martes, 31 de enero de 2017

El secreto del blanco





Dicen que duerme, pero cuánta pujanza hay en ese sueño. Cómo despunta y nace, aun sin saberlo, aun sin hacerse visible: ya en su ensimismamiento apunta el brote. Absorta, seria, arropada con un sereno júbilo en la concentrada tarea de soñarse, inventa los colores y alumbra en su silencio las voces que serán. ¿Duerme? En su reposo, crea.

Hannah Woodman, Paisaje

John W. Shanabrook, La orilla fría

“Alma, contempla cómo la / floración comienza / en la fría penumbra del invierno”, escribe María Jesús Mingot. ¡Cuánta luz alienta en lo oscuro! Cuánta vitalidad en lo que creemos percibir inmóvil, cuánto aire libre en su recogimiento. Las imágenes desfilan por esos ojos cerrados que, sin embargo, ven. ¿Qué ven? Yemas, brotes, hojas, flores, frutos, unas criaturas que nacen, otras que despiertan de su sueño: todo aquello que esa gran durmiente crea con su pausada respiración, todo lo que prepara para cuando llegue el momento de abrir las puertas a la primavera. Dormida ya, dormida aún en el frío, la naturaleza vibra como la cuerda tensa del arco, como la flecha a punto de ser lanzada al aire.

Edvard Munch, Paisaje nevado

Kazimir Malévich, Blanco sobre blanco
Pero hay que esperar a que llegue el momento, nos advierte Elena Soto:

La nada iluminando el vacío, el vacío dando forma a la nada
(A Kazimir Malévich)
Las flores del almendro han brotado prematuramente /

y caen amortajadas sobre el blanco sudario de la nieve. 
Su muerte es un castigo de los dioses 
por revelar a los hombres, antes de la primavera, 
el secreto del blanco. 


Cuno Amiet, Paisaje invernal

¿Recordáis a Natalia Goncharova, quien no tenía ningún recuerdo del invierno? Solo conservaba, en la memoria de su niñez, la imagen del despuntar de la primavera, de los brotes verdes que germinaban bajo el hielo y la nieve.


Natalia Goncharova, Escarcha
 
Marta Zamarska, Impresión de invierno 13

Invierno. El juego de la luz. La desnudez. Apenas unas formas, apenas unos trazos sobre la página en blanco del paisaje. La escritura del frío, de la espera. Bajo esa quieta superficie, lo hemos visto, late todo un mundo. Este es el poema completo de María Jesús Mingot del que antes he citado unos versos:
Mi búsqueda insensata,
flor del cerezo, la esencia de lo frágil. 
Florece y desfallece en un mismo tributo a la belleza. 
No poder ver cuánta luz existe en la caída, 
el declive que de nuevo presagia la floración en ciernes.
Sólo el instante es y, en él,
el antes y el después se dan la mano,
intercambian papeles,
se invalidan e invierten
desde dentro.

Alma, contempla cómo la
floración comienza
en la fría penumbra del invierno.
A la intemperie, en medio de la nieve,
preparan las novicias sus votos en silencio.

Edvard Munch, Noche blanca

Henry Raeburns, El reverendo Robert Walker patinando en el lago Duddingston

Las representaciones artísticas del invierno se asocian en ocasiones con su rigor, pero también muestran, a menudo, algunas de las diversiones propiciadas por la nieve y el hielo: trineos y patines se deslizan, de este modo, por la superficie del lienzo. Recordaréis, sin duda, los cuadros invernales de Brueghel: los árboles desnudos, los paisajes y tejados cubiertos por la nieve, los pequeños personajes que juegan sobre el hielo. Estas escenas de los patinadores aparecen con frecuencia en la pintura, en la novela, en el cine, y a mí, que nunca he sabido patinar, me llenan de gozo.

Pieter Brueghel el Viejo, Paisaje invernal

Marta Zamarska, Impresión de invierno 6

Me complazco también en la memoria del trineo, en las risas que acompañan su descenso, en ese volver a subir con él a rastras para volver a bajar y subir de nuevo y bajar, bajar: ritmo regocijado de esfuerzo y recompensa, música del aire puro y frío. Ya imagino que la situación tiene que ser muy distinta allá donde el trineo, en lugar de ser juego, se convierte durante meses en el único medio de transporte.


