miércoles, 19 de junio de 2019

Voy poco a la ciudad y se me olvida





A veces, en la ciudad, voy de perro en perro. Si no hay perro, desastre: porque entonces los autos y la gente con prisa, así que mucho mejor si hay perros en los que demorarse y poder ir de perro en perro. Ya que mencioné la prisa, admito que otra cosa que hago en la ciudad es jugar a las carreras. Elijo a alguien que camine ágil y me lleve un buen trecho de adelanto: aprieto el paso hasta alcanzarlo y, mientras lo rebaso, oteo en busca de la siguiente persona con quien jugaré. Sé que hay más jugadores porque en alguna ocasión coincidí con alguno: es muy divertido cómo echamos carreras mientras fingimos ser solo dos personas que caminan a paso rápido.


George Grosz, Mañana azul


François Avril, Esquina
Voy poco a la ciudad y se me olvida. Sé que está hecha de esquinas, de balcones, de sonidos, de escaparates, de nubes prendidas en lo alto y, si hay suerte, de perros. Pero a fuerza de no ir, o de ir muy poco, se me olvida. No es fácil acordarse de todo cuando se vive aquí –selva, páramo, cueva, fondo del mar, desierto, isla, montaña, bosque, exoplaneta, nada-, así que he pensado que Ale podría ayudarme a recordar cómo es una ciudad. He pensado en ella, pero todos vosotros estáis invitados a hacer estos ejercicios de memoria urbana.


Władysław Strzemiński, Paisaje urbano

Un día tenéis que buscar leones. Ya sé que no es frecuente hallar leones por las calles de una ciudad, pero es posible que estén esculpidos en algún edificio o que su imagen aparezca en algún lugar. En su defecto, se pueden buscar dragones.


René Magritte, Nostalgia


Pascal Campion, Escena callejera
Otro día tendréis que buscar a personas que se saluden al encontrarse o al despedirse. ¿Cómo son, qué hacen? ¿Se estrechan las manos, se abrazan, se dan un beso, dos besos…? El ejercicio puede ampliarse a cualquier tipo de relación entre dos o más personas con las que os crucéis por la calle o que veáis sentadas en la terraza de un café, en una estación… en cualquier punto de la ciudad. También podéis recolectar risas y sonrisas. Incluso provocarlas.


Vincent Mahé, En el café

¿Qué más hay que buscar? Algo que esté fuera de lugar: por ejemplo, un piano de cola en el cruce de dos avenidas. Se admiten también pianos verticales o de pared. Aunque tampoco hace falta que sea un piano: cualquier cosa cuya presencia resulte sorprendente en ese lugar o en ese momento. Puede ser un sonido, puede ser un olor.


Ralston Crawford, St. Anne Street

Un lugar. Un único lugar en vuestra ciudad. Ese lugar. Podéis solazaros en la nostalgia (o no sentir ni una pizca de añoranza), pero debéis ir a ese lugar, ver lo que ha cambiado, lo que permanece intacto.


Jakob Eisenscher, Paisaje urbano


Un color. El que queráis. Hay que ver si aparece con frecuencia y en qué contextos lo hace. Si por cualquier motivo decís “no, color no me apetece”, os sugiero como alternativa que sigáis el rastro del agua: fuentes, río, mar… Cómo suena: sobre todo, cómo suena. A partir de ahí, lo que surja.


Jan Sluijters, Ciudad



Pascal Campion, Escena callejera

Buscad a alguien que se os parezca, o se pareció o pueda llegar a parecerse: podéis reconoceros en cualquier rasgo físico, o en el modo de caminar, o en nada en absoluto porque sois totalmente distintos y, no obstante, os parecéis incluso en el no pareceros. No hace falta que os reconozcáis en una persona: puede ser en cualquier otro tipo de criatura, de objeto, en cualquier percepción que despierte, en vosotros, la semejanza. A mí me pasó, una mañana, con una música que escuché en una radio que alguien tenía puesta. “¡Soy yo!”, exclamé, asombrada.


