sábado, 31 de octubre de 2015

Adán, Eva y otros




A veces me da por reescribir el Génesis. Sí, ya sabéis, eso de “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” y todo lo que sigue. Hay varios episodios con los que disfruto mucho: uno de ellos es el del Paraíso, ese lugar donde habitan dos inocentes, un dios amante de las bromas pesadas, muchos animales y, entre ellos, una serpiente bastante meticona.


Marcus Mote, Antes de la caída. Escena de El Paraíso perdido, de John Milton, 1874 c.

Hace unos meses, en el  blog de Punto de Vista Editores tuvieron la gentileza de acoger algunos de mis desvaríos bíblicos, con el título de Una broma divina. Hoy quiero compartir con vosotros un poco más de Paraíso.

Peter Paul Rubens, Paraíso, colección particular, 1610-1615 c.
Para empezar, vamos a dejar claras las cosas: “El ser humano ha llegado a ser como uno de nosotros, pues tiene conocimiento del bien y del mal. No vaya a ser que extienda su mano y también tome del fruto del árbol de la vida, lo coma y viva para siempre”. (Génesis 3:22). Con eso, está dicho todo. Da mala espina, ¿verdad?

August Macke, Adán y Eva, colección particular, 1910
¿Hablaban los animales en el paraíso? Si no es así, tuvo que ser sorprendente que la serpiente le dirigiese la palabra a Eva. Sorprendente y muy agradable: ¡había alguien más con quien conversar, además de Adán, tan poco hablador, y de Dios, tan serio! Imaginad a la pobre Eva, sola en el paraíso con un hombre y un Dios, sin una sola amiga. Ella comió del fruto, más que nada, por cortesía y para mantener la conversación. Así que el pecado original fue un pecado de sociabilidad.

Odilon Redon, Eva en un paisaje, colección particular, 1900

La tentación,  manuscrito, siglo XV
No son muchas las representaciones de esta famosa pareja en el arte paleocristiano. El esquema es el mismo: ambos se representan separados por el árbol, cubiertos por hojas de parra y en compañía de la serpiente. Es decir, la imagen que interesa plasmar es la del pecado, relacionado con la posterior redención.

Adán y Eva, catacumba de San Pedro y Marcelino, Roma, siglo III

Adán y Eva, sarcófago de Junio Basso, Museo della civiltà, Roma, mediados del siglo IV
Aunque ya en estos siglos tempranos se introducen otros modelos, el que acabamos de ver sigue vigente en el arte medieval: en gran medida, por ese afán geométrico, plasmado en este caso en la simetría, que es una de las constantes del románico.

Beato de El Escorial, manuscrito mozárabe, Biblioteca de El Escorial, siglo X

Adán y Eva, iglesia de San Martín de Tours, Frómista, siglo XI
El esquema permanece durante los siglos del gótico, pero… el paraíso se expande y, pronto, todo empieza a cambiar. A cambiar mucho.

La tentación,  manuscrito, siglo XV

Hugo Van der Goes, El pecado original, Kunsthistorisches Museum, Viena, 1480
Porque renace el cuerpo, su fuerza, su gozosa carnalidad, su belleza. El tema de Adán y Eva, como otros temas bíblicos y mitológicos en los que el desnudo halla cabida, propicia los estudios anatómicos y el desarrollo de una sensualidad reinterpretada por cada artista a lo largo de los siglos.

Masolino da Panicale, La tentación de Adán y Eva, Capilla Brancacci, Santa Maria del Carmine, Florencia, 1425-26

Masaccio, Expulsión del Paraíso, Santa Maria del Carmine, Florencia, 1425-28

Miguel Ángel, Pecado original, Capilla Sixtina, Vaticano, 1509

Lucas Cranach el Viejo, Adán y Eva, Galleria degli Uffizi, Florencia, 1528


Tiziano, El pecado original, Museo del Prado, Madrid, 1550 c.
El pecado original es uno de los temas edénicos a los que se presta más atención. La caída, sí, la caída, pero fue Dios quien puso la zancadilla. A lo mejor la serpiente no era más que el pie de Dios. Porque no penséis que Adán y Eva se apresuraron a comer el fruto prohibido, corre, corre, ahora que no mira. No, todo lo contrario. Cuando Dios paseaba con ellos por el jardín, siempre se las arreglaba para hacerles pasar cerca del árbol. “Es este árbol, ¿lo veis?”, les decía, e incluso daba unos golpecitos en el tronco. Por las noches, si un avión hubiese sobrevolado el paraíso –cosa improbable-, sus pasajeros habrían visto un único punto iluminado. El árbol destacaba en la oscuridad, como si estuviese rodeado de luces de neón. La luz procedía de las espadas flamígeras de los ángeles que formaban círculo alrededor del árbol. No lo guardaban, no protegían sus frutos. Lo señalaban con las espadas de luz. Por si no había quedado claro.

