martes, 22 de noviembre de 2016

¿Acaso no matan a los caballos?




Susurra unas palabras o llora en silencio: hay versiones distintas de este abrazo que tuvo lugar el 3 de enero de 1889 en la plaza Carlo Alberto de Turín. Se ha escrito mucho sobre el episodio, se ha rodado una película. Un hombre abraza a un caballo exhausto, al que un cochero azota con su látigo para que se levante. Milan Kundera dice que ese hombre pide perdón al caballo en nombre de Descartes, en nombre de la humanidad. Muchos de vosotros conocéis la historia, sabéis que ese hombre, a quien en ese instante se le quiebran mundo y razón, es Friedrich Nietzsche. Pensamos en el caballo, pensamos en las lágrimas, pensamos en el hombre y, junto a él, pedimos perdón.


Franz Marc, Caballo azul
 

Thomas Gainsborough, Caballos en un bosque
Me pregunto si el caballo siente sobre su piel el roce del bigote de Nietzsche, humedecido por las lágrimas. Y entonces, pienso en Luis. Su bigote no se parecía al de Friedrich. Tampoco coincidían, me parece, más que en su compasión por los caballos. No solo por los caballos. Aunque tal vez haya otro punto en común entre esos dos hombres de distintos bigotes, épocas distantes, diferentes lenguas y nacionalidades: yo. Luis era mi padre; Nietzsche es, ya desde mi adolescencia, un autor al que siempre he leído con interés.


Robert Bevan, Yegua y potro

Caballo del Partenón
No sé nada de caballos. Sé un poco más –solo un poco- sobre Luis y Friedrich. Luis nos decía que mirásemos, en los ojos de los caballos, su humanidad. Nos mostraba también la palma de su mano, cerraba el puño, evocaba la herradura y nos decía: sus manos y las nuestras son las mismas manos. A Luis le dolían los caballos. Podéis imaginar, con un padre así y una madre que no le iba a la zaga, cómo nuestra casa fue albergue de todo tipo de animales perdidos, heridos, abandonados. Aunque nunca hubo caballos entre ellos. 


Manuel Amado, Caballo

Cueva de Chauvet
Los caballos nos acompañan desde siempre en el arte. Me conocéis, sabéis que en este texto no galoparemos ordenadamente en el curso del tiempo, a pesar de que en este mismo instante os coja de la mano y os arrastre al pasado. Venid, os invito a adentraros conmigo en Chauvet y en Lascaux para admirar la fuerza y la belleza de sus caballos.

Nuestro silencio es casi una plegaria. El arte rupestre es tan humano -término en el que incluyo al animal, porque no podría separarlos-, que es sagrado. ¿Os dais cuenta de que hubo hombres y animales allí, en esas grutas, y por lo tanto estuvimos nosotros? ¿Os dais cuenta de que todas las criaturas que habitan aún la roca están vivas? 


Cueva de Lascaux

Caballo del Partenón
Caballos que corren por la piedra o que están prisioneros en ella, caballos celestiales que vuelan y sudan sangre, como decía el emperador chino Wu Di, caballos a los que pedir perdón. El caballo de los sueños de Neruda, “desnudo, sin herraduras y radiante”  o aquel “que enciende su crin contra el pelado viento” en los versos de Vicente Aleixandre. Ese caballo, nos cuenta Ricardo Güiraldes, cuyo “hocico resopla vastos galopes en sed de horizonte”. 


Caballos de San Marcos, Venecia

Caballo celestial

Emil Nolde, Jóvenes caballos negros
Si pasamos de la poesía al arte, los temas se desbordan. ¿Hablamos del caballo como trono móvil de los poderosos, en el retrato ecuestre? ¿Desmenuzamos lo que simboliza cada una de las posiciones del animal, del mismo modo que lo hace el paisaje, en este tipo de retratos? Pero yo no quiero hablar ahora de los emperadores, los reyes, los generales, los condottieri: todos esos poderosos a quienes no respeto. No quiero hablar en estos momentos del boato, ni ocuparme de la guerra ni de la caza que en el arte y en la realidad utilizan a los caballos para ejercer la violencia contra los otros animales y contra los hombres. Yo quiero abrazar el cuello del caballo, porque a él sí que le respeto.

Jacques-Laurent Agasse, Caballo blanco

Al margen de vanidades y violencias, un género pictórico especial es el que representa a caballos solos, como hemos visto en el ejemplo de Agasse. El holandés Paulus Potter y el inglés George Stubbs son otros dos destacados pintores de animales en cuya producción abundan los caballos.

George Stubbs, Caballo

Muchas de las representaciones de este animal se asocian con el deporte. Pensamos, de inmediato, en Edgar Degas. Apasionado por la fotografía y preocupado por la representación correcta del movimiento, Degas, como Géricault y otros artistas, se interesó por los trabajos en los que Eadweard Muybridge mostró los movimientos auténticos de los caballos. 

