domingo, 26 de abril de 2015

Cielo o relato


Beato de Saint-Sever, detalle, Bibliothèque nationale de France, París, 1050-1070 c.


No tengo nada contra el cielo, faltaría más, pero la narración me cautiva. ¿Qué tendrá que ver, os preguntaréis, relato y cielo? Vamos a verlo.

Martirio de San Vicente, frontal de Santa María de Liesa, Diputación Provincial de Huesca, tercer cuarto del siglo XIII

La pintura románica se desarrolla sobre tabla, para decorar frontales de iglesias y pequeños retablos; en las miniaturas y, como frescos murales, en las grandes superficies de piedra de las iglesias. En todos los tipos de pintura hallamos un fuerte componente de abstracción, la linealidad de las figuras que se superponen al fondo y la casi total ausencia de paisaje.

Los Reyes de Oriente, pintura sobre tabla: frontal del altar de Mosoll, detalle, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona, 1200 c.

Lo grande y lo pequeño se relacionan, puesto que los lazos entre pintura mural y miniatura son estrechos, aunque la segunda se dirija a personas letradas y la primera muestre un carácter más popular y didáctico.


Facundo (atribuido), Beato de Fernando I, detalle, Biblioteca nacional, Madrid, 1047 c.

Al entrar en la iglesia, nos damos de bruces con el cielo. Bueno, no es que tropecemos con él ni nos golpee el rostro, sino que lo vemos frente a nosotros, en el ábside. Lo que vemos, en realidad, es su representación: una visión simbólica, lo invisible que se hace visible a través de la belleza. El cielo al alcance, si no de la mano, sí de la vista. Ahí, en el cascarón del ábside, todo es simetría. El centro está ocupado por la mandorla o “almendra mística”, ese marco ovalado, derivado del clípeo romano, que encierra al personaje sagrado. Digo bien: lo encierra, porque lo sagrado es, a la vez, terrible, de modo que conviene confinarlo de algún modo. 

Pantocrátor, Sant Climent de Taüll, Museu Nacional d’Art de Catalunya, Barcelona,1223 c.

Los muros laterales son un camino: nuestro camino. La mirada, y nosotros con ella, nos ponemos en movimiento. Ya no nos sirve la relación estática con la arquitectura que mantenía la Antigüedad: hay que moverse, amigos. Hacia el  cielo, claro. 

Iglesia de los santos Julián y Basilisa, Bagüés, pinturas en el Museo Diocesano de Jaca, 1080

Cuando el edificio dispone de ellos, columnas y arquitrabes nos indican esa dirección longitudinal. La mirada comienza a caminar con la arquitectura paleocristiana, echa a correr con la bizantina y, llegado el románico, avanza majestuosa por el interior de este cuerpo maduro del edificio, regido por la geometría. 

Iglesia de Santa María de Taüll, 1123

“Vamos, vamos, al cielo”, nos espolean los elementos arquitectónicos y los ornamentales. Nosotros nos hacemos los remolones: “un momento, que no corre prisa: dejadnos escuchar la historia que cuentan los muros”. Ahí está: hemos llegado al relato y, ya vamos conociéndonos, nada nos gusta más que el que nos cuenten historias.

Frontal de San Esteban de Guils, detalle, Museo del Prado, Madrid, 1220-1250 c.

Los muros laterales acogen la narración. Ya no se trata del espacio simbólico del ábside, sino de los episodios de una historia que se desarrolla en la superficie rectangular del muro. 

Milagro de San Clemente, Basílica inferior de San Clemente, Roma, siglo XI c.


El Milagro de San Clemente es muy famoso por la inscripción que, como si se tratase de un precedente del tebeo, desarrolla un diálogo entre los personajes. Es muy interesante porque ya se aproxima al italiano. El diálogo, resumido, es este: “Falite dereto co lo palo” (“Empujad recto el poste”); “Fili de le pute traite” (“¡Tirad, hijos de puta!”).

Milagro de San Clemente, Basílica inferior de San Clemente, inscripciones, Roma, siglo XI c.

En la iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés se nos cuenta la historia de la humanidad. El relato se desarrolla en espiral, desde la creación de Adán, en el muro sur, hasta finalizar en el ábside con la Crucifixión y la Ascensión.

Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés, siglo XII

Aunque la pintura incorpora elementos arquitectónicos y se aprecia una escueta sugerencia paisajística -por ejemplo, en las briznas de hierba que crecen en las franjas marrones y ocres que representan el suelo-, son las figuras las que, con su distribución y movimientos, crean el espacio.

Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés

Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés

En Bagüés se advierte la confluencia de diversas huellas: entre ellas, la de los frescos de la abadía francesa de Saint-Savin-sur-Gartempe y el Códice de Santa Radegunda de Poitiers.

Saint-Savin-sur-Gartempe, siglos XI-XII

Códice de Santa Radegunda de Poitiers, Bibliothèque municipale de Poitiers, siglo XI

También hay ecos de obras más antiguas, como las biblias carolingias de la abadía de Saint-Martin de Tours:

Historia de Adán y Eva, Biblia de Moutier-Grandval, abadía de Saint-Martin de Tours (atr.), 830-840 c.

Las figuras muestran una enorme expresividad en sus movimientos:

La matanza de los inocentes, Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés

La matanza de los inocentes, Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés

Fijaos en estos dos detalles:

La matanza de los inocentes, detalle, Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés

El prendimiento, detalle, Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés

¿Veis la superposición de cabezas, cuerpos, brazos? Hay otros ejemplos en la misma iglesia de Bagüés:

Iglesia de los santos Julián y Basilisa de Bagüés

Esta superposición, que en algún caso, como el del Prendimiento, introduce un gran efecto de dinamismo, casi como un sorprendente efecto futurista, se debe un método de representación perspectiva heredado de la antigüedad tardía y transmitido a través del arte mozárabe. Las figuras se superponen para indicar su disposición en profundidad.

Magius, Beato Morgan, Pierpont Morgan Library, Nueva York, 922-958 c.

El recurso de disponer las figuras en una gradación de hileras superpuestas, para sugerir la profundidad, se aplica también a la escultura. Aunque podamos pensar que cada fila se halla a diferente altura, como si los personajes se situasen en gradas de progresiva elevación,  lo que el artista nos quiere dar a entender es que unas figuras se hallan detrás de otras. Podemos verlo en varios de los magníficos relieves del claustro bajo de Santo Domingo de Silos:

La Ascensión y Pentecostés, Santo Domingo de Silos, siglos XI-XII

La incredulidad de Santo Tomás, Santo Domingo de Silos, siglos XI-XII

Nos alcanza y nos hiere la belleza de estos relatos con los que los artistas quisieron educarnos y cautivarnos a través del dibujo, los colores, la piedra. No tenemos prisa en llegar al cielo que se nos ofrece en el ábside del templo, por hermoso que sea, cuando la narración nos atrapa. ¡Seguid contándonos vuestras historias, artistas!

Anuncio a los pastores, Panteón real, San Isidoro de León, 1124-1170 c.



viernes, 24 de abril de 2015

Crecen árboles




Sí, hoy nos han crecido árboles. Los amamos, tanto en la realidad como en el arte. Sin ellos, no existimos.

A ver si, entre todos, podemos descubrir qué pintores plantaron estos árboles en sus lienzos:


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02 Detalle

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Ya tenemos el bosque completo. ¡No se os ha escapado ni un árbol! Bueno, creo que solo uno. Estas son las soluciones:


Maurice Denis, Los árboles verdes, Musée d'Orsay, París, 1893

Leonardo da Vinci, La Anunciación, Galería Uffizi, Florencia, 1472-75

Aquí vemos el cuadro completo:

Leonardo da Vinci, La Anunciación, detalle, Galería Uffizi, Florencia, 1472-75
Paul Cézanne, El gran pino, Museo de Arte, Sao Paulo, 1898 c.

Piet Mondrian, El árbol gris, Haags Gemeentemuseum, La Haya, 1911

Jean-Antoine Watteau, Los campos elíseos, detalle, Colección Wallace, Londres, 1717

Este es el cuadro de Watteau:

Jean-Antoine Watteau, Los campos elíseos, detalle, Colección Wallace, Londres, 1717

Gustav Klimt, Pinar, Kunsthaus Zug, 1902

Vincent Van Gogh, Olivos, National Gallery of Scotland, Edimburgo, 1889

René Magritte, 16 de septiembre, Minneapolis Institute of Arts, 1956-57



Caspar David Friedrich, Árboles, Gemäldegalerie, Dresde 1828 c.


Paul Gauguin, Árboles azules,  Ordrupgaard Collection, Copenhague, 1888


Henri Matisse, Olivos en Collioure, Metropolitan Museum of Art, Nueva York, 1905 c.

Paul Klee, Pino