Los ciclistas son gente simpática. Pasan a menudo
por delante de casa, en pelotón, y como hay en la fachada un rótulo cerámico en
el que se lee Villa Irene, si me ven
fuera, todos me saludan: “¡hola, Irene!”, “adiós, Irene!”. Yo me río y no les
digo que no me llamo Irene, y ellos pedalean contentos después de saludar a
Irene.
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Lyonel Feininger, Velocipedistas, 1910 |
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Pascal Campion, Cuando
el aire se siente como el agua dulce
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Sobre la
bicicleta me transformo. ¿Quién no? Si soy feliz, disparatadamente feliz, canto
como un cronopio y, como él, soy capaz de acabar, de tanta dicha o tanta
distracción o tanto canto, bajo las ruedas de un camión. Por suerte, suelo ser
feliz con moderación o incluso –pero esto solo a veces- no serlo en absoluto, a
pesar de la bicicleta. Así que no hay peligro. Sobre todo, si no canto.
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Bruno Paul, Accidente,
1896 |
Se cuenta que el primer artista que decidió dar una
vuelta en bicicleta fue, cómo no, Leonardo da Vinci. Mirad el diseño que, se
dice, realizó hacia 1490 y que forma parte del Codex Atlanticus:
Aunque es cierto que Leonardo tenía la costumbre de
ir escapado y dejar muy atrás el pelotón, el asunto de su bicicleta es una broma
–broma o falsificación, escoged el término- perpetrada en los años sesenta del
siglo pasado. Así que olvidemos la bicicleta de Leonardo, ¿de acuerdo? ¿Y
entonces? Aparte de determinadas paleobicicletas, por así llamarlas, existentes
en al antiguo Egipto y en China, y de los divertidos artilugios que anduvieron
ya por los caminos –sobre todo, por los de la imaginación- desde finales del
siglo XVIII, la bicicleta con pedales nació en 1839. Pero yo no quiero hablar
de la historia de la bicicleta, sino que montemos en ella para recorrer,
juntos, algunos de sus caminos en el arte.
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Henry Thiriet, Cycles Griffiths,
1898 |
Por los carteles, desde luego, circulan muchas
bicicletas. Decir cartel es, para empezar, decir modernismo, y con él, esas
líneas curvas, esas cabelleras ondeantes y ese movimiento que tan bien casan con la bicicleta.
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Crescent Bicycle, 1899 |
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Arthur Foache, Clément, 1900 c. |
Decir bicicleta es, también, decir libertad. Bicicleta
y emancipación de la mujer avanzan juntas: porque el nuevo vehículo dota de
movilidad a las mujeres, porque incide en los cambios en la vestimenta femenina
y porque… correr en bicicleta, lo sabéis, es respirar la libertad, es
despeinarse, es sentir cómo el aire nos azota la cara y nos despierta.
A los perros
les gusta correr junto a las bicicletas y, a veces, jugar a asustar un poco a
los ciclistas. A los ciclistas no les gusta: es normal. A los perros, sí.
También es normal.
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Thor, Cycles
Peugeot, 1900 |
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Joseph Crawhall, Ciclista, 1896 c. |
¡Aunque a veces no son los perros los que persiguen
a los ciclistas!
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Cycles Vogesia |
Las bicicletas ruedan, por supuesto, a través del
arte del siglo XX y de los veloces movimientos de vanguardia:
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Marcel Duchamp, Rueda
de bicicleta, 1913, reconstruida en diversas ocasiones |
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Jean Matzinger, Ciclista
en el velódromo de invierno, 1913-14 |
A veces, es necesario descansar un
poco para recuperar fuerzas antes de retomar la carrera:
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Edward Hopper, El
descanso del ciclista, 1937 |
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Fernand Léger, Los
ociosos sobre fondo rojo, 1949 |
¡Y de nuevo al camino!
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Ramón Casas, Casas
y Romeo en un tándem, 1897 |
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Remedios Varo, Monja
en bicicleta, 1961 |
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Alexander Deineka, Granjera en bicicleta, 1935 |
La última vez que me compré una bicicleta, la
poesía lo enredó todo. Me la vendió un chico que era alto, delgado y poeta. "¿Para qué la quieres: competición, ciclocrós?", me preguntó. "Mírame", le
dije. Me miró. "Paseos", dijo. "Paseos tranquilos", puntualicé. Me vendió una
bicicleta azul que, al llegar a casa unos días después, en una camioneta de
reparto, se había convertido en roja. “Necesitaré un bombín”, sugerí, y me
vendió un bombín. “Y parches, por si se pinchan las ruedas”. Rebusqué entre los
complementos para ciclismo: había, entre ellos, objetos enigmáticos, cuyo
destino era yo incapaz de discernir.