Oskar Kokoschka, Avignon


Ya está: ya puse los deberes, por si queréis hacerlos. No me refiero solo a Ale, sino a todos los que queráis ayudarme a recordar que las ciudades están llenas de leones (o dragones), del sonido del agua, de personas que se saludan, que juegan a hacer carreras entre ellas, que se nos parecen o no se nos parecen. E incluso de perros.

Porque, a fin de cuentas, ¿qué es una ciudad, sino todo eso?

Władysław Strzemiński, Paisaje urbano


“La medida del sentido de la ciudad es esta: en la ciudad de la memoria ¿puedes oír la risa de los niños, el agitar de las alas de las palomas y los gritos del vendedor ambulante?, ¿puedes recordar el eco de tus pasos? En la ciudad de tu mente, ¿puedes imaginarte enamorándote?”.


(Juhani Pallasmaa, Habitar)


 

viernes, 10 de mayo de 2019

La paciencia de la mano





La mano en la mano: ¿qué mano, qué manos? Pon tu mano, es decir, mi mano, pon tu mano en la mano. ¿Mano de otro, la imagen de una mano o mi mano en mi mano, en actitud de espera?

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Sopló un gran viento que todo lo arrastró. La mano se perdió.

Paul Klee, Breve descripción del paso entre montañas

Esa mano, cuenta Najmán en uno de sus cuentos, era un mapa del mundo, de todos los mundos, de la estructura de cada uno de los universos. Podían seguirse en ella las indicaciones acerca de los senderos que unían los mundos: cada sendero, único.  Todos, sin embargo, estaban trazados en la mano.   
Estaban en ella todos los tiempos, incluso los que proseguían después del final, es decir, cuando, desde un punto de vista lógico, carece de sentido hablar de después y de proseguir, pero no para la mano, no en la mano. Estaban registrados en ella los nombres de todos los viajeros y cada uno de sus pasos. Todo estaba en la mano, hasta el más mínimo detalle.

2


La mano, pensamiento. La paciencia de la mano, escribe Canetti. La dulzura del tacto.
Sopló un gran viento.


3



¿Cómo se hicieron pacientes las manos?, se pregunta Elias Canetti. "¿Cómo conquistaron la delicadeza de sus dedos? Una de las ocupaciones más tempranas de la que se tiene noticia y que tanto gusta a los monos es la de hurgar en el ‘pelaje’ de sus compañeros. Creemos que buscan algo, y como indudablemente a veces lo encuentran, hemos atribuido a esta actividad un sentido demasiado estrecho y puramente utilitario. Lo que en realidad les interesa es la agradable sensación que experimentan sus dedos entre los pelos de la piel".



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 ***

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Esto es un juego. Más vale que lo diga ya: es un juego de manos. Jugamos a él hace unos años; volvemos a jugar ahora, con algunos cambios. Se trata de que reunáis las manos numeradas con sus cuerpos –sus pinturas- correspondientes. Hasta ahora, llevamos cinco. ¡Cinco manos perdidas, arrastradas por un gran viento! Manos con sus mapas o, si queréis, manos que contienen en la yema de sus dedos el paraíso.

Huellas.


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Mano tendida. Mano que hace.

La mano,  dice Canetti, "alcanzó su perfección por otras vías, es decir allí donde renunció a la violencia y al botín. La verdadera ‘grandeza de las manos’ está en su ‘paciencia’. Los tranquilos y acompasados procesos de la mano han ido creando el mundo en el que querríamos vivir. El alfarero, cuyas manos saben modelar la arcilla, aparece como creador ya al principio de la Biblia".






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Las manos, escribe Emilio Lledó, "eran ya, por sí mismas, pensamiento".


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José de Ribera, Sibila


Diez imágenes para jugar con ellas. Con paciencia.

La paciencia de la mano. Su delicadeza.



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