miércoles, 27 de julio de 2016

El retumbo del trueno




La preparación de una tormenta es como el buen cine de terror. Algo que viene lentamente: más que lo que sucede, una atmósfera, una determinada calidad del aire, una espera. La tormenta nos seduce poco a poco; avanza como un gato, se contiene; despliega su capa como el abrazo de un vampiro, como el insólito capote oscuro de un torero. El día se transforma en un azul intenso que se arrastra entre retumbos.


Barry Hilton, Atmósfera


Claude Monet, Tormenta en Belle-Île
“Hay aquí una historia -escribe  Jacques Aumont-, la de la pintura de las nubes, de las lluvias, de la tormentas y del arco iris, la de las hojas temblando al viento y la del mar centelleante al sol; una historia de la que, entre otras cosas, había hecho su gran tema el siglo XIX”. La historia del clima hecho pintura, la del movimiento y el aire y la atmósfera y la luz.



Isaac Levitan, Antes de la tormenta


Antes de convertirse en el “gran tema”,  como dice Aumont, la lluvia empapa la pintura a través de diluvios, universales o no, y tempestades en el mar.



Nicolas Poussin, Invierno (El diluvio)
Entre todas las tempestades posibles, hay una muy especial: la de Giorgione. Es una obra ante la cual el tiempo se detiene, una pintura en la que cada pincelada es una pregunta, un juego de miradas, un paisaje en el que perderse, un enigma.


Giorgione, La tempestad

Rayo o relámpago: fulgor. 


Giorgione, La tempestad, detalle

Decidme, ¿habéis visto cómo los blancos estallan de luz en el cristal verde del aire, entre las sombras que se precipitan y condensan? ¿Cómo anochece en el día?


Martin Johnson Heade, Aproximación de la tormenta

Martin Johnson Heade, Tormenta en la bahía de Narragansett

No he encontrado ningún cuadro que refleje esa blancura. Sí el aborrascarse de los cielos, su transformación. 


Barry Hilton, Casas junto al camino

Barry Hilton, Aproximación de la tormenta

Barry Hilton, Nubes de tormenta

Jonathan Cole, Tormenta

De pronto, rompe. Todo es oscuridad: el cielo se desploma en el profundo verde de la lluvia. Es verde el aire, el cielo; son verdes los muros empapados, las sombras que van comiendo el rojo de las tejas. ¡Ya están aquí los horizontes verdes de la lluvia, la canción de la tormenta! Los caminos se convierten en barrizal, entre los surcos de la tierra espejean hilos de agua.


Maurice de Vlaminck, Tormenta

Gota a gota / la lluvia se reúne / otra vez en la tierra, escribe Pablo Neruda.

John Constable, Estudio

Andy Parker, Tormenta
Tormentas que desatan el temor en el mar y, a veces, también en la tierra.


Ivan Constantinovich Aivazovsky, El Mary Caught durante una tormenta

Marianne von Werefkin, La tormenta

Edvard Munch, La tormenta
David Inshaw, Tormenta en West Bay

La noche viene rápida, cosida por los rayos, toda zurcida de fulgor. Guerra en las alturas, estallidos de luz entre lo oscuro. Es como si el cielo celebrase su cumpleaños encendiendo muchas velitas, como si se rompiese para dejar ver entre sus grietas un secreto de luz.


David Inshaw. Tormenta sobre Silbury Hill

También en la ciudad pronto es todo noche metálica, húmeda noche de reflejos, brillos, luces: el asfalto, espejo donde se asoman las casas; las calles, muslos por los que se desliza el agua.


Frederic Childe Hassam, Lluvia a medianoche

Claude-Joseph Vernet, Pescadores junto a un  faro durante una tormenta 

Las tormentas, que son ya espectáculo en sí mismas, han formado parte desde antiguo de otros tipos de espectáculos. El teatro, por ejemplo, con sus cajas de truenos y todos sus trucos para representar las tempestades, o los espectáculos visuales como el eidophusikon o el diorama: imágenes muy próximas a las que podemos ver en cuadros de los siglos XVIII y XIX.
La tormenta, una de las expresiones de lo sublime, es una invitada frecuente, también, en las novelas y el cine de terror: belleza, estremecimiento.