Marta Zamarska, Impresión de invierno 10

Ferdinand Hodler, Nieve en el valle de Engadina

La nieve no suele visitar el lugar donde vivo, tan próximo al mar: el blanco no es, entre nosotros, el color del invierno, excepto cuando la nieve cubre las montañas y estas se ofrecen, ante nuestros ojos aún llenos de asombro infantil, como un distante regalo de luz. Y, sin embargo, incluso desde estos inviernos de tonos verdes que a algunos nos rodean, pensamos en el blanco que deslumbra y quema. Blanco de reconciliación y de inocencia, para los occidentales; de aflicción y nostalgia, en Oriente. Para todos, color de ausencias y también, sí, también de comienzos: página en blanco.


Hannah Woodman, Paisaje

Cuno Amiet, Atardecer sobre la nieve

¿Invierno blanco? ¿Nieve blanca? ¿Dónde dejamos esos azules que, tal vez, sean el secreto del blanco? Todas las voces azules del azul, todas sus voces. Podemos pensar en los azules, arroparnos en ellos, pero nuestra mirada viaja también a los inviernos coloridos de Munch o de Kandinsky. Una mirada, la vuestra, que ahora pido que alejéis de la pantalla donde leéis estas líneas para lanzarla a través de las ventanas reales o de las ventanas del recuerdo, en el caso de aquellos que os halláis en este momento en el verano, para responder a esta pregunta: ¿de qué color, de qué colores son vuestros inviernos?


Vasili Kandinsky, Paisaje invernal

miércoles, 25 de enero de 2017

Vanidades, por Daniel Ferrando Colom





Carmen se ha dejado la puerta entreabierta. Me cuelo como un gato curiosón y envanecido.



Marc Chagall, El gato y los dos gorriones

Dice Fernando Lázaro que el canónigo Artero, que así se apellidaba, acudió a un convento de Alba. Indagaba las causas de unos estigmas sangrantes que presentaba una monja. Llegado allí, reunió a la comunidad y, con párvula inocencia, preguntó: “Veamos, hermanas, ¿quién es la santita?”. Una voz sumisa brotó del grupo: “Una servidora”.


Fernando Botero, Santa Rosa de Lima


Viene esto a que una niña, también quiso ser santa, a su estilo y condición. “Eso no puede ser bueno, mujer”, comentaban en casa. Sentó cabeza y se dejó llevar por la molicie. Aun así, de mayorcita, cuando amisté con ella, ambicionó evocar milagros ajenos. Viajando por geografías italianas y francesas, se expresaba siempre en valenciano. Y la entendían. Era un prodigio, una emulación del mismísimo san Vicente. Tal cual. Filólogos hay que hablarían de un continuo dialectal. Pero eso es prosaísmo: desarreglo de legos.



Piero della Francesca, Reverso del díptico del duque de Urbino
  
Yo nunca he sabido hacer milagros. Así me va. De niño participé en un desfile procesional de uno de los santos Vicentes. No sé muy bien de cuál. Ahí puse mis méritos y mi empeño. Me encantó llevar una banderita. La meneaba con garbo. Eso no era milagroso. No pongo la foto porque se me suben los colores. Os sirve otra de unos niños a los que no conozco de nada.


Niños vestidos para una procesión. Fecha indeterminada. Comunidad valenciana, arte y memoria

Me fascinan las transformaciones. Eso sí: sobre el papel. Caen unos mundos y se levantan otros. Cuando Roma hizo agua se resintieron hasta los acueductos. “Esto ya no es lo que era”, se decían ante la mirada sagaz de los invasores. ¿Quién no ha sentido el vértigo en la resquebrajadura? Hemos vivido otros cambios, algunos esperados: se hizo humo la dictadura, cayó el Muro… Sin embargo, nada hacía pensar en la desaparición de la Ruta del bakalao: hasta los bailongos se desvanecieron. Tras eso, la nada. 