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Jean-Jacques
Sempé, Tienda de bicicletas, 1988 |
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Pascal Campion, Camino
de vuelta
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Tras huronear durante un buen rato entre los
artefactos y mis dudas, pregunté si necesitaba algo más. En realidad era una
consulta que debería haber formulado el vendedor, pero lo hice yo. Él meditó
antes de responder: nada. Sentí una mezcla de alivio y desilusión.
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Juri Romanov, Bicicleta |
Nos
dirigimos a una pequeña mesa donde debíamos cumplimentar los datos de la
factura. El joven abrió un cajón. Rebosaba de pequeños papeles en los que
aparecían garabateados lo que sin duda alguna eran poemas. Los miró con
perplejidad, leyó algunas de las líneas trazadas en los recortes de papel,
suspiró porque de repente le parecieron malos o porque pensó que eran tan
increíblemente buenos, o acaso tan ajenos, que era imposible que hubieran sido
escritos por él. Cerró el cajón, abrió otro, el hallazgo fue el mismo. Pero
había también un lápiz diminuto, que tomó entre sus dedos con evidente satisfacción,
y una goma elástica para recoger el pelo, que contempló con la sorpresa de
quien reencuentra, donde menos se lo espera, algo que creía haber perdido para
siempre. No hay nada que nos sirva, concluyó, y me condujo a un mostrador donde
otro dependiente, que sin duda no era poeta, le proporcionó todo lo que
necesitaba para formalizar la venta, es decir, los impresos de la facturación y
un bolígrafo. Compré la bicicleta.
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Will Barnet, Bicicleta,
1979 |
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Catia Chien, Mujer equilibrista
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Unos días más tarde, la bicicleta azul, inesperadamente
roja, llegó a mi casa. Cuando nos quedamos a solas, nos observamos con timidez
y cierta desconfianza. Poco sabíamos la una de la otra; por mi parte, ni
siquiera sabía mucho de mí misma. ¿Sería capaz de montar sin caerme, ya a
trozos, ya entera? Lo que se requería
era dinamismo, equilibrio, ese aliento inicial de nadador o bailarina o pájaro;
no había más remedio que lanzarse. Y me lancé. Trastabillante, al principio,
con la elegancia de un ánade y, a pesar de todo, con el estupor de saberme aún
ilesa, todavía montada y avanzando, acróbata de los pedales. Así pues, no había
olvidado. Dicen que nadar e ir en bicicleta nunca se olvida, es como el primer
amor, pero no sé qué decir, tengo mala memoria.
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Audrey Hepburn en bicicleta |
Está bien,
concluyo la historia. No me rompí: la que se cae a trozos es la bicicleta. Se cae
un pedal, luego el sillín, el manillar sale volando y, cuando voy a darme
cuenta, me encuentro en medio de un camino con un amasijo de piezas de
bicicleta a mis pies. Fantástico. Entonces, me acuerdo del poeta.
Decididamente, tengo que comprarme otra bicicleta.
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Marc Chalmé, La
bicicleta, 2013 |
Mientras tanto, veo pasar a los ciclistas que me
saludan, alegres, con sus “¡hola, Irene!” y “¡adiós, Irene!”, y estallo en
carcajadas, aunque no me llame Irene. O precisamente por eso.
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Alexander Deineka, Camino hacia el sur, 1930 |
Maravilloso, delicioso, precioso texto. Ay, no sé montar en bicicleta. Ya entiendo muchas cosas de las que me pasan. Cómo puedo tirar sin saber es un misterio, pero real.
ResponderEliminar¡Caty, eso hay que remediarlo cuanto antes! Pero, eso sí, si te decides a comprar una bicicleta, asegúrate antes de que el vendedor no es poeta.
EliminarUn fuerte abrazo.
Me gusta la bicicleta y el arte que ofreces. Marchaba descubriendo caminos y veredas, fotografiando plantas, disfrutando de paisajes, sufriendo en las subidas interminables y, en recompensa, gozando en las bajadas. Otros tiempos. Feliz año.