Erik Tiemens, Paisaje en la tormenta

Un perro ladra en la tormenta
y su aullido me alcanza entre relámpagos
y al son de los postigos en la lluvia

yo sé lo que convoca noche adentro
esa clamante voz en la casona
tal vez deshabitada

dice sumariamente el desconcierto
la soledad sin vueltas
un miedo irracional que no se aviene
a enmudecer en paz

y tanto lo comprendo
a oscuras / sin mi sombra
incrustado en mi pánico
pobre anfitrión sin huéspedes

que me pongo a ladrar en la tormenta. 


(Mario Benedetti) 


Maurice de Vlaminck, Tormenta

Maurice de Vlaminck, Tormenta
¡Esos cielos!


Cuno Amiet, Cielo de tormenta



 

viernes, 15 de julio de 2016

Joaquim Mir, Santiago Rusiñol y medio marido mallorquín





“¿Con quién voy a vivir cuando sea mayor?”. “No sé, sola, con amigos, con tu marido…”. La niña abre desmesuradamente los ojos y lanza un grito desgarrador: “¡Noooo, con mi marido no!”. La mujer que la acompaña se apresura a tranquilizarla: “vamos, vamos, no llores, si no quieres tener marido, no pasa nada”. La pequeña resopla y se calma. Al cabo de un rato de silencio, se vuelve hacia la mujer y pregunta: “¿qué es un marido?”.

Joaquim Mir, Paisaje de Mallorca

Santiago Rusiñol, Jardín de las Elegías, Son Moragues

No, esa niña no era yo, aunque bien habría podido serlo. Se trata de una conversación que escuché en el autobús y que arrancó las carcajadas de todas las mujeres y de algún hombre. ¿Por qué digo que habría podido ser yo y, sobre todo, qué relación tiene esto con la isla de Mallorca? Ahora os lo explicaré, impacientes.

Santiago Rusiñol, Sóller
En cuanto aprendí a hablar aproveché para anunciar con firmeza mis proyectos de futuro: iba a ser escritora, iba a ser astronauta, no me iba a casar. Con el tiempo, para quitarme de encima a las típicas señoras de “cuando seas mayor y te cases…”, varié mi estrategia: “solo me casaré con un lord inglés”, decía, porque me parecía harto improbable llegar a conocer a un lord inglés y además, casadero. Después fui a Sóller, me gustó muchísimo y a la frase del lord inglés le añadí la coletilla: “o con un señor de Sóller”. Esa fue mi perdición, porque sin duda era más fácil toparme con señores mallorquines que con la aristocracia inglesa.

Así que no fui astronauta y me casé, aunque con medio señor de Sóller o, más bien, con un  solleric demediado, como el vizconde de Calvino, puesto que solo lo es por parte de madre. Lo del lord inglés definitivamente lo deseché: de todos modos, lo más próximo que había encontrado era a un escocés que no sé si era aristócrata pero, eso sí, era feo, simpático y encantador.

Joaquim Mir, Mallorca
¿Se nota que hoy no tengo ganas de trabajar y por eso os estoy contando todo esto? Tengo excusa: me he ido con Santiago Rusiñol y Joaquim Mir a Mallorca, para ver cómo pintan.

Santiago Rusiñol, Mallorca
Santiago Rusiñol, Biniaraix
Santiago había visitado por primera vez la isla en 1893: desde entonces, fueron frecuentes sus estancias en Mallorca. En una de ellas, a fines de 1899, le dijo a Joaquim:  “venga, hombre, coge los bártulos y vente conmigo”. Y allá fue Joaquim y se quedó cuatro años, hasta 1904. Los dos artistas se instalaron en Sa Calobra, en la sierra de Tramontana, desde donde hacían excursiones para pintar.