Moebius, El garaje hermético

En otras músicas pensaba Vicente Ferrer, el santo, cuando percibía que su cosmos medieval se iba al garete. Es la voz de la crisis de ese espíritu. Algo así como un Sinatra bajomedieval. My way canturreaba, pero en valenciano. Y lo entendían por doquier. Quizá por eso milagreó tanto, que no se recordaba nada igual, oye. De frare Vicent como taumaturgo hay mucho escrito. En su ciudad natal, los niños representan sus milagros. Teatro infantil, en suma, tan seriecitos ellos: deliciosamente mejorable. Ahí está el quid, en la representación. Frare Vicent era muy teatrero. Domina los recursos de un buen predicador: trabaja la gestualidad y la voz, se dirige con sencillez a su auditorio, tutea, usa onomatopeyas y explica lo complejo. Acabamos ahítos de esto en cada campaña electoral. Nos sofríen la testa con sus sermones laicos. Imitan las prédicas y se las dan de innovadores... e innovadoras.


Miracles de sant Vicent Ferrer. El Pilar

Ferrer representa en sus sermones la llegada del Anticristo, la inminencia del fin del mundo, la relajación de la sociedad. Tal como ahora: o yo o el caos. La gente se entusiasma, vibra con sus predicaciones. Reincide en el tema de san Jorge y el dragón. Varía la leyenda a su antojo: en unos casos lo alancea a caballo, en otros, a pie, como si presintiera la evolución taurómaca del XVIII. Dramatiza Ferrer: Via a Infern!: Xof, en les calderes. A ese reclamo vehemente responde el auditorio con fervor y contagio. Huelen el guisopo. De esas exaltaciones dan fe los asistentes. Ferrer no escribe los sermones. Se lanza al ruedo y se las compone. Caben interpretaciones varias. ¿Qué ha dicho? No lo sé. Yo he entendido esto…   


Sandro Botticelli, Mapa del infierno

Fascina en frare Vicent cómo domina la comunicación. Sus prédicas arrebatan. Ahí es sublime. Pero lo que encandila a los más es su milagrería. Por el número de prodigios se encarama en el podio. Dicen que queda subcampeón. Se comunica en su idioma incluso en regiones de hablas no románicas: sua valentina ac materna lingua fuerit semper locutus. Hay conversiones sonadas, como la de  un alfaquí. Causa asombro. En tierras aragonesas, judíos y moros están obligados a asistir al sermón. Una amiga turolense me asegura que en su tierra apedrearon al dominico. Los maños tienen su aquel. Y si son de Teruel, su este. Frare Vicent se marchó mosqueado.


Alfaquí. Miniatura abasí

Lo representan con frecuencia con el índice alzado, como una deixis celestial, ostensiva. No diu Virgilium, ne Ovidium, sed Evangelium, car les doctrines poeticals no salven les ànimes. Tampoco el Dante ni Aristóteles se salvan de la quema.


Pompeya. Fresco. Caída de Ícaro

Henri Matisse, Ícaro

William-Adolphe Bouguereau, Dante y Virgilio en el infierno


Convence a la gente. De eso se trata. Imaginaos la escena: diez mil personas siguen a un predicador, de una ciudad a otra. No es moco de pavo. Incluso actualmente ese gentío que lo acompañaba sería un espectáculo. Las televisiones harían cola.


Ambrogio Lorenzetti, Los efectos del buen gobierno en la ciudad
Pero frare Vicent es de otra época. Mientras él predica, en Europa se va restaurando el culto hacia los clásicos. El Renacimiento ajirona el suelo medieval. Debajo está la piedra labrada.


Sandro Botticelli, Retrato póstumo de Simoneta Vespucci

Si Ferrer representa el anochecer del pensamiento medieval, Eiximenis es su culminación. Atrás queda el inalcanzable genio de Llull. Es punto y aparte. Aun así, la prosa del gerundense es excelente, cuidadísima. La mejor de la época.


Miniatura del Terç de Lo crestià, de Francesc Eiximenis

Cresques Abraham, Mapamundi

El valenciano, en cambio, no es literato, sino orador, predicador. A cada cual lo suyo.

Admiramos la prosa de Francesc Eiximenis,  su pericia narrativa y la claridad de sus diálogos. El franciscano retrata la sociedad que ve, con la pasión de un crédulo, con la ingenuidad de quien acepta lo inverosímil, con la ironía de quien observa y desmigaja comportamientos.