ResponderEliminarLas subidas siempre han tenido esa manía de ser interminables, es verdad. Con o sin bicicleta, que tengas un buen año, Galefod. Un fuerte abrazo.
EliminarQué suerte un poeta vendedor. Haríamos buenas migas y malos negocios. Bicicleta y libertad, sinónimos. Con sólo una bici, como se dice por aquí, carretera y manta.
ResponderEliminarMe habría salido mejor comprarle un poema que esa extraña bicicleta empeñada en desmembrarse cada dos por tres. Creo que cuando me anime a comprar otra, lo primero que preguntaré es: ¿eres poeta? Un fuerte abrazo, Josevi.
Eliminar¿Eres poeta?
Eliminar¿Vendes bicicletas?
Inma Cabezas nos acaba de regalar esta preciosa canción de Ben Harper: She's Only Happy In The Sun (ven, ven, Inma, explica a los amigos que sí, que nos la has regalado): https://youtu.be/ubLjcTF45t0
ResponderEliminarY aquí la letra traducida:
Sé que podrías no querer verme
en tu camino desde las nubes.
¿Me oirías si te digo
que mi corazón está contigo ahora?
Ella solo es feliz en el sol.
Ella solo es feliz en el sol.
¿Averiguaste quién eras antes?
El miedo y las risas te hicieron arrodillarte
pero si el sol te libera, te libera
claro que serás libre.
Ella solo es feliz en el sol.
Ella solo es feliz en el sol.
Cada vez que te oigo reír, que te oigo reír
me hace llorar.
Como la historia de tu vida, de tu vida
es hola, adiós.
Ella solo es feliz en el sol.
Ella solo es feliz en el sol.
¡Gracias, Inma!
Recuerdo que todos los años pedía un caballo para Reyes ( sí, pueden reírse tranquilamente)..a lo que mi padre, por supuesto, respondía con un, éste piso es muy pequeño. Así que cuándo apareció la primera bicicleta en mi vida, le llamé "Mi caballo", y te puedo asegurar que con esa bicicleta era la niña más felíz del mundo.Para mis padres era un verdadero tormento, a veces al anochecer tenían que ir a buscarme,me encantaba perderme por las calles de mi pueblo con ella,y claro está, con las dos o tres amigas que se apuntaban entusiasmadas a esas escapadas. También en mi madurez he utilizado ese maravilloso invento,no todo lo que quisiera, pero sí, alguna vez que otra me he dejado llevar y me he perdido con ella.
ResponderEliminarPara tí y para todos los amigos, la canción de Ben Harper, espero la disfruten.
Gracias por haber rescatado de mi memoria esos momentos..
¡Cómo te imagino en tu caballo!
EliminarPor las noches, en verano, mi madre salía a la calle con un bocadillo y, como si se tratase del avituallamiento en una carrera, pasaba yo con la bici, lo cogía sin detenerme y me lo comía mientras seguía pedaleando como una loca. No en la ciudad, claro.
Gracias por la canción de Harper: me ha encantado.
Un abrazo enorme, ciclista Inma.
Aprendí a montar en bicicleta tras varios veranos infructuosos. En el pueblo de mi abuela, recuerdo que había una calle en pendiente pronunciada y al final, cuatro esquinas. En la esquina que quedaba justo al final de la pendiente, de cara, a la izquierda, había una piedra de esas que se colocaban para que los carros, con las ruedas, no arrancaran la parte inferior de la fachada. Pero esa piedra no la pusieron ahí para ese propósito. Estaba allí única y exclusivamente para frenarme a mí en mi loca carrera ciclista pendiente abajo. Los pies fuera de los pedales, el manillar de un lado a otro, el equilibrio despistado pensando en otras cosas, los ojos fuera de las órbitas y mordiéndome la lengua, el resultado ya puedes imaginar cuál fue. La piedra tiene marcada mi barbilla. O más bien al contrario. Pero no sé que milagro se produjo, para que la siguiente vez que subí a la bicicleta, supiese pedalear, sujetar el manillar y seguir en línea recta con una elegancia y gracia que parecía que no hubiera hecho otra cosa en mi vida. Gracias Carmen, por tu maravillosa entrada. Si ésta es la primera del año, esto promete. Un abrazo
ResponderEliminarNota: La bicicleta era prestada (de una prima). La rueda quedó totalmente abollada y no pudimos arreglarla. (Creo que todavía me odia)
¡Qué buena historia, Elisenda! También te he visto, ¡directa a la piedra! Te contesto mientras me río, así que si se mezcla alguna carcajada entre las palabras, que a nadie le extrañe.