James Ensor. La expulsión, Koninklijk Museum voor Schone Kunsten, Amberes, 1887
La serpiente no les tentó con el conocimiento.
Les tentó con la muerte.
 
Henry Fuseli, Eva tentada por la serpiente, 1802

William Blake, La tentación y caída de Eva
No había secretos en el paraíso. Cuando Eva hizo amistad con la serpiente, probó el fruto del árbol prohibido y vio que era bueno para comer y agradable a los ojos, ni se le pasó por la imaginación la idea de quedarse los frutos para ella. Por el contrario, llamó de inmediato a Adán para compartir con él el manjar. Y Dios castigó a estas criaturas inocentes y generosas.

Paul Gauguin, Adán y Eva, Ordrupgaard Collection, Copenhague, 1902

Edvard Munch, Adán y Eva,  Munch-museet, Oslo, 1918


Aunque hay que tener en cuenta el razonamiento de Eva: ella ya había comido el fruto y, por lo tanto, había alcanzado la sabiduría. ¿Cómo podría seguir conviviendo con Adán si el conocimiento no llegaba también a él?

Francis Picabia, Adán y Eva, colección particular, 1931 c.
“Ya entiendo”, dijo Eva.
Y Dios se asustó.
 
Odilon Redon, Eva,  Musée du Louvre, París, 1904
Tras comer el fruto prohibido, el primer conocimiento que les llega es el de su desnudez. ¿Es imposible conocer y seguir inocentemente desnudos?

George Frederic Watts, La tentación, colección particular

Kees Van Dongen, Adán y Eva, colección particular, 1922
¿Por qué tengo que comer el pan con el sudor de mi rostro?, se preguntó Adán. ¿Qué es parir?, preguntó Eva. Y es a estos dos desgraciados a los que Dios puso en la calle.
 
Marc Chagall, Adán y Eva expulsados del Paraíso, 1960
Dios castiga a Adán y a Eva con el trabajo y los hijos. Es decir, la madurez.

Henry Fuseli, Adán y Eva, colección particular, 1780
La humanidad era tan previsible en el paraíso que Dios tuvo que expulsar a estos dos para ver si le sorprendían. Y empezó el espectáculo.


Odilon Redon. Adán y Eva, Villa Flora, Winterthur, 1912 c.
No encontraban a Dios, y eso que lo buscaron por todas partes. ¿Dónde se habría escondido? Le llamaron a gritos, miraron hasta en el último rincón del paraíso, y nada, ni rastro de Dios. Al final dijeron: vamos a ver si está fuera.
Hay quien dice que lo que sucedió es que no encontraron el camino de regreso y, como les daba vergüenza reconocer ante sus hijos su torpeza para orientarse, dijeron que habían sido expulsados.
Según otros, se perdieron los tres: Adán, Eva y Dios. Desde entonces, el paraíso está deshabitado.
 
John Martin, Fuera del Paraíso, Laing Art Gallery, Newcastle-upon-Tyne, 1823-27
Tras la primera mirada de Eva al mundo exterior: “¡Eh, Adán, mira esto! ¡Es fantástico!”.

William Sommer, Adán y Eva, colección particular, 1912-15
No tuvieron que irse. Simplemente, el paraíso se desvaneció ante sus ojos. No, lo que cambió fue su forma de mirar. “Así que era esto”, se dijeron. 

En realidad, los hombres idearon toda esta historia porque les costaba admitir que siempre habían sido desgraciados.
 
John Martin, La expulsión, Philadelphia Museum of Art, 1843
Pasaban los años y se les desdibujaban las hojas de los árboles, el olor de la hierba, el sonido del agua.
Cada día perdían un trozo más de paraíso.
A veces, iban con los niños a las verjas que cerraban el edén y les decían: “ahí vivíamos nosotros”.
 
Frederick Childe Hassam, Adán y Eva en las montañas, 1924
En realidad, la expulsión era solo temporal. Sin embargo, Adán y Eva encontraban algo nuevo, cada día, e iban demorando el regreso. Después vinieron las responsabilidades, el trabajo duro. No podemos volver ahora, se decían, estamos atrapados con el ganado, los cultivos, los hijos… Más adelante, más adelante. Y luego: ha pasado tanto tiempo que, aunque regresemos, ya no nos reconocerá. Por fin, un día: volvamos. Pero sus pies ya no tenían fuerza para llevarlos, ni sus piernas podían sostenerlos.

Piero della Francesca, La muerte de Adán, Basílica de San Francisco, Arezzo, 1452-66
En el principio era el Verbo. Así que Dios dijo: voy a contar una historia. Y en eso estamos.

Lucas Cranach el Viejo, Adán y Eva, detalle, Galleria degli Uffizi, Florencia, 1528