Catedral de Teruel. Pintores

Giotto, San Francisco predicando a los pájaros

Huele a medieval en su crítica desmedida. Ahora bien, preconiza una sociedad burguesa y una economía de rasgos precapitalistas, valora a los mercaderes y defiende la vida urbana. Detesta al campesino. Lo tilda de bestia, loco, malicioso, egoísta, desagradecido, gritón, orgulloso, presuntuosos, avaro… No se queda corto. Si además se trata de un eclesiástico, el vituperio clama a los cielos.


Miniatura medieval: el arado

Tiene ideas chocantes. Censura que los cristianos se cambien de vestidos. Los sarracenos no lo hacen. Ni ellos ni ellas. Es una moda funesta de allende los Pirineos. Los cristianos se tornan pisaverdes, rellenan pecho y espalda con algodones, enseñan muslo y  “partes vergonzosas”.


Maestro de Miraflores, Decapitación de san Juan Bautista (detalle)

¿Y ellas? ¡El acabose! Balconean para que las miren, se perfuman, coquetean… Todo viene de fuera y acabará mal. Que yo os lo digo.


Dama y unicornio. Tapiz flamenco del XV


¿Cómo se diferencia el sexo de un recién nacido? Es fácil: por el primer sonido que emiten cuando lloran. Las niñas lloran con la E de Eva, mientras que los niños lo hacen con la A de Adán. En la próxima ocasión estaremos al loro.


Escena de parto. Herbario. Sur de Italia. Siglo XIII

En Las Baleares y al sur del Xúquer hay un reducto labiodental: pronuncian la uve como en francés o en gran parte de Italia. Son algo así como la mesnada de Asterix frente a la apisonadora del betacismo, de los que no diferencian entre bilabial y labiodental. Las mayorías, como suele ocurrir, hablan de artificio. Están locos estos romanos. Frare Francesc muestra que el betacismo no estaba tan extendido como ahora. Estamos en el siglo XIV, junto al Mediterráneo. Nos dice que quien haya bebido si quiere decir veure dirà beure. Ergo diferenciaba la labiodental. 


Sirena en el Hortus salutatis
   
Marc Chagall, Arcángel Gabriel
Lo Chrestià es una magna obra. Pero Eiximenis también escribió un tratado de angelología, muy llano, muy clarito, como le gustaba expresarse. Tuvo difusión: un best seller sobre ángeles. Casi nada. Ofrece etimologías curiosas. Por lo que se ve, woman procede de woe man. Esto es: en inglés la mujer es “dolor de hombre”. La idea no es suya, que la copió. Fue llamado a capítulo por el rey Juan I. No por ese tema, que al monarca se la traería sin cuidado, sino porque leyó en los astros que antes de finalizar el siglo habrían desaparecido todas las casas reales cristianas salvo la francesa. Eso, claro está, no le gustó al rey y tuvieron unas palabritas. Frare Francesc cambió de parecer. Se le fundieron las alas.


Marc Chagall, La caída del ángel


Corría el año 1387 cuando vio que una muchedumbre vociferante seguía a Vicente Ferrer. Frare Vicent, qué fa la bufa?, le espetó. Las lenguas dicen que el dominico contestó que la vanidad no se detenía, sino que iba y venía. La ciudad recibía con embeleso al predicador. A más de uno no le gustó. ¿Vanidades o envidias?


Moebius, Arzak


El hecho es que el Renacimiento llamaba a la puerta. El aporreador fue Bernat Metge, que admiraba a Ovidio. Más bajito tocó Antonio Canals: este era fraile, pero de otra mirada.


Apolo y Dafne
Joachim Patinir, Las tentaciones de san Antonio

Al pasar la meseta, allá por Finisterre, nos encontramos con Rodríguez del Padrón, un gallego que se hizo franciscano por despecho de amores. Al hábito se llega de distintas maneras. Era poeta, pero de formas viejas, de esas gallegoportuguesas. Escribió El triunfo de las donas, una respuesta contundente al antifeminismo literario del momento, y una novelilla inconexa: El siervo libre de amor. Aquí el paisaje adquiere valor: no hay quimera, sino memoria. Es real y reconocible. En nuestras literaturas últimas no se recordaba algo así. Al fondo de la tabla ya se ve el arbolado. Parece una descripción de un lienzo de Patinir. Las dimensiones están hechas a la medida del hombre when the times there are a changin. El Humanismo está ahí.


Joachim Patinir, Caronte atravesando la laguna Estigia