Edgar Degas, Caballos y jockeys

Otro artista muy relacionado con los caballos es Robert Bevan, quien no tardará en visitar este blog con su esposa, la pintora Stanislawa de Karlowska.

Robert Bevan, Exhibición de caballos en Tattersall

Robert Bevan, Comerciantes de caballos

De las carreras de Degas y del comercio de Bevan volamos al mito. Porque para eso sirven las alas de Pegaso, un caballo del que la poeta Elena Soto nos puede contar mucho en su blog, Establo Pegaso.

Odilon Redon, Pegaso

Eugène Delacroix, Caballo en la tormenta

Esperad. No lo estoy haciendo bien. Hace poco, con motivo de la muerte de Leonard Cohen, se recordaba aquel concierto en Jerusalén que el cantante interrumpió, de pronto, para decir al público: “No estoy sintiendo profundamente las canciones. Y creo sinceramente que os estoy engañando. Lo voy a intentar de nuevo. Si no funciona lo dejo y os devolveremos el dinero. Hay noches en las que uno se eleva en el aire y otras en las que simplemente no despega”. Cohen entró en el camerino y exclamó: “No puedo, me estoy rompiendo”. El público, en la sala, empezó a cantar Hevenu shalom aleichem (La paz sea contigo). Cohen pudo volver al escenario, cantó, sintió lo que cantaba, lloró. Era de esto, de las lágrimas de Cohen, de las lágrimas de Nietzsche, de lo que quería hablaros yo. Quería hablaros de esos caballos de Federico García Lorca, negros con herraduras negras.

Emil Nolde, Caballos

Manuel Gil, Caballos
Yo quiero deciros que, cuando Alejandra Pizarnik nos habla de su bosque –cada uno de nosotros, ya veis, tenemos un bosque propio-, nos habla de

acumular deseos en plantas ingratas
referir lo tuyo
en verdor solemne
y entonces vendrán diez caballos
a tirar la cola al viento negro
moverán las hojas
sus crines mojadas
y vendrá la escuadra
redondeando versos

René Magritte, La firma en blanco

En 1969, Sydney Pollack rodó la película They Shoot Horses, Don't They?, basada en la novela homónima de Horace McCoy ¿Acaso no matan a los caballos? La película recibió entre nosotros los títulos de Baile de ilusiones o Danzad, danzad, malditos, según los países.
Los hombres, los caballos a los que García Lorca describe así:
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
  

 
 
Al fondo de todo esto duerme un caballo (Gonzalo Rojas).

Manuel Amado, Caballo
 
 
 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Yo volveré a caminar por el tejado




Nosotras subíamos a los tejados. Nos vieron desde el pueblo, se asustaron: creían que podíamos caer. No caíamos. Para caer, habríamos debido tirarnos, quizás con los brazos extendidos como alas. Sabíamos que podíamos volar, pero no así. Sabíamos que nuestros brazos de niñas eran solo brazos de niñas. A ninguna de nosotras se nos ocurrió lanzarnos al aire. No había peligro en los tejados.


Paul Cézanne, Vista sobre los tejados de París

Martin Bloch, Tejados de Kensington después de un bombardeo
Queríamos explicárselo a los vecinos del pueblo, decirles: no hay peligro. Nos daba pena que se asustasen por nosotras. A lo mejor fue eso, la pena de asustarles, lo que nos hizo abandonar nuestros tejados. Podríamos haber burlado la prohibición, arrostrar los castigos sin que eso implicase, tampoco, un desafío. Pero asustar a otros, aunque no hubiese motivo, no nos gustaba. Así que nos despedimos, con tristeza, de la visión de los otros tejados y el trazado de las calles; les dijimos a las nubes y al cielo: “a partir de ahora, tendremos que miraros desde abajo”. ¡Adiós, tejados! ¿Adiós? No, por supuesto que no: hubo más tejados, y algunos de ellos sí que implicaban riesgo.


Chaim Soutine, Paisaje con tejados rojos

Pablo Ruiz Picasso, Tejados azules


Un tejado mojado, por ejemplo. Había que acceder a él por un tragaluz. Veía lo empinado de los faldones, las tejas viejas y resplandecientes por la lluvia. Dudé. Allí no se requería el ansia insensata del vuelo: bastaba con algo tan sencillo como resbalar. ¡Era tan fácil! “Espérame, te ayudo”. Había visto cómo el hombre conducía a otras compañeras hasta la cumbrera. “A mí, no”, dijo mi orgullo, así que salí por el tragaluz y fui equilibrista de la lluvia. Ese gesto tan nimio me hizo crecer de nuevo en la niña que, arrojada al agua, aprende a nadar porque, si no, se ahoga, o en la que monta sin saber en la bicicleta para lanzarse a las caídas hasta que ya no cae y avanza, puro viento. Sola, como se hacen las cosas importantes, ya sabéis: nadar, ir en bicicleta, caminar por los tejados.