EliminarUn fuerte y ciclista abrazo, campeona.
Preciosa entrada, Carmen, y yo pensando que nos ibas a cantar la canción de Los Machucambos y nos hablas de bicicletas. ¡¡Qué nostalgia!! Mi bici, la última que tuve, era verde, mi color favorito, y como tu dices, me daba sensación de libertad, parecía que volaba más que corría. Supongo que también era la edad, claro.
ResponderEliminarUna entrada genial, llena de encanto y frescura, para iniciar el año.
Mil besos, Carmen
Ah, no, si mi niña Chari quiere la canción de Los Machucambos, aquí está:
Eliminarhttps://youtu.be/UJSSiCTibRs
Y, si hay que cantar, ¡que se aparten los camiones!
Nos estoy imaginando a todos en bicicletas de distintos colores, cada una con su nombre, corriendo como locos. No, no pienses en "Verano azul". Algo más gamberro. Y mágico.
Mil abrazos, Chari.
Un momento delicioso, disfrutando, de tus palabras y bellas imágenes y me han traído a la memoria la obra en carteles de A.Mucha
ResponderEliminarMuchas gracias por este paseo en bicicleta.
¡Alfons Mucha, con sus anuncios de bicicletas Waverley, Perfecta...! ¿De qué color es tu bici, Esperanza? Un fuerte abrazo ciclista.
EliminarHoy tengo que confesar algo, levemente avergonzada: yo no sé andar en bicicleta. Tanto miedo tenía mi madre de que me cayera y me rompiera un hueso o algo pero, que nunca quiso comprarme bicicleta ni patines. Ahora, con la imaginación pedaleo y vuelo sobre dos ruedas y un día de estos, cogeré la bicicleta de Braque que me ha entusiasmado y me iré con Irene volando por esos caminos y andurriales.
ResponderEliminarUn beso enorme.
Rosa, eso se soluciona bien pronto: solo necesitamos una bicicleta que no se rompa como la mía, y en unos minutos te convertirás en hábil ciclista. ¡Pero no imites a Elisenda con la piedra, ja ja! Un fuerte abrazo.
EliminarQué bonita entrada Carmen.
ResponderEliminarDe pequeña andé mucho en bici, tuve mis caídas aparatosas pero disfruté mucho. La primera que tuve y no recuerdo tenía ruedines, pero cuando aprendí, los RR.MM., por supuesto, me trajeron una, era naranja, un naranja vistoso. Con el tiempo y por la caídas se le cayó la pintura y mi padre la pintó de rosa y aún la tiene. Puedo asegurar que era buena y aún tiene todos sus complementos originales.
Me han gustado mucho los carteles, que siempre me gustan, y esa historia del vendedor poeta, aunque sigo sin verle la relación a la mala venta que te hizo...
En fin, me apunto a los paisajes de Alexander Deineka. Son... inspiradores.
GRACIAS Y feliz domingo a todos
Las caídas forman parte del juego. ¿Te acuerdas de las heridas en las rodillas, y de cómo nos decían que no nos arrancásemos las costras, porque nos quedarían cicatrices, y precisamente por eso nos las arrancábamos, para tener cicatrices? Lo del vendedor es porque lo suyo era la poesía, no las bicis. Aunque, ahora que lo pienso, también la bicicleta es poesía. Un fuerte abrazo, Harry.
EliminarQué bonito!!!!! Me encanta montar en bici, es una de mis formas de desconectar y guardo muy buenos recuerdos de mis excursiones en bici. He disfrutado muchísimo leyéndote. UN beso y feliz 2016.
ResponderEliminar¿Y si nos damos un abrazo sobre ruedas nos pegaremos un trastazo? ¿Probamos, Marigem? Un abrazo enorme.
EliminarLe he pasado tu texto a un ciclista lesionado, para que se consuele. Un beso.
ResponderEliminar¡Pobre! No creo que le consuele mucho, la verdad, pero la intención es lo que cuenta. Un abrazo, campeón.
EliminarEsta entrada me llega a lo más hondo, pues soy ciclista y hago poesía y disfruto de ambas cosas como un niño. Soy de los ciclistas que suben y bajan, y arriesgan en trialera y senda estrecha. He pedaleado sobre todo por montaña y sierra. Por valle y bosque; nunca al lado del mar, es lo que me queda.