Joaquim Mir, Sierra de Tramontana
Joaquim Mir, Reflejos de Mallorca
Joaquim a veces guardaba en secreto los parajes que descubría, como si quisiera reservarlos solo para su mirada, para sus pinceles. Josep Pla habla de él como de un personaje arisco: no parece que lo fuera, puesto que otras personas que le conocieron le consideraron agradable y simpático. Un poco particular, sí, pero ¿quién no lo es?

Joaquim Mir, Paisaje con naranjos
Santiago Rusiñol, Paseo de Mallorca
A Rusiñol le había seducido la luz, la variedad, la delicadeza, el carácter de las personas y los paisajes de Mallorca. En 1922 lo reflejó en su libro La isla de la calma, donde nos dice, como le había dicho a Mir muchos años antes: “sígueme a una isla que te diré, a una isla donde siempre reina la calma, donde los hombres nunca llevan prisa, donde las mujeres no envejecen nunca, donde no se malgastan ni palabras, donde el sol se detiene más que en ninguna parte y donde hasta la señora Luna camina más despacio, contagiada de pereza”.
En Mallorca, como en muchos otros lugares, Rusiñol se perdió también por los jardines, uno de sus temas predilectos desde su viaje a Granada en 1897.


Santiago Rusiñol, Jardín del Pirata
 
Santiago Rusiñol, Muralla verda. Sa Coma

Santiago Rusiñol, Jardín de Sa Coma, Valldemosa


Aún es tiempo de llevarte a Raixa –escribe Rusiñol-, espléndido jardín señorial donde verás cipreses simétricos sirviendo de marco a blancas estatuas, y una enorme escalera de musgo, y jardines en verso, y cenadores, y aquella tristeza de añoranza, y aquella calma que da el tiempo a las cosas abandonadas”.


Santiago Rusiñol, Raixa, 1912
  
Joaquim Mir, Herrumbre en la cueva, 1903
Mallorca permitió a Joaquim Mir dar expresión a la visión del paisaje que ya habitaba en su interior. El color estalla, a veces engulle incluso los horizontes. Todo es naturaleza, sin límites. Una naturaleza plasmada con largas, vibrantes pinceladas de luz.



Joaquim Mir, La cala encantada

Joaquim Mir, Almendro en flor

Joaquim Mir, La cueva verde



En ocasiones, los dos amigos pintan los mismos temas, como el torrente de Pareis, en la sierra de Tramontana, o los diversos castillos de Mallorca.


Santiago Rusiñol, Torrente de Pareis

Joaquim Mir, Torrente de Pareis

Santiago Rusiñol, Castell del Rei

Joaquin Mir, El castillo de Bellver por la noche

Ambos recorren, juntos o por separado, las distintas calas de la costa mallorquina:

Joaquim Mir, Costa mallorquina

Joaquim Mir, Cala de Sant Vicenç

Santiago Rusiñol, Cala gris
Joaquim Mir, Paisaje de Mallorca


Mir trepaba por las peñas como una cabra, acarreando telas y todos los bártulos de la pintura. Cuentan que limpiaba los pinceles en la ropa que vestía o en su propia barba. Escribió a Rusiñol: “pinto en un sitio por el que sólo paso yo y alguna bestia inconsciente. El paso, en el que solo caben, justo, los pies, es un terraplén de rocas resbaladizas que van a parar directamente al mar. Si me fallasen los pies y resbalara no creo que volviera a hablarse de mí en el mundo de los vivos”.

Y eso fue lo que le ocurrió. Un día perdió pie y se despeñó. Se habló de un amor desdichado: nunca se supo. A Mir lo recogieron malherido. Permaneció encerrado durante dos años en un sanatorio mental de Reus: al abandonarlo, se instaló en Tarragona y pintó paisajes de diversas localidades catalanas. No regresó a Mallorca.

Joaquim Mir, Palma de Mallorca

Volveremos a encontrarnos con Joaquim Mir y Santiago Rusiñol. Nos despedimos, hoy, con las palabras que Mir escribió en 1928: “Solo quiero que mis obras alegren el corazón e inunden de luz los ojos y el alma”.