Camille Pissarro, Los tejados de Ruan

Auguste Herbin, Los tejados de París bajo la nieve
¿Y un tejado cubierto por la nieve? ¡Ah, no, caminar por él me parece excesivo! Tal vez otros puedan: yo me retiro a contemplar su blancura inicial, mucho antes de que alguien pueda citar a Georg Trakl con su “nieve negra que cae del tejado”. Mirad, vamos a instalarnos en el estudio de algún pintor y a través del cristal de la ventana veremos los tejados bajo la nieve, las chimeneas, la ciudad extendida en el silencio del invierno. Imaginad que tenemos entre nuestras manos una humeante taza de té o de café, y el bienestar será completo. 

Igor Grabar, Tejados bajo la nieve

Gustave Caillebotte, Tejados nevados de París

Peder Severin Kroyer, Copenhague. Tejados bajo la nieve
Que las ventanas de los pintores asomen a los tejados se explica por la luz: dónde mejor que en lo alto para atrapar la luz en la paleta y embeber en ella los pinceles. La luz de la nieve, del sol, de los distintos matices de cada uno de los días, de cada una de las estaciones del año. La luz y esa vida que late y a veces bulle y a veces parece rendirse a un breve sosiego en la ciudad que se despliega ante la mirada del artista. No solo su mirada: cuántos, entre quienes no somos, ni fuimos, ni nunca seremos artistas, buscamos anhelantes las alturas, esos últimas plantas de los edificios para soñar que vamos más allá de la ciudad para rozar el cielo. 

Henri Martin, París. Vista desde el estudio del artista

Charles Ginner, Tejados

Robert Barker, Panorama de Londres (1792)
En algunas de estas vistas tomadas desde la altura vemos el mismo recurso utilizado desde finales del siglo XVIII por los pintores de panoramas, ese espectáculo visual nacido en 1787 que consiste en una pintura de grandes dimensiones, con un ángulo de 360º y cuyos límites coinciden con el horizonte visual del espectador. El recurso no es otro que el de incluir en el primer término de la imagen un fragmento de tejado o del antepecho de una azotea para acentuar, en el caso de los panoramas urbanos, el realismo de la representación.

Gustav Cariot, Los tejados de París

Charles Ginner, Los tejados

En los tejados aflora el gato que, como un dios oculto, encierra nuestro pobre cuerpo de humanos. Allá, sobre las tejas, uno se entrega al violín o al beso, y es inevitable recordar a García Lorca y “los tejados del amor, con gemidos y frescas manos”.

Marc Chagall, Violinista

Marc Chagall, Enamorados sobre un tejado

Albert Marquet, Los tejados de París

Allí, también, el paso del tiempo –horas, días, vidas, siglos-, la solitaria mirada que se abisma en el horizonte: ella sí caerá una y mil veces, como un cuerpo muerto; ella alzará el vuelo.  

Los tejados se inclinan
bajo el peso de las lluvias
de infinitos inviernos.
(Jorge Teillier)

André Lhote, Los tejados de Burdeos bajo la nieve

Othon Friesz, Tejados y catedral de Ruan

Tejados rojos, azules, grises, ocres, negros; tejados de las ciudades, de los pueblos, de los campos.

Jean Dufy, Los tejados rojos

Albert Marquet, Los tejados negros de Audierne

Paul Gauguin, Los tejados azules

Paul Cézanne, Los tejados
Tienen otro sabor, otra forma de crecerse, los tejados rurales. La lluvia en ellos es más verdad o, al menos, así me lo parece, aunque admito que lluvias y nieves y también, por qué no, soles, derraman sobre las ciudades un hálito de esos otros mundos que escapan de cementos y asfaltos. Otros olores, otros sonidos, descienden de estos tejados que, de improviso, nos hablan de los campos. 

Maurice de Vlaminck, Los tejados rojos

Jean Dufy, Tejados

Alexei Jawlensky, Tejados rojos

Pablo Ruiz Picasso, Los tejados de Barcelona
No solo tejados: también las azoteas que configuran otro tipo de paisajes de altura aparecen reflejadas en la pintura. La planitud de los terrados, tan característica de determinados tipos de clima, acoge tareas como la de extender la colada, por ejemplo, pero también ofrece recreos, vistas privilegiadas, alivios nocturnos a los calores estivales, sociabilidad o, por el contrario, íntimo recogimiento. A esa ciudad que crece por encima de la ciudad se desplazan también los pintores con sus pinceles. 

Edward Hopper, Mi tejado

Marc Chagall, El gallo
¿Descendemos ya del tejado o nos quedamos un rato más en él, viendo el vuelo de las aves? ¿Qué os parece? Tal vez alguno de vosotros lea este texto al anochecer, cuando, como escribe Trakl, “del tejado se desprende la penumbra”. ¡Acaso alguien lo lea en una azotea o incluso en un tejado! Todo es posible, ¿no? ¿Incluso lo que nos dice Yevgueni Yevtushenko?

yo, otra vez joven y siempre libre,

arriesgando la vida, sonriente y fuerte,
volveré a caminar por el tejado 

Marc Chagall, Los tejados rojos