giovanni, 1979

¿Qué es lo que tanto me atrae de Don Giovanni? Porque no cabe duda de que, entre otros rasgos igualmente desagradables, es un tipo arrogante, mentiroso y violento: nada que le convierta, precisamente, en una persona atractiva. Y, sin embargo, a mis ojos hay algo que le salva: su pasión por la vida, su valor al gritar “¡no!” a la estatua. Pentiti!, le exige esta, una y otra vez: ¡arrepiéntete de vivir, de gozar, de ser un hombre, de ser libre, de estar vivo! ¡No!, responde Don Giovanni, y en cada una de las negativas que profiere este hombre profundamente indigno se escuchan los acentos de la dignidad humana: esa dignidad con que se niega a rendirse ante lo inevitable, con la que rechaza ceder ante lo que sabe que va a suceder. Ocurrirá, sí, pero no con su consentimiento. Don Giovanni no se resigna, y todo ello le aproxima a dos autores a los que también amo: Albert Camus y Elias Canetti.


Joseph Losey, Don Giovanni, 1979

En el claustro de los muertos de la Santissima Annunziata de Florencia, Camus se encoleriza. Lee las inscripciones de las losas funerarias y de los exvotos: según los textos, todos se habían resignado a morir. “Todo en mí protestaba contra semejante resignación. ‘Se debe’, decían las inscripciones. ¡Pero no!, y mi rebelión estaba en lo justo”. Es el “no” de Canetti, el “no” de Don Giovanni. 


Claustro de los muertos, Santissima Annunziata, Florencia


Las lápidas le muestran a Camus que su cólera y su grito son inútiles. “Pero todavía hoy –escribe-, no veo lo que la inutilidad hurta a mi rebelión y sé muy bien lo que le agrega”.



Tengo una cita pendiente con Don Giovanni. Algún día escribiré sobre él. Por ahora me contento con matar cada día al comendador: su solemnidad huera, su pétrea pesadez, su ignorancia de que lo ligero esconde, a menudo, una profundidad mucho mayor que la que finge la tiesura, su permanente condena de la alegría, del placer, de la risa, de la vida. ¡Menudo cretino, el comendador!


Joseph Losey, Don Giovanni, 1979

Mirad, esta es la escena final, en la que Don Giovanni se enfrenta con la estatua y, por supuesto... pierde. Es mucho lo que pesa esta música de la piedra, la música del pasado, como la describe Ernst Bloch. ¿Del pasado? Nada más sorprendente, más nuevo, menos vinculado al pasado y a la tradición, que la música de las escenas donde aparece el Comendador. Marcel Marnat evoca la sorpresa del público que asistió en 1787 al estreno de Don Giovanni ante esta aterradora ruptura musical que sucede a los breves y agitados recitativos previos y que, hoy en día, aún sorprende a nuestros oídos, habituados a músicas como las de Edgar Varèse o Igor Stravinsky.



Vosotros no vais a decirme que no si os invito a visitar los lugares donde Joseph Losey rodó su Don Giovanni, ¿verdad? Estos son, básicamente, Venecia y Vicenza. ¿No os tienta hacer esa pequeña excursión? Pero no la haremos hoy, sino el domingo próximo. Por el momento, os dejo con esta batalla de almohadas y, cómo no, con música, ya que el texto la exige. ¿Qué música? La obertura de Don Giovanni. La felicidad de Stendhal. Mi felicidad.



Jean-Honoré Fragonard, El combate inútil