ResponderEliminarNunca he pasado por tu puerta para saludarte, pero también será cuestión que algún día pase sobre dos ruedas y te salude por tu nombre, pues yo si te conozco.
¡Genial! el arte de la bicicleta.
Besos Irene....¡Perdón! Carmen.
¡Ja ja! Mañana mismo, cuando vuelvan a pasar los ciclistas, me fijaré bien, a ver si eres uno de ellos. Un abrazo, Francisco.
Eliminaraunque yo aborrecí la bicicleta por un accidente , me gusta ver esas hermosa piernas , femeninas , pedaleando..
ResponderEliminarSiento lo del accidente porque, por lo que dices, tuvo que ser fuerte. Como son fuertes, también, las piernas de las ciclistas: una alegre belleza. Un abrazo ¡también fuerte! para ti, Alexandra.
EliminarMe ha encantado este paseo en bicicleta. El primero que doy en mucho tiempo. Yo siempre quise una de esas con vestirá de paja...aún la quiero;). Feliz año nuevo,Carmen. Muchos besos!
ResponderEliminar¡Eva! ¿Te has reconocido entre las ciclistas que surcan la página? Te doy pistas: tu bicicleta es azul, llevas plantas y das de comer a una paloma. ¡Sí, eres la ciclista de Will Barnet! Un abrazo grande, grande.
EliminarIrene o Carmen, ¿qué más da?, lo importante es el saludo en sí. Algo tienes, Carmen, que incluso los que pasan por delante de tu puerta a toda velocidad no se resisten a saludarte. Eres un cielo. Leerte y saber que posees o poseías una peculiar bici no me ha sorprendido. Yo también tengo una que monto a diario para ir al trabajo. Me encanta y ¿sabes?, intuyo que, gracias a ella, la gente suele sonreír al cruzarse conmigo(tal y como hacen los ciclistas contigo). En mi caso, creo que es por la cesta de mimbre decorada con flores que llevo prendida en el manillar. Al igual que un florista que entrega flores a domicilio y siempre es recibido con alegría, la gente me saluda sonriente, aunque no me conozca de nada. Es gratificante participar en una comunicación tan breve, pero, a la vez, significativa, más aún en estos tiempos tan tensos y tristes que corren. Este medio comunicativo también posee las mismas características: breve y significativo y, aunque no puedes apreciar mi sonrisa, te aseguro que la luzco en el rostro cada vez que leo tus entradas.¡Hasta la próxima, Irene!
ResponderEliminar¡Qué bonito es lo que cuentas de tu bicicleta con cesta y flores, como la que quiere Eva!Y las sonrisas y saludos de las personas con las que te cruzas. Me gusta mucho, mucho, Carmela. ¡Cada día haces sonreír a la gente! Eso es importantísimo, ¡y tan valioso! Te mando un abrazo enorme, ciclista de flores y sonrisas.
EliminarLas bicicletas son para el verano, el otoño y todas las estaciones. En más de una ocasión he contado cómo aprendí y alguna que otra experiencia con la bicicleta. Gracias por esta hermosa entrada, querida Carmen-Irene.
ResponderEliminarEl mundo sobre dos ruedas... y qué felicidad, la del pedaleo. Un abrazo, Francisca-Elena.
EliminarTuve una mala experiencia con una bicicleta de niña y lo dejé,
ResponderEliminarPero sueño tener un bici mágica que no me deje caer ni atropellar por algún cosmonauta distraido, pue antes de mi traumático accidente me gustaba sentirme libre con la brisa de frente, Eran sueños vanos.
Me gusta las bicis y las imaginarias Irenes
Cosmonautas distraídos! No sé si lo he contado ya, pero una de las primeras cosas a las que me dediqué cuando aprendí a ir en bicicleta fueron las panfletadas. Verás, yo escribía en hojas de papel textos breves sobre dos temas: el feminismo y el espacio (me refiero a carrera espacial y demás). Después ponía los "panfletos" en una bolsa, subía a la bici y, cuando veía a un grupo de personas reunidas, lanzaba varias hojas al aire. Mi hermano me dijo, muy serio: "un día te detendrá la policía". "¿Cómo? ¿No se puede escribir sobre naves espaciales?", pregunté, asombrada. Imagíname, Alexandra: yo tendría unos siete años.
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